04 — Depuración y consolidación de vínculos
El contenido de la caja no sorprendió a Cassandra tanto como la especulación de su procedencia.
¿De dónde había sacado Sebastián todo eso?
Ese cargamento solo podía provenir de un lugar: la casa de su ex futura suegra.
¿En serio Sebastián había cruzado casi todo el país solo para buscar cartas, tarjetas y regalos de cumpleaños y aniversarios acumulados durante todos sus años de noviazgo universitario?
¿De verdad creía que todo eso tenía valor ahora?
¿Después de conocerlo como realmente era?
—Solo te lo traje para que recuerdes el tiempo en que fuimos felices —dijo él, con un nudo en la garganta que parecía ensayado.
Cassandra abrió la caja.
El olor a papel viejo la golpeó como una bofetada.
No era nostalgia.
Era descomposición.
Una tumba de papel donde reposaban versiones de ella misma que ya no existían.
Por un instante, vio flashes:
La Cassandra de veintitantos años escribiendo cartas con tinta azul,La Cassandra que ahorraba para comprarle un reloj.
La Cassandra que creía que el amor era sacrificio.
Todas esas Cassandras estaban muertas.
Y Sebastián había venido a entregarle sus restos.
Quizás en otro momento, todas aquellas cosas la habrían hecho sentir nostalgia.
Pero… ¿ahora?
Ahora solo le traían a la mente el infierno que vivió su abuela cada vez que veía a las secretarias de su abuelo.
Porque todos esos recuerdos, esos objetos hechos con amor, estaban sucios, fétidos, contaminados.
Y solo una pregunta se repetía como un eco ácido:
¿Con cuál mujer la estaría engañando mientras ella se tomaba el tiempo de comprarle aquellos regalos?
—Hazme el favor de sacar esa basura de aquí —dijo ella, con un disgusto que podía cortar vidrio.
—Pero… ¡Cassandra! —Él parecía desconectado de la realidad.
—Me extraña que no hayas quemado ya todo eso —respondió ella, sin mirarlo.
Las orejas de Sebastián se pusieron rojas.
Si se le veía a contraluz, podían observarse hilos de vapor saliendo por sus oídos.
Pero, al segundo siguiente, pareció encontrar un poco de cordura.
—Ya veo lo que pasa —indicó con una ligera sonrisa—. Sé por qué te sientes comprometida con ese hombre. Sin embargo, estoy dispuesto a encargarme del niño, si decides volver conmigo.
El descaro fue tan grande que Cassandra sintió que su cerebro hizo un pantallazo azul.
—¿Hijo? —logró decir, después de recordar respirar—. Sebastián Enrique Del Valle de Oca —sí, usó su nombre completo—, ¡hazme el favor de largarte de una buena vez de mi oficina!
Lo dijo con la autoridad de una jefa, la dignidad de una ex y el asco de quien pisa algo podrido en un día de calor.
Cuando él se fue, Cassandra se recostó en su asiento.
¿Ese tipo con el que trabajaba ahora era realmente Sebastián Del Valle?
¿El hombre que alguna vez amó?
¿El hombre a quien le había hecho todos esos regalos?
Y si él alguna vez la había amado… ¿por qué ahora no era capaz de aceptar sus decisiones?
Finalmente, y a pesar de todos los pequeños baches que algunos intentaron colocar en el trayecto, el día de la boda llegó.
Peonías y lirios del valle adornaban la nave central hacia el altar.
Los asientos tenían cintas y moños de satén.
Todo estaba listo y perfecto… excepto, quizás, la novia.
Cassandra estaba en una pequeña habitación donde Valeria y Leonor la ayudaban con el peinado.
No le faltó algo nuevo, algo viejo, algo usado y algo azul.
—Es el momento de que te pase esto —dijo Leonor, colocándole un brazalete de oro con una piedra azul—. Mi madre me lo dio cuando me casé con tu padre, que Dios lo tenga en la gloria.
Quizás recordar a su madre, o la fecha que se cumplía, hizo que a Leonor se le escapara un suspiro.
Hubiera sido maravilloso que su padre, muerto hacía tres años, estuviera allí para entregarla en el altar…
Aunque, siendo honestas, no estaría bien: esa era una boda falsa.
Legal, sí.
Pero falsa.
Sí, sí.
A pesar de que había aceptado, de que se había hecho a la idea, aún no estaba convencida de que casarse con ese millonario estaba bien.
No lo dejaría plantado, pero las cochinas dudas seguían pululando en su mente.
Y, por alguna razón estúpida, recordaba aquella caja que le había traído Sebastián hacía unas semanas.
Un peso muerto que de seguro ahora debía estar en la basura.
Cuando Valeria terminó de ajustar el velo, Cassandra se quedó mirando su reflejo.
No se reconocía del todo.
El vestido pesaba más de lo que debería, como si cada capa de tul fuera una decisión que no podía deshacer.
El aire olía a flores frescas y a destino.
Su corazón latía como si quisiera escapar antes que ella.
Por un instante, deseó que alguien la detuviera.
Que alguien dijera «no lo hagas».
Pero nadie lo hizo.
Entonces, el momento llegó.
Cassandra caminó sola por la nave.
Al final estaban su madre en su silla de ruedas y Valeria a su lado, su dama de honor.
Las dudas la acompañaban con cada paso.
Y, de entre todas las cosas, la caja de recuerdos de Sebastián volvía a su memoria.
Levantó la mirada justo hacia el altar.
La sonrisa radiante de Von Richter era cálida, reconfortante.
Calma, él no es Sebastián, se dijo.
Pero cuando su madre entregó su mano a «Sui», una sonrisa tímida se dibujó en sus labios.
—Gracias —susurró al oído de Cassandra.
Ella tuvo que mirarlo a los ojos.
—Nunca podré pagarte por esto que haces por mí.
Sus palabras eran un compromiso en sí mismas, pero esta vez estaban bañadas de libre albedrío.
O eso quiso creer Cassandra.
Y justo antes de responder, sintió algo extraño: como si su corazón hubiera decidido antes que su mente.
Quizás por eso no hubo duda cuando dijo el «sí, quiero».
Ambos firmaron el acta de matrimonio entre vítores, aplausos y unas cuantas caras de dolor y odio.
Como toda buena boda, la comida, la bebida y el baile cumplieron con creces.
Las sonrisas entre Von Richter y Cassandra iban entre la media mentira y la media verdad.
Nadie lo dudaría: estaban felices.
Para ella, la boda era un triunfo sobre quienes se habían alimentado de ella como garrapatas: las habladurías, las burlas, los chismes de pasillo.
Era cerrar un capítulo y abrir otro en una hoja limpia.
Quizás uno que durara mucho o muy poco.
Pero sería un punto de respiro, uno libre de esa estúpida idea del amor.
Para él, en cambio, era el final de un mar de incertidumbres.El final de una era y el inicio de otra.
Sin embargo, antes de que todo aquello ocurriera, debía rescatar a alguien de su pasado.
Un rescate que no podría ocurrir sin aquel matrimonio.
Cassandra no lo sabía.
Pero mientras bailaban bajo las luces cálidas del salón, él la sostuvo un segundo más de lo necesario.
No era romanticismo.
Era miedo.
Como si temiera que, al soltarla, el pasado volvería a repetirse.
Y aunque ella no entendió ese gesto, algo en su pecho se tensó.
Un presentimiento.
Una sombra.
Una intuición que no supo nombrar.
Más tarde, recordaría ese instante como el verdadero inicio de todo.