07 — Desclasificación del archivo familiar
El abrazo duró el tiempo suficiente para aliviar las penas, aunque fuera por un pequeño lapso.
Cuando Daniel se separó, respiró hondo, como si necesitara aire para sostener lo que venía.
—Creo que deberíamos tomar algo —dijo, inspeccionando un enfriador de vinos con la misma concentración con la que un cirujano revisa instrumental.
Cassandra lo entendió.
Él se estaba preparando para abrir un archivo emocional clasificado como «Top Secret».
Cuando las copas fueron llenadas y él las chocó, prosiguió:
—Estoy buscando a mi madre. La he estado buscando por años.
Cassandra se quedó pasmada.
Un hombre que era un fantasma en su propia empresa, un mito con varias especulaciones, que había aparecido de la nada en su vida… ahora resultaba que tenía padres, traumas y una misión digna de un K-drama de dieciséis episodios.
—La única persona que sabe su paradero es Han Ye rin, así que he llegado a un trato con ella —aclaró.
La historia que siguió era digna de Stephen King, Agatha Christie y un guionista de Penthouse trabajando horas extra.
Para su sorpresa, la madre de Von Richter, Choi Ha-eun, no era coreana de nacimiento, sino por matrimonio.
O, al menos, hasta que duró ese matrimonio.
—Mis padres se enamoraron en una visita que hizo mi madre a Corea del Sur. Pero como su familia era de origen humilde, la familia Sui se opuso desde el principio, incluso después de que yo naciera.
Cassandra entendió que no era momento de interrumpir.
Él no hablaba porque ella necesitara saberlo.
Hablaba porque, si no lo decía, se ahogaba.
Daniel se vació la copa de un solo trago y la volvió a llenar.
—Y cuando finalmente lograron que se divorciaran, mi madre volvió con sus padres —rió ligeramente—. En ese tiempo estuve en el colegio y, años después, te conocí.
Cassandra imitó su sonrisa y le palmeó el dorso de la mano.
Él le hizo una seña hacia su copa.
Ella la tenía llena.
Así que, en un acto de empatía, la vació también.
—Durante ese tiempo, mi abuelo había muerto y mi padre asumió el control de la familia Sui. Estaba casado con Han Ye rin y Sui Min ho había nacido. Fue cuando le detectaron cáncer.
Cassandra palideció.
Recordó su propio dolor, cuando a su padre le detectaron cáncer y todos los años siguientes, batallando con una enfermedad que al final ganó.
—Mi madre y yo volvimos a Corea del Sur, ya que yo era su sucesor y la familia exigía verme —rió amargamente, bebiendo de nuevo.
Cassandra imaginó a un chico de quince o dieciséis años, desorientado, cargando un apellido que no sentía suyo.
—Mientras estaba preocupado por mi padre, alguien intentó asesinarme. Han Ye rin falló a propósito, como si fuera una advertencia.
La cara de Cassandra pasó de pena a asombro.
¿Quién en su sano juicio hacía algo así en medio del dolor de un adolescente?
—Una trampa dirigida a mi madre, por supuesto. Ella tuvo que rogar por mí ante Ye rin. Eso lo supe años después, cuando mis abuelos maternos me lo contaron. Mi madre hizo un trato con aquella mujer: yo me devolvería y ella se quedaría como garantía del trato.
—¿De qué trato? —preguntó Cassandra, porque ni en los manhwas más retorcidos había visto algo así.
—Verás, yo tenía dos nacionalidades al nacer. Pero si me iba, a los veintidós años perdería la nacionalidad coreana si no la reclamaba. Y sin nacionalidad, no podría reclamar mi derecho a ser el siguiente patriarca de la familia Sui.
El cerebro de Cassandra se conectó a la nube de inmediato.
—Y por eso cambiaste tu nombre a Daniel Von Richter —dijo.
Él rió a carcajadas.
—En parte, sí. La otra razón es porque mi nombre en coreano es Sui Seop, pero en Occidente se escribe primero el nombre y luego el apellido. Así que era Seop Sui. Razón por la cual me molestaban en el colegio.
Repentinamente, a Cassandra le vino a la mente un chico asiático flacucho y pequeño para su edad.
Sí, Seop Sui.
A quien todos le preguntaban de qué restaurante chino había salido.
Porque todos le decían Chop Suey.
Entonces recordó los pasillos de San Ignacio y a ella esperando unos resultados, moviendo su pulgar en el dorso de la mano.
Ansiosa.
Si continúas haciendo eso, te vas a acabar la comisura del pulgar, le había dicho el chico.
Quizás esto pueda ayudarte, añadió, entregándole un paquete largo.
Cuando lo abrió, vio una galleta cubierta de chocolate.
Este es un Pepero. Espero que te guste, le indicó con una sonrisa tímida.
En ese momento, no supo si fue el azúcar, el chocolate o la sonrisa del chico lo que la hizo sonreír.
La sonrisa que siguió a ese eco del pasado le confirmó algo a Daniel.
—Tal parece que ahora me recuerdas —dijo, y estuvo a punto de retirar la mano que ella sostenía, pero Cassandra no se lo permitió.
—No te molestes. Yo era una chica de quince años, igual que tú —respiró profundo—. Si debo recordar algo de aquellos días es que tú y Rubén eran los únicos que se atrevían a enfrentar a los compañeros de clase.
Él le arregló un mechón de cabello con una delicadeza que le recorrió la piel como un escalofrío.
—Pero eso no contesta por qué escogiste, de entre todos los nombres, ser Daniel Von Richter —insistió ella.
Él suspiró.
—Porque heredé la fortuna de la familia de mi madre, una que viajaba constantemente a Corea del Sur a buscar la materia prima para producir su salsa de soya de alta calidad.
Cassandra oyó un cri cri en su cabeza.
Daniel lo entendió.
—No podía volver a Corea del Sur a comerciar y no iba a exponer a mi familia a la vergüenza de rebajar la calidad de su salsa de soya. Así que, en lugar de producir salsa de soya, como era mi destino, creé una publicitaria.
El coro de grillos volvió a escucharse.
Daniel puso los ojos en blanco.
—Si quería moverme en ese mundo, necesitaba un nombre fuerte. Así que pensé en uno alemán. Total, nadie me conocería. Viviría en la sombra, con abogados encargándose de mis asuntos… o mis publicistas estrellas —añadió, regalándole una sonrisa que hizo tragar en seco a Cassandra.
Y que hizo que su corazón palpitara.
Ella se aclaró la garganta, preguntándose por qué todavía se resistía ante él.
Podía decirlo: le gustaba.
La manera en que le robaba el aliento y le movía el piso era tal que a veces no sabía si estaba ahí o en las nubes.
Y había algo más importante: eran esposos.
Respiró profundo, a ver si llenaba su mente con sentimientos más puros.
No lo logró, así que trató de concentrarse en su conversación.
—Entonces, este es un matrimonio para convencer a Ye rin de que te diga el paradero de tu madre —dijo, más como deducción que como pregunta.
Daniel negó con la cabeza.
—No es a Ye rin a la que tengo que convencer —respiró hondo—. Es mi madre quien no quiere que la encuentre.
El coro de grillos fue tan audible que a Cassandra se le fundió el procesador.
Recordó a su propia madre y las discusiones que tenían hasta por cosas tan triviales como el término en que le gustaban los huevos fritos.
Sin embargo, sabía que, a pesar de todo, se amaban profundamente y jamás se imaginaría que ella quisiera tenerla lejos… excepto que fuera algo verdaderamente peligroso.