MANUAL ANTI MOSCAS MUERTAS 10— Detección de explotación del núcleo materno
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10— Detección de explotación del núcleo materno

Cassandra salió del restaurante con la mandíbula apretada.

La ciudad parecía más ruidosa, más irritante, más dispuesta a empujarla al borde del colapso.

Mientras caminaba, su mente ensayaba métodos de tortura medieval que probablemente ni la Inquisición habría admitido usar.

Desmembramientos, decapitaciones, humillaciones públicas perfectamente orquestadas.

«Respira», se dijo.

Pero no respiró.

Cruzó la calle sin mirar.

Un frenazo violento la devolvió al presente.

—¡Mira por dónde caminas! —gritó el conductor, recordándole a su madre y cuál sería su oficio.

Cassandra se quedó inmóvil un segundo.

Respiró profundo.

Si seguía así, no iba a necesitar enemigos: ella sola activaría su botón de autodestrucción.

Y entonces, como si alguien hubiera lanzado un hechizo para evitar que se desmoronara, su teléfono vibró.

Von Richter.

«¿Almorzamos?»

La simplicidad del mensaje le resultó casi insultante, considerando lo complicada que estaba su vida en los últimos treinta minutos.

«Ya almorcé. Y tengo mucho que contarle.»

Tres puntos intermitentes.

Luego:

«Resumen.»

Cassandra escribió:

«Soledad le contó a mi madre sobre usted… su edición especial, con ella de heroína, por supuesto.»

Pasaron varios segundos.

Demasiados.

Finalmente:

«No haga nada hasta que me vea.»

Cassandra miró la pantalla.

¿Sabía leer mentes?

Porque ella pensaba llegar a la oficina, hacer una pira con los escritorios y atarla en medio de una hoguera.

Otro mensaje:

«Tampoco se deje provocar.»

Una misión imposible.

Nunca pensó estar tan sedienta de sangre.

«Tiene demasiada fe en mí», escribió.

La respuesta llegó de inmediato:

«Siempre.»

Cassandra sintió repentinamente un calorcito en su corazón de chibi, como si sus palabras hubieran activado un Orbe de la Calma Glacial; algo dentro de ella se enfrió.

Su piel —que estaba erizada igual a la de un gato— repentinamente comenzó a blindarse con un escudo.

La sangre dejó de hervir, la mente dejó de temblar, y la rabia se convirtió en un cristal frío, claro, manejable.

La lucidez volvió a sus ojos. Respiró profundo.

Y enseguida volvió a su modo ejecutivo, porque sí, las decisiones importantes no se tomaban con la sangre hirviendo, o eso había aprendido en sus años en SS Enterprise.

Debía hacerlo, a pesar de que Soledad había usado a su madre, la única parte de su vida que le correspondía proteger del mundo.

Entró a la oficina sin mirar a Soledad.

Pero apenas cruzó el umbral de su despacho, escuchó un golpecito suave en la puerta.

Un toque discreto.

Calculado.

Apareció con su expresión de porcelana impoluta.

Era la personificación del gaslighting estético: tan frágil, tan «inocente», que, si Cassandra le gritaba la verdad, sería ella quien parecería el monstruo.

Y esa voz dulce en exceso.

No de anime.

Más bien de comercial de yogur light: cuidadosamente modulada para parecer inocente y digerible.

—Cassandra… ¿tienes un minuto?

¿La estaba provocando?

Debía saberlo.

Esa bomba que le lanzó a su madre tarde o temprano llegaría a sus oídos.

¿Cuál era su propósito?

Soledad cruzó el umbral con esa delicadeza impostada que a Cassandra ya le resultaba ofensiva.

Decidió comerse la rabia cruda y tragársela.

Así pensaba una ejecutiva.

Tenía que estudiar el entorno.

Y a su enemiga, que no hacía declaraciones de guerra: solo dejaba un terreno minado, listo para que Cassandra pisara donde no debía.

¿Por qué Soledad había ido a casa de su madre a poner querellas como si estuvieran en preescolar?

Porque no se había limitado a llamar.

No.

Se había vestido con capa y corona, mientras le ponía a Cassandra un gorro puntiagudo de bruja.

Y ese montaje teatral no había sido gratuito.

Soledad ya estaba sentada frente a ella, manos en el regazo, mirada húmeda, ensayada, cargada de preocupación.

Cassandra le hizo un gesto leve.

—Adelante.

Soledad pareció dudar un segundo, como si estuviera a punto de llorar en una producción de Hollywood.

—Tu madre está preocupada por el rumbo que está tomando tu vida.

A la rabia cruda se le sumó otro ingrediente: el orgullo.

Se había atrevido a perturbar la tranquilidad de su madre, una mujer que no debía ser molestada, sin importar lo agria que se hubiera vuelto por su condición.

«¿En verdad estaba tan desesperada? ¿O simplemente nunca le importó traspasar ese sello?», pensó Cassandra.

Desesperación.

Esa era la clave.

Von Richter se lo había dicho muy bien:

Ella era el cochinito en la repisa de esos dos traficantes de sentimientos.

Soledad la miraba detenidamente, esperando algo.

Sí.

Esperaba que estallara.

No lo había logrado con el lloriqueo de los días anteriores.

Y ahora que se había metido con su madre… claro que esperaba verla explotar.

Cassandra sostuvo su mirada con serenidad.

El Orbe de la Calma Glacial seguía activo.

—¿Es cierto que le has dado la clave de tu apartamento a un perfecto desconocido?

«¿Un perfecto desconocido? ¡Ja! ¿Y a ti qué te importa?», quería gritarle.

Pero no lo hizo.

Se rascó detrás de la oreja para no arrancarle la piel con el sacagrapas.

Soledad continuó:

—Éramos amigas. Sé por lo que debes estar pasando. No te refugies en el alcohol… ni en sacarte un clavo con otro clavo con un hombre que acabas de conocer. Eso habla muy mal de ti.

A Cassandra le temblaban las manos.

Por un momento se sintió atrapada en el tiempo.

Recordó una noche en el hospital, cuando Soledad le llevó café y se quedó con ella hasta el amanecer sin pedir nada a cambio.

Ese gesto, ese silencio compartido… ¿cómo se convertía en esto?

¿Cómo se pasa de sostener una mano a torcerla hasta casi arrancarla?

Cuando estuvo en el hospital por su padre o por mantener fuerzas para sacar a su madre de la depresión.

Ella siempre estuvo ahí.

¿Todo eso había sido mentira?

Y ahora, ¿qué estaba haciendo ella?

¿No le estaba metiendo un puñal por la espalda?

Porque sí, Cassandra sentía una deuda con ella por todo lo que había hecho en el pasado.

Pero eso no la justificaba a hacerle daño ahora.

Tenía que poner en orden su corazón de chibi, y no, no había un punto medio.

No la perdonaría.

No la justificaría.

No podía haber redención.

Porque esas palabras que se disfrazaban de consejo —ella lo sabía muy bien— solo eran para manipularla.

El esfuerzo por controlarse se iba por un tubo a medida que esa boca seguía expulsando veneno perfumado.

Y ahí tomó una decisión silenciosa, firme, definitiva:

No iba a reaccionar como Soledad quería.

No iba a darle ese espectáculo.

No esta vez.

En cambio, dijo:

—Necesito el informe de la cuenta de Novey. El cliente quiere avances hoy.

Soledad parpadeó, desconcertada.

En su mirada asomó un filo de frustración.

«¿Qué? ¿Se le están desmoronando sus tácticas de combate?», pensó Cassandra.

En ese instante, su teléfono vibró.

«La estoy esperando abajo.»

Von Richter.

Y aunque no quería admitirlo, su pecho se aflojó un milímetro.

No sabía por qué sus palabras la calmaban.

No quería saberlo.

Cassandra tomó su cartera.

—Envíame el informe al correo —dijo, levantándose.

—¿A dónde vas? —preguntó Soledad.

«¡Qué carajo te importa!», quería responderle, pero lo pensó mejor.

—¿Y el informe de Novey?

—Ya te dije, ¿no? A mi correo.

Cuando estuvo a punto de salir, una idea destelló en su cabeza como una alarma silenciosa.

¿Por qué había convertido a sus hijos en los «nietos» de su madre?

¿Por qué tantas visitas de fin de semana?

¿Por qué tanta cercanía con una mujer más agria que un limón?

Siempre creyó que era agradecimiento por la beca que su madre le había conseguido en San Ignacio.

Pero Soledad no tenía alma.

Ahora lo sabía.

Si ella era un cochinito en la repisa… su madre debía ser el banco central.

Soledad era capaz de manipular emociones.

Y el dinero era la razón.

Escupió la rabia y el orgullo en una sola frase:

—Una cosa más, Soledad —dijo, abriendo la puerta—: si llego a enterarme de que alguna vez le has pedido dinero a mi madre, que ella te haya dado dinero de su pensión… será mejor que tú misma pongas tu carta de renuncia.

Soledad quedó más blanca que una bata recién desinfectada.

Y Cassandra, por primera vez en mucho tiempo, sintió que recuperaba el control.

Y con una sonrisa en los labios, salió.