01 — Colapso del sistema de especulación
Dos semanas después.
—Oí que tu novio, el chino, se había «ido». ¿No ha regresado todavía? —canturreaba Melissa De León a Cassandra durante la reunión mensual, donde cada directivo presentaba los avances de sus campañas.
Ahí estaban: Melissa De León, Juan Arjona, Emilio Luján, Rodolfo Pérez y, por supuesto, Cassandra LeBlanc.
Todos frente a la junta de socios: ese selecto grupo que invertía un poco, ganaba mucho y trabajaba nada.
El socio mayoritario, el que firmaba, movía influencias y conseguía clientes, brillaba por su ausencia. Como siempre.
A Cassandra le divertía la idea, sabiendo algo que los demás ya ni se molestaban en preguntar: quién era en realidad Daniel Von Richter.
—Aún no ha terminado de atender sus asuntos en Corea del Sur —respondió Cassandra con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
Ya ni se molestaba en asesinarlos con la mirada.
Ella nunca dijo que tenía novio ni que se iba a casar.
Pero el anillo había hablado por ella durante dos largas semanas.
Sí, sí.
Ese maldito artefacto infernal había contado, como si fuera un orbe encantado, que no solo tenía novio, sino que se iba a casar.
Y cada vez que lo miraba, sentía un tirón en el pecho.
Un recordatorio frío, brillante y silencioso de que él no estaba.
Porque sí, podía fingir indiferencia… pero el silencio de Daniel pesaba más que cualquier rumor.
Más que cualquier chisme.
Más que cualquier traición.
Y lo odiaba por eso.
Por hacerla necesitarlo.
Por hacerla esperar.
Por hacerla sentir que, sin él, el mundo era un poco más frío.
Y era peor todavía.
En un ambiente donde la especulación se convertía en narrativa, la pobre pendeja de Cassandra LeBlanc —según la versión popular—, desesperada por no parecer una cornuda patética, se había conseguido un chino, alquilado un deportivo y comprado un anillo escandaloso solo para aparentar que los cachos no le dolían.
Porque ella no podría tener tanta suerte, ¿o sí?
¿Pescar a un millonario justo después de una ruptura de ocho años?
No, imposible.
Debía haber trampa.
Eso había escuchado en la cocineta, mientras Melissa De León y Alice García organizaban su vida entre pancitos con queso y café.
—Lo siguiente que hará será lloriquear por haber perdido a su novio, el chino millonario, solamente para tapar los cachos que su maridito le montó —dijo Melissa con fingida condescendencia—. Debe ser difícil admitirlo.
Cassandra sonrió.
No iba a defenderse de especulaciones.
Después de todo, el plan había sido de Von Richter.
Y no la abandonaría… ¿o sí?
Ese pensamiento la atravesó como una aguja helada.
No quería admitirlo, pero lo extrañaba.
Extrañaba su voz grave, su seguridad, su presencia.
Extrañaba la sensación absurda de que, mientras él estuviera cerca, nada podía derrumbarla del todo.
Y ahora él no estaba.
No contestaba los mensajes que le había enviado por la aplicación que él mismo le había hecho instalar.
Ni siquiera parecía estar conectado.
Como si se hubiera esfumado.
Y ella odiaba cómo ese silencio la hacía sentir: pequeña, sola, vulnerable… dependiente.
El dolor en el pecho escocía, y esos comentarios no ayudaban.
Y era peor cuando el cucaracho número uno de su corazón había promovido apuestas sobre el día y la hora en que Cassandra confesaría que todo era mentira.
—La conozco mejor que a cualquiera. Nuestra relación fue lo mejor que le ha pasado —le oyó decir la señora María mientras limpiaba la sala de creativos.
Soledad, por su parte, era menos jactanciosa y más peligrosa.
Al notar que el elemento «Sui» había desaparecido por arte de magia —ese «maldito chino» del que ahora se acordaba muy bien—, y tras hablar con su primer ex, decidió exorcizar a Cassandra de su influencia, devolviéndola a la patética realidad donde ella, Soledad, seguía siendo el foco de atención.
Ya no usaba la retórica de la lástima ni exhibía a sus hijos como víctimas del cruel Rubén. Eso ya no funcionaba.
Ahora aplicaba una guerra de guerrillas digna de Cuba, Vietnam o España.
Porque esa mujer tenía un talento natural para manipular masas con su retórica.
En su afán por parecer víctima, creó el rumor de que Cassandra ya tenía ese novio «chino» desde hacía tiempo —¿cómo se casaría tan pronto, si no?— y que por eso Sebastián se había alejado.
Así que Soledad, pobrecita, tuvo que darle refugio al desventurado Sebastián.
O así iba la historia.
Sí, sí.
Así se volteaba la tortilla en lugares como SS Enterprise.
Pero eso no fue lo peor de las dos semanas trabajando con buitres hambrientos de carroña llamada chisme.
Cuando Cassandra intentó ser civilizada con su ex y proponer un acuerdo para resolver el único vínculo legal que tenían —el apartamento—, él se convirtió en otra víctima más, demostrando lo buen discípulo que era de su actual amante.
—¿Ya te arrepentiste? —preguntó—. El chino no resultó tan perfecto, ¿verdad?
No valía la pena explicar que ni siquiera era chino.
—Necesitamos resolver lo del apartamento —repitió ella con frialdad.
Sebastián se reclinó en la silla.
—¿Para qué tanta prisa? Podemos hablarlo cuando vuelvas a la cordura.
Ahí Cassandra entendió que la conversación no iba a prosperar.
—O llegamos a un acuerdo —dijo, mirándolo directamente— o tendrás que hablar con mi abogado.
El silencio cambió de tono.
Sebastián ya no sonreía.
El problema era más complejo de lo que parecía.
Ella seguía pagando una hipoteca por un lugar donde no vivía.
No podía desligarse del banco porque él no tenía solvencia para asumir la deuda solo.
Y jamás le diría eso.
Si Sebastián percibía su debilidad financiera, la convertiría en su arma favorita.
El apartamento dolía.
No por el dinero.
Sino porque era exactamente como ella lo había imaginado:
la cocina abierta, la terraza pequeña pero luminosa.
Venderlo sería inevitable.
«Cuando terminemos con ellos, tendrá un imperio donde ese apartamento no será más que un mal recuerdo», le había dicho Von Richter.
Ese recuerdo la hacía sentirse vacía y rota.
Y lo peor era que, por primera vez, dudaba de sus palabras.
Porque él no estaba.
Y ella no sabía si volvería.
Y ahí, en ese pensamiento, sintió el verdadero golpe:
quizás la manipulación no venía solo de otros.
Quizás venía de lo que ella quería creer.
Lo que siguió fue la versión llena de glutamato y grasas trans de Sebastián, quien decía a toda la publicitaria que, como venganza por haber encontrado una persona que sí lo valoraba —Soledad—, ahora Cassandra quería que él pagara toda la deuda del apartamento que ella, con su sueldo de directora, podía costearse.
Muchos pensaron que no tenía sentido.
Él firmó un contrato con un banco: un asunto jurídico, no un presagio horneado en una galleta de la suerte.
Pero los pocos que aún conservaban lucidez fueron acallados por la verdad voceada por Radio Bemba.
Sí, sí.
La especulación era un insecto con demasiadas metamorfosis, y su versión final siempre terminaba siendo una «verdad» tan aplastante como conveniente, sobre todo cuando la multitud decidía canonizarla.
Y —como si fuera la cereza del pastel—, Cassandra empezó a recibir informes trimestrales armados por Soledad con «ligeros errores».
Cuando se quejaba, su flagrante secretaria aderezaba la narrativa:
—La señorita LeBlanc me gritó, así que tuve que quedarme arreglando un informe hasta tarde —dijo un día en el comedor, muy alterada.
Y quizás aquel argumento tan flojo no habría calado, de no ser por el fanfic comunitario que Luján y De León cocinaban a fuego lento, bien aderezado y listo para servirse con el almuerzo.
El monstruo del chisme estaba tan sediento de víctimas frescas que Patricia Montenegro tuvo que citar a Cassandra: medio mundo pedía «justicia» para la pobre Soledad, como si estuviera listo para marchar con pancartas, megáfonos y hasta un hashtag.
«Si no te disculpas, también querrán mi cabeza», le escribió en un correo.
Cassandra accedió, por solidaridad.
Pero cuando salió de la oficina, sintió algo que no había sentido en semanas: un vacío tan grande que casi la dobló.
Se apoyó en la pared.
Respiró hondo.
El anillo pesaba como si supiera que él no estaba.
Miró el celular.
Nada.
Ese «nada» la estaba matando.
Y entonces, como si fuera invocado por una piedra del destino, ocurrió el milagro.
Los murmullos de pasillo se cortaron en seco.
No fue gradual: fue como si alguien hubiera apretado el botón de mute en toda la planta.
Cassandra levantó la vista y vio a Soledad palidecer mirando hacia la recepción.
Un hombre caminaba por el pasillo con la seguridad de quien es dueño del aire que los demás respiran.
No llevaba traje de CEO de revista: vestía un abrigo largo de lana oscura y sostenía un ramo de peonías blancas que parecía costar más que el sueldo mensual de Melissa o cualquier otro director.
Daniel no miró a nadie.
Y, aun así, cada paso suyo parecía reclamar territorio, dándole a entender a todos que el edificio le pertenecía… al igual que ella.
Se detuvo en el umbral de la oficina de Cassandra, ignorando a un Sebastián estupefacto.
Y entonces, con esa voz que siempre parecía saber exactamente de qué hablar para aturdirla, dijo:
—Siento la demora, querida. El vuelo desde Seúl tuvo vientos en contra, pero ya estoy aquí para resolver… nuestros asuntos pendientes.
Y el corazón de Cassandra, traicionero como siempre, dio un salto que no quería admitir.
Sin embargo, había algo más en su mirada, algo que parecía querer ocultar.
Y eso la hizo temblar.