11— Ejecución del protocolo de encantamiento
El auto de Von Richter no era el deportivo habitual, sino aquel Audi que solía manejar su chofer.
¿Por qué lo estaba manejando él?
De seguro el chofer —que ella imaginaba se llamaba Alfred— estaría brincando de felicidad por la tarde libre.
Pero dudaba que el motivo fuera precisamente llenar de felicidad al pobre hombre.
(Chofer, asistente y quizá bartender… vaya, jefe explotador).
Un escalofrío le recorrió la columna, presagiando mal augurio.
Tenía demasiadas dudas sobre este hombre, y los motivos de su generosa ayuda… y esto le ponía el moño y la envoltura al asunto.
—¿Qué tal le terminó de ir en la oficina? —preguntó él, devolviéndola a los verdaderos problemas.
Con un alarido mental de «¡Maldita perra!», Cassandra comenzó a relatarle lo ocurrido.
—Como llegue a tener pruebas para restregárselas en la cara… —el odio aderezaba cada palabra—. Esa miserable va a tener una experiencia VIP con sus propias mentiras derrumbándose.
Von Richter la miró con una curiosidad que decía: ¿Qué demonios está pensando esta mujer?
Así que ella continuó:
—Tengo una confesión grabada de su propio maridito. Vamos a ver qué pasa si se me «escapa» del teléfono.
Von Richter la observó un segundo, y Cassandra juraría que algo le crecía en la cabeza.
No era una aureola.
Eran dos protuberancias.
Con puntas.
—Eso no sería elegante, ni propio de la directora creativa de SS Enterprise —dijo él, con una calma quirúrgica—. Además, todos sabrán de dónde habría salido la información.
—Elegante o no, es lo que merece —respondió ella, haciendo un puchero.
—No se trata de lo que ella merece, señorita LeBlanc, sino de lo que usted necesita. Y yo le prometí una venganza elegante y de buen gusto. Así que déjese llevar por la experiencia.
«Sí que sabe seducir sin siquiera tocarme», pensó Cassandra, sintiendo ese escalofrío que anunciaba un derrumbe delicioso.
—¿En dónde vive su madre?
Cassandra frunció el ceño.
—¿Para qué necesita saber eso?
La respuesta era obvia.
La sonrisa de Von Richter apareció completa esta vez.
—¿No le he dicho? Soy un gran encantador de suegras.
—¿Qué?
—Necesitamos inmunizarla.
Cassandra entendió la metáfora:
Vacunarla contra el veneno de Soledad antes de que hiciera metástasis.
Pero dudaba seriamente que existiera antídoto para Leonor… o para las mentiras caramelizadas de Soledad.
Además, había algo más.
Algo que quizá escapaba incluso a Von Richter, pese a su vigilancia de serafín de mil ojos.
—Mi madre está en silla de ruedas —indicó simplemente.
La cara de porcelana de Von Richter se volvió más blanca que el papel de arroz.
No duró mucho: enseguida recuperó su frialdad de acero.
—Sigue siendo una madre… con todo y silla —respondió con suavidad.
Ella lo miró.
«¿Qué se está preparando el elfo oscuro?»
¿O el vampiro corporativo estaba apuntando demasiado alto su encantamiento?
Quizá funcionaría.
Quizá no.
Pero igual, ella sentía el deber de advertirle:
—No dudo de sus capacidades, señor Von Richter —dijo—. Pero ni mi padre logró convencerla de nada en treinta años. Salvo, claro, convencerla de que se casara con él.
—Yo no soy su padre —respondió él, suave como un golpe bien dado.
Ella puso los ojos en blanco.
Su seguridad se estaba volviendo un poquitín arrogante.
—Además, me gustan los desafíos —agregó.
Cassandra le dio la dirección sin mucha convicción.
El auto avanzó unos metros en silencio.
—No sé si esto es buena idea —murmuró.
—No lo es —respondió él—. Pero las buenas ideas rara vez funcionan con madres.
Ella soltó una risa nerviosa.
—¿Y usted qué sabe de madres?
—Lo suficiente para saber que la suya no me va a querer.
—En eso tiene razón.
—Perfecto —dijo él—. Así empezamos construyendo esto desde la verdad.
La casa de Leonor parecía pintoresca por fuera: la clásica casa de barriada de una familia de clase media.
La puerta se abrió con parsimonia, sin necesidad de ser tocada, como si los estuvieran esperando… o alguien hubiera estado esculcando por la ventana.
Leonor los recibió en su silla de ruedas, asistida por una muchacha joven que parecía acostumbrada a esa atmósfera densa.
Su mirada fue fría.
Primero, de reproche hacia Cassandra.
Luego, la mirada de «¿quién demonios eres tú?» hacia Von Richter.
Pero esa mirada cambió en cuanto se detuvo en su traje, su postura, su reloj.
Quizá este hombre era como esas pasitas que arruinan un arroz con pollo… aunque estas venían importadas.
—¿Por qué no viniste sola? —preguntó, sin saludo previo—. Tenemos mucho de qué hablar.
Tal parecía que el encantamiento de Von Richter no había surtido efecto.
O eso pensó Cassandra.
Von Richter dio un paso al frente.
—Buenas tardes, señora Leonor. Es un placer conocerla —dijo, haciendo una reverencia propia de su origen asiático.
Un gesto poco usual en él.
Tal y como Cassandra esperaba, su madre respondió con un mohín.
Aquello parecía un duelo de persistencia.
Entonces, Von Richter hizo una jugada fuera de cualquier deporte conocido.
Rodeó la silla de ruedas con naturalidad.
—Permítame.
Antes de que Cassandra pudiera anticiparlo, él tomó la silla y comenzó a dirigirla hacia la puerta.
—¿Qué cree que está haciendo? —protestó Leonor.
—Sacándola a tomar aire —respondió con serenidad absoluta… y una sonrisa de satisfacción.
Cassandra se quedó inmóvil.
Leonor protestó.
La asistente dudó.
Pero en cuestión de segundos, Von Richter ya estaba acomodándola en el asiento trasero del sedán, con una eficiencia casi escandalosa.
—¡Yo no he aceptado salir! —exclamó Leonor.
Él cerró la puerta con suavidad.
—Precisamente por eso.
La cordura había abandonado el grupo… o eso creía Cassandra.
Trató de hacerle señas, cambio de luces… lo que fuera.
No sabía a cuántas suegras había encantado antes, pero definitivamente, lo que iba a hacer era terminar de desquiciar a su madre.
Y sin embargo… una parte de ella quería ver hasta dónde llegaría.
Si él creía que esto era lo que ella necesitaba… iba a tener que recalibrar ese encanto corporativo suyo.
Porque mientras el auto avanzaba, Cassandra entendió algo inquietante:
Daniel Von Richter no solo estaba entrando en su vida.
Estaba reescribiendo las reglas.
Y ya no había marcha atrás.