MANUAL ANTI MOSCAS MUERTAS 12 — Reestructuración del escenario familiar
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12 — Reestructuración del escenario familiar

Cassandra no estaba segura de qué era más alarmante: que Von Richter hubiera tomado la silla de ruedas de su madre sin pedir permiso… o que ella lo estuviera siguiendo como cómplice de un secuestro perfectamente ejecutado.

En el asiento trasero, Leonor no tardó en desplegar su arsenal verbal, que iba desde un «¡Muchacho malcriado!» hasta un «¡Nunca me han gustado tus novios, Cassandra!», aumentando así la culpabilidad.

Cassandra se hundió un poco en el asiento delantero.

Sí, técnicamente esto era un secuestro.

Uno elegante.

Con aire acondicionado y tapicería de cuero italiano.

Pero secuestro, al fin y al cabo.

Cuando la retahíla bajó de intensidad y Leonor se quedó sin sinónimos de «irresponsable», Von Richter habló.

Con una calma que rozaba lo insultante.

—Señora Leonor, estoy aquí porque me preocupa la serie de rumores que han llegado a sus oídos.

Leonor cruzó los brazos, haciendo un amago de puchero.

—No estoy aquí para hablar del pasado —continuó él—. Estoy aquí para hablar del futuro de Cassandra.

Eso sí la hizo parpadear.

No lo suficiente para sonreír.

Pero sí para escuchar.

Cassandra sintió un nudo en la garganta al escuchar «futuro».

Venganza y futuro no combinaban; una era la palabra que se usaba para cerrar las mejores series.

La otra implicaba más temporadas.

¿De qué futuro hablaba él, si ella apenas podía con el presente?

Entonces notó algo extraño cuando el paisaje cambió.

No iban hacia ningún restaurante.

Ni siquiera un café discreto.

Era la marina.

La misma donde se encontraba el yate en el que habían cenado la noche anterior.

La expresión de Leonor mutó al verlo.

Primero, incredulidad.

Luego, evaluación.

Después… cálculo.

La tripulación apareció como si hubiese estado ensayando una coreografía.

Ayudaron a Leonor a subir con profesionalismo impecable.

Entre quejas, orgullo herido y miradas de «esto no quedará así», terminó instalada en cubierta.

Pero la cubierta ya no era la misma.

En lugar de una mesa para una comida, había flores.

Arreglos discretos, elegantes, pensados para una celebración íntima.

Cassandra sintió que algo se movía bajo sus pies… y no era el mar.

El yate partió.

El movimiento hizo que la silla de Leonor se deslizara ligeramente.

Von Richter reaccionó de inmediato, firme, preciso, asegurando el freno.

—Lamento si esto la incomoda —dijo con una sonrisa medida—. Pensaba involucrar solo a su hija. Pero cuando supe que habían manchado mi nombre ante usted… comprendí que debía presentarme como corresponde.

Cassandra no sabía cuál de las dos estaba más sorprendida.

Si su madre.

O ella.

Entonces apareció el trío de cuerdas en vivo: tres hombres de traje y gatitos al cuello, como si aquello fuera una escena de una película de gánsteres románticos.

Las primeras notas flotaron sobre la bahía mientras la ciudad comenzaba a encender sus luces.

Von Richter tomó la mano de Cassandra y la colocó entre dos arreglos florales.

El mundo pareció ralentizarse.

Sacó una pequeña caja.

Se arrodilló.

—Cassandra LeBlanc, ¿aceptarías ser mi esposa?

La mandíbula de Cassandra estaba a punto de caer al piso.

¿Cuándo había pactado la parte dos de la serie?

Pero esto… esto era peor que esa serie eterna en la que el protagonista sigue buscando un tesoro que nunca aparece.

Miró a Von Richter, buscando alguna señal de que aquello fuera una broma.

Una mentira más.

Un episodio de megalomanía romántica.

Pero él la miraba con serenidad absoluta.

Y con los ojos le dijo, sin palabras:

Acepte.

Aquello era una trampa.

Pero no estaba segura de si era para su madre.

Para Soledad.

O para ella misma.

Los dientes de aquella enorme trampa se estaban cerrando, o eso le pareció.

Porque el punto aquí era que no podía desmentirlo, si no quería que prevalecieran las mentiras de Soledad.

—Sé que te he sorprendido, amor. Pero no impidas que eso detenga lo que tiene que ser —dijo él, con esa sonrisa sexy que no ayudaba en absoluto.

Todo estaba convergiendo en el mismo punto.

Estaba a punto de pronunciar un «sí», cuando Leonor explotó.

—¿Qué demonios es todo este disparate? —se acercó un poco más a la «feliz pareja»—. ¡No voy a permitir que mi hija se case con un perfecto desconocido!

El trío desafinó un segundo.

Von Richter se incorporó lentamente.

Sonrió.

—¿Perfecto desconocido? No, señora Leonor. Cassandra y yo nos conocemos desde la secundaria.

Silencio absoluto.

Incluso el mar pareció contener la respiración.

—Coincidimos en el colegio San Ignacio. Su hija compartía clase con Soledad Benítez. El profesor Mariano Rivera insistía en corregir mi pronunciación del español. Y el profesor Blas Pérez… bueno, él siempre decía que mi obsesión por los números terminaría pagándome dividendos.

Los nombres golpearon a Cassandra como piedras familiares.

Mariano Rivera.

Blas Pérez.

Soledad.

Eran reales.

Y sus descripciones, exactas.

Pero por más que forzaba su memoria… no encontraba su rostro en aquellos años.

¿Era verdad?

¿O este hombre se había dedicado a excavar en su pasado peor que un arqueólogo buscando una tumba que saquear?

Si era lo segundo… el escalofrío le recorrió la piel entera.

Su admiración, su suspicacia, sus temores… todo se destilaba en un cóctel que burbujeaba con una sola palabra:

Peligro.

Leonor siguió en silencio, desarmada.

—Sí —dijo Cassandra, antes de pensarlo demasiado—. Es cierto.

La frase cayó como un sello de autenticidad.

Las defensas de Leonor cedieron.

Von Richter retomó la ceremonia con impecable naturalidad.

El anillo —real, pesado, indecentemente perfecto— deslizó sobre su dedo.

¿Desde cuándo lo había comprado?

El brindis apareció como por arte de magia, diluyendo a medias su miedo.

Leonor tampoco estaba muy convencida, haciéndose preguntas similares a las de Cassandra.

Sin embargo, si todo salía mal con este Sui, su hija podría lamentarse bajo la sombra de la Torre Eiffel o en una góndola en Venecia.

Mucho mejor que su desventura con Sebastián, quien debía agradecer que la inexperta Cassandra hubiera caído en su telaraña.

La vuelta por la bahía fue breve.

Las luces de la ciudad brillaban como si celebraran algo que Cassandra todavía no entendía del todo.

De regreso al muelle, Leonor se despidió con halagos, elogios y una bendición que más parecía su más ferviente deseo.

El hechizo había funcionado.

O el teatro había sido perfecto.

En el automóvil, ya sin testigos, el silencio se volvió pesado.

Cassandra miró su mano.

El anillo seguía allí, pesado, ligeramente grande y demasiado ostentoso.

—¿Es cierto? —preguntó finalmente.

La pregunta cayó como un estornudo en misa.

Inoportuno.

Imposible de ignorar.

—¿Usted me conocía desde antes?

Por primera vez desde que lo conocía, la expresión de Daniel Von Richter no fue de control absoluto.

Fue… cálculo.

Y eso, para Cassandra, fue mucho más perturbador que cualquier mentira.