09 — Manipulación del núcleo familiar
Cassandra tomó aire, dándose cuenta de que, mientras ella creía haber avanzado un casillero en su venganza, ellos le estaban dando una cátedra de estrategia.
Sebastián solo había intentado salvar su orgullo.
Pero… ¿Soledad?
Ella seguía siendo la titiritera suprema.
Recordó todas las veces que Soledad le había contado cómo sus hijos pasaban los fines de semana con su «abuelita Leo».
Y ahora, en nombre de esos nietos putativos, se estaba cobrando el favor.
—Sí, estoy conociendo a alguien —confesó, tratando de recomponerse.
Valeria la estudió con esa mirada que siempre veía más de lo que Cassandra quería mostrar.
—¿Es el mismo hombre con el que pasaste la noche del catering?
La pregunta quedó suspendida entre el vapor del ramen.
Sí, era cierto: ahora ella estaba, supuestamente, en un noviazgo con Von Richter… y el GPS del destino la había dejado en el mismo sitio por una ruta que nadie en su sano juicio habría elegido: casualidad con escala en venganza.
Cassandra sostuvo su mirada.
—Sí.
Valeria se reclinó ligeramente, procesando.
—Entonces, si ha quedado establecido que mis sospechas eran ciertas… ¿verdad?
Cassandra odiaba perder contra una prima que parecía más una hermana.
Pero tampoco podía admitir derrota.
El ramen, de pronto, se volvió fascinante; se concentró en el alga nori para no mirarla.
—Sí —reconoció, sorbiendo algunos fideos.
Valeria bajó la voz.
—¿Y estás viviendo con él?
Cassandra dejó de sorber para mirarla fijamente.
No sería raro que una mujer hecha y derecha viviera con un hombre sin importarle las habladurías.
Pero esa no era Cassandra, y Valeria lo sabía.
—Jamás viviría con un hombre que apenas conozco —intentó sonar indignada, pero lo que salió fue un balbuceo patético.
—Pero si tía Leo dice que hasta tiene la clave de tu apartamento —soltó Valeria.
Cassandra escupió la sopa, casi bañándola.
—¡Vaya! —dijo, calculando el terreno exacto donde pisaba.
En serio, tenía que hacerle la venia a Soledad.
Era, sin duda, la puta ama.
Se habría tragado el orgullo —como la víbora arrastrada que era— para usar la información que Sebastián, ese cucaracho insufrible, le había dado sobre la visita de la noche anterior.
Pero Cassandra no tenía la sangre tan fría ni tan reptiliana.
—¿Soledad le dijo que me había quitado el marido, también? —la rabia de Cassandra parecía un aura oscura que la envolvía.
Valeria respiró profundo antes de soltar el cuento.
—Dijo que hubo una pelea. Que tu ex terminó golpeando a tu «novio chino».
Cassandra cerró los ojos un segundo.
Sebastián, ese maldito charlatán, le había dado a Soledad la versión más maquillada para hacerse vendible… para no ser rechazada por defectuosa.
—No hubo ninguna pelea… ni siquiera llegó cerca para golpearlo.
Valeria observó cada microgesto.
—¿Quieres contarme todo lo que esa víbora le dijo a mi madre? —Cassandra ya estaba cansándose de tanta cháchara de medias verdades.
—Le dijo a la tía Leo que el chino es la causa de que hayas roto con Sebastián.
Cassandra tuvo que sostenerse la barbilla para que no se le cayera la quijada.
El nivel de descaro, manipulación y mentira estaba sobrepasando su capacidad de tolerancia.
—Pero ¿le contaste la verdad? ¿Que los encontré en mi cama hace dos semanas? —La rabia era ahora la administradora del grupo.
Valeria respiró profundo.
—No pude decirle la verdad —confesó—. Lo más probable era que me acusara de «solapar tu desvergüenza». Ya la conoces.
La retahíla de palabrotas que salió de Cassandra era tan grande como un estadio.
Iban desde el oficio de la madre de Soledad hasta el agujero de donde había venido al mundo.
Cuando finalmente terminó, respiró y prosiguió:
—Tuve que mudarme —escupió—. Ese pendejo amenazó con volver cuando quisiera. Lo eché por pasearse en bóxer por la casa, y aun así tuvo el descaro de decir que volvería porque ese seguía siendo su apartamento.
La rabia contagió a Valeria.
—¿Que qué? —dijo sin filtro—. ¿Soledad lo volvió más imbécil?
Ahora la retahíla era de Valeria.
Cuando se calmó, continuó:
—En defensa de la tía Leo, está feliz de que hayas terminado con Sebastián, pero sigue creyendo que Soledad es una santa paloma y más bla, bla, bla como ese.
Valeria dejó escapar el aire.
—No quise bajarla de esa nube de expectativas y sueños que tiene con Soledad, en especial porque enseguida comienza a hablar de sus «queridos nietos».
Cassandra se sintió como Atlas, cargando un mundo que ni siquiera era suyo.
Hasta hacía menos de un mes, ella misma creía cada mentira de esa mujer.
Solo Valeria vio su verdadera esencia desde el principio.
—¿Y el tal…?
—¿Sui…?
Valeria arqueó una ceja.
—Claro. Sui.
¿Qué podía decirle de Sui… si ni siquiera lo conocía bien?
Tampoco podía decirle la verdad: que todo era parte de un plan de venganza que se estaba tornando muy oscuro.
—Me ofreció quedarme en su apartamento hasta que llegara a un acuerdo con Sebastián… o hasta que a ese imbécil no se le ocurra venir sin aviso.
Valeria guardó silencio unos segundos.
—¿Es buena persona?
Buena no era la palabra.
Peligroso tampoco.
Pero definitivamente no era simple.
—Ha sido correcto conmigo.
Valeria asintió lentamente.
Parecía más tranquila, pero Cassandra… no.
Ella quería despedazar y comerse al muerto.
Entendió algo con claridad incómoda:
No estaban «mordidos» por celos.
Estaban perdiendo el control.
Y eso los volvía peligrosos, a tal punto que estaban usando un armamento que podía estallarles en las manos.
Enredando a su madre, que ya tenía bastante con su propia vida como para cargar también con las bombas que Soledad detonaba.
Valeria finalmente tomó los palillos.
—Solo… habla con mi tía antes de que Soledad le arme la parte dos de su película de terror.
Cassandra asintió.
Sabía que tenía razón.
Porque en esa guerra, el silencio jugaba en su contra.
Pero… tener que hablar con su madre… tratar de hacerla entrar en razón…
No.
Eso era un trabajo digno de los dioses.