14 — Compendio final por presagio frío
Von Richter salió del auto buscando algo de privacidad, activando todas las alarmas y alertas que Cassandra ya se sabía de memoria.
Nunca lo había visto palidecer.
Y ahora parecía que, finalmente, el contrato por su alma sería cobrado… o eso le sugerían los retrovisores.
Cuando colgó, se tomó unos segundos para recomponerse. Luego abrió la puerta del pasajero y le extendió la mano.
—Permíteme escoltarte —dijo, con una sonrisa que no lograba ocultar la tensión en su mandíbula.
Intentó disimularlo, pero Cassandra ya reconocía los matices de su cómplice: detrás de esa máscara de frialdad había un destello fugaz, como un cálculo que no terminaba de cuadrar.
El silencio reinó en el elevador.
No subieron a la terraza, donde estaba el bar.
Se detuvieron un piso antes.
El piso de su habitación.
Cassandra sintió un escalofrío sutil recorrerle la piel.
—Buenas noches, Cassandra —dijo él, frente a la puerta, con una voz más baja de lo habitual—. Surgió un asunto. Debo viajar esta misma noche, pero estaré de regreso mañana en la tarde.
El estómago de ella se contrajo.
—Espero que todo esté bien —respondió, intentando sonar discreta.
Von Richter pareció debatirse entre responder o no.
Al final, se inclinó y le rozó la mejilla con un gesto demasiado íntimo para ser despedida y demasiado breve para ser consuelo.
Luego se fue.
Ella podía decir que aquella escena la había visto en un millón de manhwas, donde el protagonista masculino se iba a una cruzada, ocultándole a la heroína sus verdaderos planes, unos que podrían poner en riesgo su propia existencia, para no angustiarla.
Lo sabía muy bien: esta era la vida real.
Pero la sensación de mal presagio se quedó con ella.
A la mañana siguiente, Cassandra quiso escribirle para saber si estaba bien.
«Si él no me dijo nada… de seguro no será grave», trató de convencerse, aunque el escalofrío seguía calándole la piel.
Bajó al vestíbulo y estaba a punto de dirigirse al metro cuando un Audi negro la interceptó.
Por un momento, se sintió aliviada… y enseguida el pecho se le hundió un milímetro al ver que no era Daniel, sino Alfred, el chofer.
—El señor me ha pedido que la lleve hasta la publicitaria —dijo con una amabilidad que sonaba ensayada.
Ella se subió.
—¿Todo está bien con el señor Von Richter? —preguntó.
—Sí, por supuesto —respondió él demasiado rápido para ser convincente.
Cassandra no insistió.
Pero la inquietud se le instaló en la garganta.
—Buenos días, Jaime —saludó al cruzar el umbral de la publicitaria.
El paparazzi abrió los ojos como si hubiera visto un eclipse sin protección.
Su mirada cayó directo al anillo.
—Bu… buenos días, señorita LeBlanc…
Ella ya estaba entrando al elevador cuando una mano detuvo el cierre.
Melissa De León entró con la lentitud calculada de quien huele un escándalo fresco.
Sus ojos descendieron al anillo.
Su cuello giró apenas, como si necesitara una segunda confirmación.
Cassandra tamborileó los dedos, disfrutando del rubor que subía por las orejas de su colega.
«Que empiece el espectáculo», pensó.
Y no tuvo que esperar.
En el pasillo de cubículos —su Vía Dolorosa corporativa— los murmullos se multiplicaron.
—Una semana de noviazgo… ¿y ya se va a casar?
—¡Ja! Yo tuve que esperar cinco años para que mi esposo me propusiera matrimonio… ¡y ya teníamos un hijo!
—De seguro ese anillo no es real.
—Luego de que la mejor amiga le quitara el marido, yo también me inventaría un matrimonio con un millonario.
—Pero… ¿ese novio? ¿No había presupuesto para uno que no fuera chino?
Cassandra siguió caminando.
Jaime, el portero, claramente había nacido para ser influencer de chismes… y estaba desperdiciando su talento.
Al final del pasillo, la esperaba Soledad.
Tenía los labios apretados y las manos inquietas: señales de que estaba a punto de quebrarse.
—¿Le pasó algo a tía Leo? —preguntó con un tono demasiado rápido para ser casual.
—Nada malo —respondió Cassandra.
La frustración que reflejó su rostro fue casi inmediata, tanto, que Cassandra quiso añadir «al contrario, está ilusionada», pero se contuvo.
—No me enviaste el informe de Novey —dijo en su lugar, con reproche.
Soledad intentó mantener la compostura.
Lo que siguió fue un desfile de excusas que ni ella parecía creer.
Cassandra no era del tipo de jefas que disfrutaba torturar a su equipo…
pero ver a esa víbora temblar tenía un encanto particular.
El silencio se tensó como una cuerda de piano a punto de romperse.
Entonces, el aire cambió.
Y Sebastián cruzó la puerta.
Le bastó una mirada fugaz para saber que los rumores le habían llegado alto y claro, especialmente cuando sus ojos se quedaron pegados a la enorme piedra de su dedo anular.
La incredulidad en su rostro era casi un reproche: como si, finalmente, entendiera las consecuencias de su ruptura.
La pérdida de posibles futuros.
De hubieras.
De un hogar que nunca existió, especialmente porque él se había encargado de contaminarlo.
Y por alguna razón estúpida, esa expresión también la afectó.
Ocho años moldeándose a un hombre que ya no sería suyo.
Ocho años moderando su risa, sus gestos, sus silencios.
Ocho años confundiendo adaptación con amor.
Ocho años que él había tirado sin mirar atrás.
Quizás no se casaría con Von Richter.
De eso estaba segura.
Pero se uniría a cualquier otro y nada de lo que había pasado en los últimos ocho años habría servido para nada.
—Recuerda el informe —le dijo a Soledad, y entró en su oficina.
Cerró la puerta.
El anillo ardía contra su piel.
Y aun así se sentía pequeño comparado con el hueco que Sebastián había dejado.
¿Qué futuro podía construirse sobre un vacío así?
No tenía respuesta.
Solo sabía que el futuro vendría impetuoso, estuviera preparada o no.
El teléfono vibró sobre el escritorio.
Cassandra lo miró como si fuera una intrusión indebida en medio de su derrumbe.
Era un mensaje de Von Richter:
«Debo viajar a Corea del Sur esta noche. Asunto familiar. No puedo dar detalles.»
Por un momento, el despacho pareció más frío de lo habitual.
Cassandra se dejó caer en la silla, sola en medio de ese cardumen de pirañas.
Deseando con toda su alma que ese elfo oscuro alto, guapo y misterioso viniera pronto a hacer su magia para rescatarla.
Y lo peor era que, sin él, el mundo se sentía más frío.