05 — Gestión del terreno afectivo
La recepción pasó y los novios se dirigieron a lo que sería su nuevo hogar… ¿no sería eso lo correcto?
Increíblemente, Cassandra aún se lo preguntaba, recordando que había coordinado la mudanza de sus pertenencias desde el hotel hacia su nueva residencia.
El auto de lujo estaba estacionado frente al edificio y el ascensor los llevó hasta el penthouse.
El dedo pulgar de Cassandra estaba dejando una marca roja sobre el dorso de su mano, al tiempo que un escalofrío le recorría la columna vertebral.
Miró de reojo a su nuevo compañero, su esposo… y tragó saliva.
Ese traje de bodas lo hacía ver más alto, su cara más etérea y élfica, su torso más tonificado y su porte, más elegante.
Demasiado elegante.
Demasiado peligroso para su estabilidad emocional.
—Oh, lo siento —dijo Von Richter, pasándose la mano por la nuca—, debía levantarte en brazos desde el elevador.
Cassandra levantó una ceja.
—Las puertas del ascensor son las puertas de mi casa —le aclaró con una sonrisa… ¿tímida?
¿Él estaba nervioso?
¿Pretendía darle la bienvenida como a una esposa de verdad?
La idea le hizo temblar en lugares 18+.
—… de nuestra casa, quiero decir —añadió él, como si estuviera corrigiéndose a sí mismo por miedo a sonar demasiado romántico.
Cassandra tragó saliva en cuanto se abrieron las puertas del apartamento; el lugar gritaba «lujo» con tanta fuerza que a ella le empezaron a doler los oídos.
Estaba viviendo su propio chaebol por contrato.
Quizás no necesitaba un dios del manhwa, después de todo, se burló de sí misma.
Y el problema era ese: Von Richter parecía seguir en el mundo real y… ¿atender a sus deberes de recién casado?
¿No había pintado todo esto como si fuera un favor?
La palabra ALERTA en rojo y mayúsculas estaba rebotando otra vez en su cerebro.
Y entonces, la pregunta surgió nuevamente:
¿Qué había de malo en pasar la noche con un hombre tan guapo y millonario como Daniel Von Richter, uno que hacía unas horas había firmado el acta matrimonial?
—Pondré algo de música —le dijo él, con una sonrisa que intentaba ser seductora… pero que parecía más bien la de un CEO que había visto demasiados dramas coreanos y estaba copiando lo que recordaba.
—Eh… mañana debemos tomar el avión muy temprano, así que me iré a dormir —le respondió ella tajante.
La mirada que siguió después fue el equivalente visual a un anuncio de «Sistema no responde».
Si hubiera tenido un monitor en la frente, estaría congelado en azul.
—Puedo retrasar el vuelo —dijo él, dando un paso… y luego deteniéndose, como si no estuviera seguro de si acercarse o no.
Su espacio personal no estaba invadido: estaba tentado.
Él parecía debatirse entre acercarse o retroceder, como un adolescente elegante atrapado en el cuerpo de un millonario.
Y ese aroma a madera que llevaba puesto no ayudaba.
Ese aroma pedía a gritos ser desnudado, abrazado y todas esas situaciones pecaminosas que le pasaban por la mente a Cassandra.
Pero con la castidad repentina de una monja de pueblo, ella solo parecía rogar por ir rápido a la cama.
Sola.
—No es necesario —le sonrió ligeramente, escabulléndose justo cuando él se inclinaba un poco, no para besarla, sino para… ¿abrir un cajón?
¿O buscar el control del sonido?
Ella no lo supo.
Solo huyó.
—Nos vemos mañana —añadió, desapareciendo por un pasillo que parecía ir hacia las habitaciones.
Von Richter se quedó quieto, parpadeando.
Luego se pasó la mano por la cabeza, confundido, y trató de oler su pecho.
¿Se habría bañado bien?
¿Olería raro?
¿Había usado demasiado perfume?
¿Muy poco?
—Te sugiero que abras la habitación del otro lado —le dijo, cuando ella estaba a punto de tomar la perilla— si no quieres manchar tu virtud esta noche —se burló, con una sonrisa torpe que intentaba ser pícara y terminaba siendo adorable.
Ella obedeció, entrando a la habitación que él le había señalado, con el pulso palpitándole en las sienes y la respiración agitada.
¿Qué carajos fue todo eso?
Se preguntaba mientras se colocaba la mano en el pecho.
El pánico la estaba dominando.
Pero la pregunta era: ¿por qué?
Sí, se suponía que era un matrimonio falso para aparentar ante la familia de él.
No obstante, ¿qué tendría de malo que su relación fuera… más profunda?
Que, de vez en cuando, los besos fueran reales y el preludio a algo más… divertido.
Él era guapo, amable, siempre la había respetado y era su cómplice en toda su venganza.
¿Qué tenía de malo?
¿Qué la detenía?
Era estúpido resistirse, ¿no?
Y, sin embargo, le seguía teniendo miedo.
No a sus manos, ni a su dinero, ni a su poder.
Le tenía miedo a que era demasiado bueno, casi perfecto, para ser verdad.
Porque si Daniel era sincero y leal, Cassandra no solo perdería un contrato… perdería el control sobre su propio corazón.
¿Y quién la rescataría de eso?
A la mañana siguiente, el equipaje ya descansaba en el elevador. Daniel esperaba junto a la puerta, observando a Cassandra con la intensidad de un águila que ha localizado a una presa especialmente esquiva… pero con la expresión de un hombre cuyo ego había recibido un pequeño pisotón.
El saludo de él fue un asentimiento seco.
Cassandra lo captó al vuelo: el ego del «elfo oscuro» estaba magullado.
¿Debía darle explicaciones?
¿Decirle que su corazón todavía tenía moretones del pasado?
Se estaba complicando la vida.
Después de todo, no sería la primera mujer en usar un clavo nuevo para sacar uno viejo, especialmente si el clavo nuevo era de acero inoxidable y venía en un empaque de lujo.
—Eso que se dice de nosotros los asiáticos… es un mito —soltó Von Richter de la nada, mientras el auto se deslizaba hacia el hangar privado—. Además, la destreza no está en el hacha, sino en el indio que la maneja.
A Cassandra se le fue la señal de Wi-Fi cerebral.
—Quizás podría sorprenderte —añadió él, inclinándose apenas un centímetro hacia ella… y luego retrocediendo, como si temiera asustarla—. Sé que te gusto y no tienes ni idea de cuánto me gustas.
El aire en el auto se volvió espeso, cargado de un magnetismo que la hacía tragar en seco.
Cassandra, sintiéndose acorralada por su propio deseo más que por él, optó por la salida de emergencia.
—¿A qué hora desayunaremos? —soltó, evitando su mirada—. En serio, muero de hambre.
Daniel soltó un «¡Ja!» corto, cargado de ironía y un poquito de orgullo herido.
—Curioso —replicó él, volviendo la vista al frente con una sonrisa de lado—. Yo también tengo un hambre voraz, Cassandra. Pero dudo que nos estemos antojando de lo mismo… por ahora.
Ella entendió el mensaje: no podría evitar ese banquete eternamente.
Y lo peor era que una parte de ella… ya estaba poniendo la mesa.