02 — Activación del protocolo de vinculación
El beso que siguió a aquella entrada fue el botón que activó una ola de murmullos que, más que murmullos, parecían un tsunami.
¿Y las caras?
¡Ja!
Iban del asombro, pasando por la decepción, llegando, finalmente, al flagrante enfado.
A pesar de que había evidencias de un novio y un anillo, las apuestas referentes al novio imaginario iban diez a uno.
Cassandra, aunque la sorprendió el gesto, no dejó de disfrutar las reacciones de cada empleado en SS Enterprise.
—Saldré a almorzar —fue todo lo que dijo a su querida secretaria, quien no podía disimular su cara de disgusto visceral.
Y, cuando Cassandra caminaba por el largo pasillo rumbo al elevador, se detuvo disimuladamente frente a la puerta de la oficina de Melissa De León.
—¡Cómo te extrañé, corazón! —le dijo a Von Richter, mientras le limpiaba el carmín rojo de la boca.
El ambiente se sentía cargado de electricidad.
Las chispas que emanaban de Melissa, Alice, Graciela y compañía eran casi visibles.
Cuando entraron al elevador, Cassandra soltó la respiración que no sabía que estaba conteniendo.
—Ha llegado justo a tiempo —le dijo a Von Richter, quien esbozaba una ligera sonrisa.
Para cuando ya se habían subido al auto, ella ya le estaba contando las penurias y pesares de sus dos semanas sin él.
—Supuse que algo raro estaba pasando cuando Rubén me preguntó si era verdad que había pedido tu mano —respondió él, dejándola patidifusa.
¿Rubén?
¿Le contestaba los mensajes a Rubén?
Cassandra hizo memoria de todas las veces que le escribió por la app que él prácticamente le había obligado a reinstalar.
—Por alguna razón, Soledad supo mi nombre coreano y enseguida hizo conexión con el colegio —la noticia no le sorprendió a Cassandra.
Recordó que Susanita, la asistente de su madre, le había dicho que Soledad la había llamado, y ella —la ingenua de Susanita— le dio pelos y señales de todo lo ocurrido en el yate, luego de que la encantada Leonor se la pasó toda una tarde hablando maravillas de su nuevo yerno.
—Le has roto el corazón al pobre Rubén —añadió él.
Cassandra frunció el ceño.
Si alguien había roto algo por ahí, ese era, precisamente, Daniel Von Richter.
Él estaba diferente.
Más comunicativo.
Más… ligero.
Y, por alguna razón que no alcanzaba a comprender, eso le levantó una sirena mental a la suspicaz Cassandra.
Había algo en su mirada.
Algo que no encajaba.
Algo que parecía demasiado controlado.
Trató de disimularlo.
Después de todo, había sido víctima de tanta especulación y burla en la oficina que prefería hablar de cosas más triviales.
—¿Rubén? ¡Diac! —dijo Cassandra, como si hubiera chupado un limón.
Por un momento, recordó todas las veces que Soledad se había quejado de él, las lágrimas por el mal padre y mal hombre que había sido, algo que le había provocado cierta repulsión hacia él.
Algo que ahora resultaba ser toda una mentira.
Y ahora que había sido víctima de las confabulaciones de Soledad, se sentía culpable por todos esos pensamientos de «¡muérete!» que le había dedicado por años.
En serio, ¿cómo Soledad había enfermado, victimizado y hasta torturado psicológicamente a sus hijos contra un hombre que solo había cumplido con su deber como padre desde siempre?
¿Qué clase de psicópata debías ser para hacer algo así?
Y peor aún… ¿qué clase de tonta había sido ella por creerse el guion sin pedir pruebas?
No, no tenía una justificación, salvo la confianza absoluta que solo se les entrega a los amigos más íntimos.
Von Richter le explicó que Rubén era su asesor legal para sus asuntos en el extranjero y que se lo había llevado en el viaje a Corea del Sur.
Eso explicaba mucho, pensó Cassandra.
Sin embargo, todavía había mucho misterio por descubrir.
Von Richter rió ante su cara de detective novata que acaba de encontrar una pieza clave, solo para darse cuenta de que ha estado leyendo el mapa al revés.
—Es bueno saber que mi antiguo rival no te inspira otra cosa que no sea acidez estomacal —señaló Von Richter.
¿Antiguo rival?
Las palabras resonaron tanto en la mente de Cassandra que Von Richter no tuvo más remedio que aclararse.
—Él y yo nos disputábamos tu atención en el colegio.
La cara de interrogante que le siguió solo hizo que Von Richter se riera aún más.
Era una risa fresca, genuina, mucho más que cualquiera que ella recordara haberle visto.
Por un momento, recordó la revelación que le había hecho Sebastián referente a Rubén y su admiración por ella.
Sí, señor.
Estaba confirmado: la envidia de Soledad había sido parte de su «amistad».
Siguió riendo ante cada ironía.
—¡Vaya! Quince años tuvieron que pasar para saber que era admirada por el chico popular de la secundaria —respondió Cassandra, entre sorprendida y divertida—, o que mi prometido millonario resultara ser aquel chico tímido que nadie recordaba.
Eso sí que era todo un cliché, pensó.
—A veces, los que menos hablan son los que más observan, Cassandra —replicó él, suavizando el tono.
La carcajada que compartieron por aquella conversación llenó la cabina del auto, una burbuja de complicidad que los mantuvo a salvo del mundo exterior hasta que llegaron al restaurante.
Pero cuando ambos se sentaron en la mesa, algo cambió.
El silencio que siguió no fue ni cómodo, ni ligero, ni cómplice.
Fue un silencio denso y cargado.
Como si él estuviera guiando toda esa conversación a algo más.
Cassandra sintió un escalofrío recorrerle la columna.
Ese tipo de silencio nunca era buena señal.
Se sorprendió cuando él tomó su mano.
—Te necesito —sus palabras la enmudecieron, como si de repente estuviera en otro escenario.
—¿Perdón?
Él no parpadeó.
—Necesito casarme contigo.
En la cabeza de Cassandra, un piano tocaba de manera dramática, casi a punto de desafinar.
Su mandíbula, en cambio, estuvo cerca de tocar la mesa.
—¿Casarnos? —repitió—. Así como… ¿casarnos?
Sí, estaban comprometidos, pero eso no significaba nada.
Era solo una pantomima que desharían en algún momento, cuando el cosmos se diera cuenta de que tenía que regresar hasta el punto en donde conoció a Soledad… e ir para otro lado.
—¿En serio? ¿Casarnos? —Cassandra sentía que el aire del restaurante se volvía sólido.
—Sí, Cassandra. Un matrimonio legal. Real. Con documentos, registro y firmas —la miró con una intensidad que no admitía bromas—. Necesito que dejes de ser mi prometida de mentira para convertirte, ante la ley, en mi esposa.
Y en ese instante, Cassandra entendió algo que la hizo temblar:
No sabía si decir que sí vino a salvarla… o revelarle sus verdaderos planes.
Un propósito que la volvía parte de un engranaje mayor.