06 — Evaluación del entorno hostil
No solo desayunaron, también almorzaron y cenaron durante el viaje de veinticuatro horas —con una parada para cambiar a todo el personal a bordo— mientras se adelantaban al futuro.
Sí, porque Asia está en el futuro, desde el punto de vista de un huso horario latinoamericano.
Cassandra ya se sentía como si hubiera viajado en el tiempo… pero sin el glamour de Back to the Future.
En cuanto aterrizaron, la actitud de amante frustrado de Von Richter mutó a la de un CEO calculador.
Por un momento, Cassandra sintió alivio.
Pero la sensación duró lo mismo que un reel de gatitos.
—Necesito que sigas algunas reglas —le dijo, mientras el equipo de seguridad se posicionaba alrededor de la pista.
Ella asintió, pero él pareció no notarlo.
—No socialices con nadie.
—No te preocupes por eso. No hablo coreano —respondió ella, intentando aliviar la tensión con su sarcasmo habitual.
—Siempre debes estar cerca de un escolta —cortó él, sin sombra de broma.
—Creí que Corea del Sur era segura. Eso es tendencia en los reels de viajeros.
—Lo es —contestó él—. Pero mi familia es otra cosa.
Cassandra sintió un escalofrío que nada tenía que ver con el aire gélido del ambiente.
—Y evita a mi madrastra. A toda costa.
Eso sí la intrigó.
¿Todo este espectáculo —este matrimonio fingido— se debía solo a una mujer?
—¿Tan grave es?
Él no respondió.
Se limitó a ajustar el nudo de su corbata con la misma energía de alguien que se prepara para entrar a un ring de boxeo… pero con traje de diseñador.
Luego le ofreció el brazo para descender hacia la boca del lobo.
La recepción fue ceremonial, precisa, coreografiada.
Exactamente lo que se esperaría en la bienvenida de un futuro chaebol coreano… con su esposa extranjera.
Han Ye rin, la madrastra, los esperaba con un conjunto impecable y una sonrisa perfectamente medida.
Una sonrisa tan falsa que Cassandra juraría que, si la tocaba, se le quedaba pegamento en los dedos.
A su lado, Sui Min ho, el medio hermano de Von Richter, observaba en silencio, con ojos que parecían escanear el valor neto de Cassandra como si fuera un NFT cuyo precio estaba por debajo del mercado.
No hacía falta entender el idioma para captar la temperatura del aire: fría, respetuosa, tensa.
Las inclinaciones fueron exactas; las palabras, suaves; las miradas… afiladas.
Cassandra notó cómo Ye rin y Von Richter sostenían un diálogo breve con sonrisas iguales a frutas de cera en un tazón decorativo: bonitas de lejos, pero si muerdes, te rompes un diente.
Eran dos CEOs en acción que, más que un asunto familiar, parecían estar pactando un acuerdo comercial.
Mientras subían al vehículo negro que los llevaría a la residencia familiar, Cassandra comprendió que su supuesta luna de miel estaba a punto de adquirir sabores amargos.
En especial cuando su esposo le dio instrucciones al chofer en coreano, luego discutió con el traductor y este hizo una llamada.
Todo muy K-drama conspirativo.
Cassandra sabía que debía asumir un rol sumiso, pero su curiosidad creativa se apoderó de ella:
—¿Qué ocurre?
Él le sonrió, pero era una sonrisa tensa, como si estuviera sosteniendo un edificio emocional con palillos chinos.
—Es hora de que conozcas a mi padre —respondió, tomándole la mano justo cuando un enorme edificio se presentaba ante ellos.
Las letras en aquel idioma no le decían nada a Cassandra, pero la sensación era universal.
Ese era un hospital.
En cuanto se bajaron, Daniel se dirigió a la recepción y minutos después, ambos se encontraban en una habitación con olor a antiséptico, látex y esa humedad pegajosa que se queda atrapada en las sábanas de algodón.
El hombre en la cama —que parecía más sombra que cuerpo— habló con voz débil pero firme.
Su cara mostraba una felicidad cargada de melancolía y, si se observaba con cuidado, también había un rastro de culpa en sus ojos.
Cassandra lo notó en cuanto la miró fijamente.
Si Daniel envejeciera cincuenta años y perdiera cincuenta kilos, sería él.
El traductor le confirmó que el señor Sui Seop —su marido— le estaba dando las buenas nuevas sobre su matrimonio.
Ella se acercó con una sonrisa amable, mientras aquel hombre, más muerto que vivo, la miró de pies a cabeza como si ella estuviera incompleta.
Luego miró a su hijo, moviendo la cabeza de lado a lado.
Justo en ese momento, Han Ye rin apareció en la puerta con una sonrisa tan brillante que casi traía su propio jingle.
Ella parecía muy preocupada por el hombre, tanto que comenzó a atenderlo, arreglar sus almohadas, preguntarle cosas, darle agua…
Una preocupación sacada de un infomercial de madrugada: excesiva, ruidosa y con una garantía de autenticidad que vence en cuanto se apagan las cámaras.
Por último, entró Sui Min ho, profundamente preocupado.
Han Ye rin lo llamó para que se colocara a su lado y su padre le sonrió levemente, antes de que lo atacara la tos.
Daniel tomó la mano de Cassandra con fuerza.
No con violencia, sino buscando… ¿seguridad?
Ella no podía decirlo, mientras que el rostro de acero de Von Richter apenas si se movió un ápice.
Dijo unas cuantas palabras más y ambos se retiraron, dejando a su madrastra y medio hermano en la habitación.
¿Por qué Ye rin los había seguido?
El padre de Daniel debía estar decepcionado por su matrimonio, era lo más lógico.
Si Cassandra sabía algo de la cultura coreana era que los matrimonios eran convenios estratégicos… y ella no aportaba absolutamente nada a esa familia.
Entonces, ¿por qué la segunda esposa de su suegro parecía temerle?
Las preguntas crecían en su mente como pasto en primavera, pero se mordió la lengua: Daniel seguía tomando su mano, incluso cuando regresaron al vehículo.
Pero no la miraba.
Todo lo contrario.
Y, sin embargo, Cassandra notó la urgencia en su mano.
Una urgencia que no tenía nada que ver con control.
Era miedo.
Era dolor.
Era un «no me sueltes».
Un rato más tarde, se encontraban en una recepción presidida por Han Ye rin —Cassandra no tenía ni idea de cómo ella había llegado primero que ellos al lugar— con una sonrisa tan plástica que se derretiría si le daba de lleno el sol.
Y, por supuesto, debía estar ahí.
Esa era su casa, ¿no?
Había mucha gente sacada de una revista de Vogue que le sonreía a Sui, Von Richter, Seop… Cassandra ya no sabía ni cómo denominarlo.
Pero cuando esas mismas personas la miraban, Cassandra se sentía como una mosca en un plato de crema.
Por educación, les sonreía, pero si fuera por ella, ya se hubiera ido como maratonista a punto de ganar la medalla de oro.
Para su fortuna, no sabía coreano.
De lo contrario, su decepción e incomodidad hubieran sido peores.
Su tiempo en aquella pantomima llena de risas falsas duró lo justo y, cuando el traductor le explicó que la pequeña conversación entre Ye rin y Seop era porque ella quería que se quedaran en la residencia del patriarca y él se negaba rotundamente —porque pensaba mostrarle la ciudad a su esposa—, entendió que pronto podría respirar en algún hotel.
Y, más tarde, cuando ya estaban instalados, Seop la tomó por la muñeca y la acercó hacia él.
El abrazo que siguió fue cálido, cargado de tensión y necesidad.
El cuerpo de Seop temblaba, pero no pedía nada más.
—Solo abrázame —le dijo al oído.
El momento se sintió eterno.
Luego, algo húmedo se derramó por su hombro.
Seop —su Daniel, su Von Richter— estaba llorando.
No era un llanto fingido ni calculado.
Era el peso de la armadura de oro que se había colocado en su avión y que, por fin, podía quitarse.
Y Cassandra, ya fuera por cumplir con su papel de esposa o por el simple hecho de que él la apoyaba, pasara lo que pasara… lo abrazó.
El contacto fue cálido, más que cualquiera que se hubieran dado.
Se sentía como si fuera hogar.
Algo que la hizo temblar en lo más profundo de su ser.
No de esperanza, no.
Sino de puro terror.