03 — Negociación con exposición del caso
Cassandra sintió que estaba dentro de un manhwa. Solo faltaba que apareciera una banda sonora dramática y un CEO con trauma infantil bajo la lluvia.
Bueno, quizás ya tenía a ese CEO en frente.
También sentía como si las muelas de una enorme trampa se cerraran en su tobillo… una que no vio venir.
Su piel estaba erizada.
No quería ni pensar en todo lo que pasaba por la cabeza de Von Richter, pero tenía que hacerlo.
—¿Quiere explicarse, por favor? —La sobriedad se había vuelto a unir al grupo.
Von Richter lo percibió de inmediato.
—Soy el próximo heredero de la familia Sui.
«¡Ah, claro!», se dijo Cassandra.
El clásico chaebol, en donde el protagonista es el primogénito de un imperio.
En su mente había una enorme sirena roja y la palabra TRAMPA rebotando por todas partes.
—Mi padre es el CEO y está enfermo. Quiere verme establecido… sentirse tranquilo antes de morir.
«¡ALERTA! ¡ALERTA! ¡ALERTA!» Era todo lo que rondaba en la cabeza de Cassandra en ese instante, un sonido tan fuerte que ya no escuchaba a aquel hombre que tenía enfrente.
¿De verdad la creía tan estúpida como para tragarse semejante cuento repetido en mil manhwas?
¿Estaría jugando con la salud de su padre igual que lo había hecho su ex mejor amiga un millón de veces con sus hijos?
Lo miró directamente a la cara, buscando en cada resquicio alguna señal divina, terrenal o infernal que le dijera la verdad… que todo aquello era una maldita emboscada presentada por aquel elfo oscuro.
—Eso no explica el matrimonio o por qué tiene que ser legal —Cassandra intentó mantener la compostura, pero algo la estaba consumiendo desde dentro.
Solo pudo pensar en una cosa: terror.
Ese terror que se siente cuando sabes que estás frente a una puerta… y no sabes si abrirla te salvará o te destruirá.
Von Richter sonrió levemente.
—Otra mujer en tu posición estaría bailando en un pie si un millonario le pidiera matrimonio —el comentario pareció muy natural—. Sin embargo, no puedo darte una explicación más detallada por ahora.
Ella lo miró largo rato.
Había algo en su sonrisa.
Demasiado perfecta.
Como si la hubiera ensayado frente al espejo.
—¿Podría pensarlo mejor? —Intentó esquivar la situación.
¿Cómo podía decirle que no?
Y, sin embargo, tenía que hacerlo.
Fingir ser novios comprometidos era una cosa: un viaje en yate, una sortija que podía devolver.
Pero ¿un matrimonio?
Todavía estaba lidiando con el tema del apartamento con Sebastián, y eso que no se habían casado.
¿Cómo se casaría con un perfecto desconocido?
Uno que no había visto en años y que, a juzgar por la manera en que actuaba, podría ser más psicópata que Soledad… una mujer a quien creía conocer.
—No —la negativa fue contundente—. A mi padre no le queda mucho tiempo.
La tranquilidad de su voz no reflejaba la urgencia de sus palabras.
¿Se estaría conteniendo?
¿O simplemente no podía fingir lo que no sentía?
—No puedo explicarte ahora. Pero necesito garantizar algo: que no me quedaré en Corea del Sur. Que no reclamaré mi herencia.
¿Por qué no lo haría?
Después de todo, ese era su derecho.
No quiso preguntar, pero de algo estaba segura: esa verdad debía ser tan escabrosa que convertiría en un superventas a cualquier manhwa.
Y entonces la invadió otro sentimiento.
La culpa.
Él había estado ahí cuando su vida personal se convirtió en un lodazal.
Había movido hilos en la oficina para protegerla.
Había puesto distancia entre ella y el desastre.
—¿Será un matrimonio… de verdad? —preguntó, bajando la voz.
Las mejillas se le encendieron en cuanto terminó la frase.
Él soltó una carcajada genuina.
—Solo será tan real como tú lo quieras.
El rojo ahora bañaba no solo sus mejillas, sino su cuello y orejas.
¡Por el dios del manhwa!
¿Por qué el deseo y el peligro eran tan amigos?
—No lo voy a negar, Cassandra —se inclinó hacia ella mientras le tomaba la mano—. Me gustas. Mucho.
Sus ojos parecían encerrar otra cosa, pensó Cassandra.
Algo que no coincidía con sus palabras.
Algo que la hizo apartar la mano de inmediato.
Recordó las apuestas de su oficina.
¿No sería esto parte de una especie de apuesta entre él y Rubén?
¿Una rivalidad no resuelta?
«¡Calma, Cassandra!», se dijo, tratando de aplacar su imaginación y sus teorías de conspiración.
Von Richter respiró profundo.
Su cara tomó la actitud clásica de un CEO.
—Después de que mi situación en Corea del Sur quede resuelta, podremos divorciarnos si así lo decides. No te ataré a nada que no quieras.
Su voz firme tenía una súplica implícita.
Cassandra sostuvo su mirada.
Todo era demasiado bueno como para ser cierto.
Y, sin embargo, ahí estaba ese terror profundo que le tenía a la palabra matrimonio.
Pero Von Richter tenía algo a su favor.
No le había robado.
Ni su dinero ni su tiempo ni su confianza.
Sino todo lo contrario.
Además, él mismo lo había dicho.
Se podrían divorciar luego de que acabaran sus asuntos.
—Acepto —dijo finalmente, con la sensación de que se estaba equivocando.
En las siguientes dos semanas, SS Enterprise fue un caldo hirviente de rumores.
Toda información referente a Cassandra LeBlanc era torcida, condimentada y ampliada para el beneplácito del fandom.
¿Y las apuestas? ¡Oh, las apuestas!
Ya no solo se limitaban a si se iba a casar o no.
Ya estaba confirmado, justo en el momento en que todos los directores creativos habían recibido su invitación.
Así que, aquellos que habían perdido su dinero en si habría boda o no, ahora planteaban una nueva posibilidad… ¿habría un niño en puerta?
Sí, porque solo un «pequeño chinito» en camino justificaría que el matrimonio se realizara en tan solo dos semanas.
—¿Puedo apostar yo también? —les dijo Cassandra a su grupo de creativos, cuando los sorprendió en mitad de la fascinante conversación… y todos, sin decir «esta boca es mía», se retiraron uno a uno a sus puestos de trabajo.
Siendo sincera consigo misma, quería entrar en la jugosa apuesta… y ganar la nada despreciable suma.
Así que, como represalia, se encargó de hacer llegar más invitaciones: a María —quien se aseguraría de transmitir en directo— y, por supuesto, a los cucarachos más amados por ella.
Soledad y Sebastián.
Porque Cassandra no les guardaba rencor…
No.Solo quería que vieran que, a pesar de todo, podía construir un futuro feliz y próspero.
Sin moscas muertas ni parásitos rastreros.
Aunque todo fuera un cosplay de alta producción.
Soledad ya no podía disimular su odio.
Era tan tóxico que parecía estar enfermándola poco a poco… o en realidad no sabía si se trataba de que se veía más al natural, ahora que se le notaban las raíces negras del cabello y lucía una manicura francesa sobre sus uñas al desnudo.
«Quizás a estas alturas debe estar lamentándose el haber perdido el tiempo en el colegio con Rubén, cuando pudo haber pescado al chino multimillonario», pensó Cassandra.
Pero sus pensamientos se interrumpieron por el sonido de la puerta.
Era Sebastián, quien traía una enorme caja entre las manos.
—Supuse que era importante que vieras todas estas cosas y los momentos que pasamos junto a ellos.
Ella estaba muy reacia a tocar cualquier cosa y mucho menos aquella caja.Pero se acercó y la abrió.
El olor a papel viejo y a una vida que ya no le pertenecía la golpeó de frente.
Cassandra contuvo el aliento al reconocer lo que descansaba en el fondo.
Y entendió, con un nudo en la garganta, que el pasado no siempre se queda quieto.
A veces vuelve… justo cuando menos lo necesitas.