MANUAL ANTI MOSCAS MUERTAS 13 — Reevaluación del protocolo de confianza
52%

13 — Reevaluación del protocolo de confianza

El silencio entre ambos era una cuerda tensada, vibrando apenas, como si un solo movimiento pudiera romperla.

Cassandra aún sentía el peso del anillo en su dedo: frío, real, demasiado brillante para ser una mentira… y demasiado mentira para ser real.

Le estaba creando una pequeña ampolla entre los dedos, una advertencia incómoda de un cuerpo extraño insertado intempestivamente.

La pregunta seguía allí, colgando entre ellos como una lámpara oscilando en medio de una tormenta:

¿«Usted me conocía desde antes»?

Todo lo que él había enlistado era cierto, pero el olor rancio a mentira seguía revoloteando en el aire, como el moho que crece bajo el terciopelo de un palco viejo.

Daniel Von Richter no respondió de inmediato.

Se acomodó en el asiento, ajustándose al volante con una calma que parecía ensayada.

Miró al frente.

Solo entonces habló.

—Sí. —La palabra cayó sin dramatismo—. La recuerdo a usted. A Soledad. Incluso a Rubén Cedeño.

Cassandra sintió que algo se descolocaba en su interior, como si una pieza del rompecabezas hubiera encajado… pero con el dibujo al revés.

—Se pavoneaba cobrando suspiros de las chicas en los pasillos —continuó él—. Todas las historias del colegio tenían que ver con él; no había un solo compañero que no quisiera ser su amigo.

Eso era demasiado específico para ser inventado al vuelo.

Así que sí: él conocía muy bien a Rubén.

Él mismo lo había dicho: era el más popular de su generación.

Pero también podía haberlo averiguado después.

Hasta con el mismo Rubén.

—Yo no lo recuerdo a usted —admitió ella, simple y llanamente.

—No me sorprende. Solo estuve seis meses en el colegio. Mi padre enfermó en Corea del Sur y tuvimos que regresar.

Ah.

Eso explicaba muchas cosas.

O no explicaba nada en absoluto.

«Conozco bien a Rubén. Es un hombre de honor, un viejo amigo», le había dicho hacía apenas un día.

Pero la explicación no apagaba las nuevas dudas que surgían como ventanas emergentes en su mente.

¿Por qué la ayudaba?

¿Sería esto una conspiración entre Von Richter y Rubén para vengarse de Soledad?

¿Ella era solo un instrumento?

¿Una pieza útil en un tablero que no había elegido?

Las hipótesis ardían como archivos abiertos en segundo plano.

Pero ninguna justificaba lo que acababa de pasar.

—¿Por qué me está ayudando? —preguntó al fin.

Daniel la miró.

Había curiosidad en sus ojos.

Y algo más cercano a diversión.

—Entiendo sus dudas, señorita LeBlanc… aunque creo que ya me he ganado el derecho de llamarla Cassandra. Después de todo, estamos comprometidos.

Ella entrecerró los ojos.

Él se aclaró la garganta, como si hubiera dicho más de lo que pretendía.

—Quizás esta sea la manera en que me doy la oportunidad de enmendar un error.

Eso no explicaba nada.

Pero por la forma en que lo dijo… significaba mucho para él.

Notó su frustración.

Suspiró apenas.

—Quizás usted me importe, Cassandra. Por los viejos tiempos… o por algo más.

El corazón de ella dio un salto incómodo.

Porque sí, considerando todo lo que había hecho por ella, era evidente que le importaba.

¿Quién pagaba un pasaje al Caribe a una empleada solo porque estaba pasándola mal con sus exes?

Por un momento, él la miró directo a los ojos.

—Aunque no estoy seguro de cuánto.

«¡Ja!, menos mal que no estaba seguro», pensó ella, sintiendo cómo el sarcasmo la protegía del vértigo.

Entonces recordó todas esas historias románticas —las de mangas, manhwas y hasta telenovelas— donde aparece el misterioso «amigo de la infancia» enamorado secretamente de la protagonista.

La idea la hizo reír por dentro.

Esto no era un manhwa.

Esto era otra cosa.

Algo más peligroso.

Su propia vida.

Volvió a girar el anillo en su dedo.

Pesado.

Frío.

Indecentemente real.

No sabía distinguir un diamante de laboratorio de uno natural… pero estaba segura de que aquello no era Swarovski comprado con puntos acumulados.

—El compromiso fue una buena salida —dijo ella, luchando con el nudo en la garganta—, pero nunca hablamos de eso. ¿Qué pasará cuando mi madre se entere de que es una mentira?

Daniel la observó de reojo.

—Estoy dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias si eso la libera del peso que lleva encima. Incluso casarme, si es necesario.

El mundo volvió a hacer esa pausa incómoda.

¿Casarse?

Daniel debió notar su expresión, porque añadió con ligereza:

—No se preocupe. Siempre puede divorciarse después.

Eso no la tranquilizó en absoluto.

Sí, Daniel Von Richter era guapo, refinado, millonario, seguro, estable, y toda la lista de requisitos que cualquier mujer busca en un hombre.

Pero Cassandra no estaba dispuesta a sostener ninguna relación.

Ni real ni ficticia.

No otra vez.

No después de Sebastián.

Y si con Sebastián no había llegado al matrimonio, con un hombre que ni siquiera recordaba de la secundaria…

No, muchas gracias.

Ni en un millón de años.

—Bien, ahora que hemos aclarado sus sospechas, necesitamos darle un buen uso a ese anillo, ¿no lo cree?

«No, no hemos aclarado nada», quiso decirle.

—A ver, lo escucho —fue lo que en realidad respondió.

El auto quedó en silencio por un instante, salvo por el sonido del aire acondicionado y del motor.

Von Richter miraba al frente, pero a Cassandra le pareció que estaba esquivando su mirada.

—No aquí —dijo, con una mano en el timón y la otra descansando relajadamente—. El bar del hotel es un lugar mucho más tranquilo. A menos que piense que sea mejor conversarlo en su habitación.

Cassandra sintió las orejas calientes ante la insinuación, algo que hizo sonreír a Von Richter.

—El bar… del hotel… debe ser mejor para conversar este tipo de cosas.

Él sonrió levemente, mordiéndose el labio inferior… un gesto que se hacía cada vez más común.

Y que le estaba gustando más cada día.

Resultaba sospechoso, poco sincero, una persona con una agenda oculta que ofrecía promesas de venganza.

Un encantador de suegras, un vampiro corporativo.

Y, para colmo, alguien que sabía exactamente cómo desarmarla.

Capaz de preparar un teatro en mitad del Caribe o de aumentarle el salario, con tal de que no se fuera.

Pero, dentro de todos sus defectos, había algo muy cierto:

La atracción entre ellos era innegable.

Y la pregunta seguía ahí:

¿Por qué, simplemente, no se dejaba llevar?

—Perfecto —indicó finalmente con una sonrisa.

Cassandra pudo notar que estaba bastante serio.

—Hay cosas que me gustaría contarle —añadió.

«¿Qué querría decirme?», pensó.

La idea repetida en miles de historias volvió a su mente.

¿Sabría él su debilidad por los manhwas?

Debía saberlo: su oficina estaba llena de chibis.

Quizás él creería que, como había sido tan pendeja como para dejarse engatusar por sus exes, ahora él quería engañarla también.

Justo en ese momento, una llamada los interrumpió.

El rostro de Von Richter cambió drásticamente.