MANUAL ANTI MOSCAS MUERTAS 08 — Instrumentalización del rumor
43%

08 — Instrumentalización del rumor

Cassandra estaba intrigada.

No por la aparición del «chino», su nuevo novio, en el chisme recién salido del horno, sino porque todo eso había llegado a los oídos de la señora María en un parpadeo.

Sabía que la mujer tenía antenas integrales en cada piso del edificio, sí… pero esa no era la verdadera pregunta.

La verdadera pregunta era:

¿Cómo demonios Sebastián había soltado semejante bomba?

Porque el único que había visto a su «novio chino» era él.

Y las circunstancias en que lo «conoció» no habían sido precisamente gloriosas.

Cassandra dejó el mouse a un lado.

La nueva cuenta podía esperar.

Las antiguas también.

Los banners, las métricas, los medios de difusión… todo podía quedar en pausa.

Si el mundo se caía completo o por partes, daba igual.

El chisme era una mezcla amorfa entre verdad, percepción, suposiciones y caprichos.

Igual que las guerras corporativas, la bolsa de valores o una buena campaña publicitaria.

Y Cassandra conocía el sistema.

Si quería saber algo… tenía que soltar algo.

Recordó las palabras de Von Richter la noche anterior, camino a casa después de la travesía en yate:

«Nadie puede saber quién soy realmente. Si alguien pregunta por mí, dígale que mi nombre es Sui y que provengo de Corea. Cuéntele medias verdades, para que se sienta natural y luego pueda recordarlo.»

Cassandra había sonreído entonces.

Ahora lo entendía mejor:

Von Richter era un excelente aliado… en maneras que ella misma no había descubierto aún.

Se aclaró la garganta.

La señora María esperaba como un cobrador en la puerta.

Ese pancito con queso nunca había sido gratis.

Y Cassandra estaba dispuesta a pagar el precio… con intereses.

Una bomba de chisme calentito dejaría más que satisfecha a la aseadora.

El chisme era un arma, sí.

Una que pretendía destruir su reputación.

Pero también era el instrumento perfecto para su venganza.

—No es chino —soltó Cassandra con naturalidad estudiada—, es coreano.

—¡Oh! —exclamó la señora María, abriendo los ojos—. ¡Como esos artistas del K-pop!

Cassandra soltó una risa genuina.

—Algo así. Pero vamos despacio —añadió, recostándose en la silla y lanzando el anzuelo—. Apenas nos estamos conociendo.

La señora María asintió, pero su sed de primicia seguía intacta.

Cassandra contraatacó:

—¿Y usted cómo supo?

—Lo escuché en la sala de creativos… —confesó.

La sala de creativos.

El ecosistema natural de Sebastián.

Cassandra entrecerró los ojos mentalmente.

¿Cuánta frustración debía cargar ese hombre para vomitar una versión distorsionada de la noche anterior?

Si algo sobraba en esa sala era imaginación… y lenguas largas.

El «pancito premium» era claramente una inversión de riesgo para obtener la exclusiva.

—Es CEO de una empresa importante —añadió Cassandra con ligereza—. Tiene una fortuna considerable.

La señora María procesó el dato, pero entonces soltó la verdadera bomba:

—¿Y cómo está su novio después de la paliza que le dio su exnovio?

El grito de Cassandra fue interno.

¿Paliza?

¿Sebastián golpeando a Von Richter?

¡Ja!

Además de patán y gaslighter, Sebastián era un charlatán de categoría.

Cassandra inhaló y exhaló con fuerza.

«Además, yo dormí con los dos», pensó, escandalosamente lúcida.

«Bueno… no juntos. Uno primero y luego el otro. Y con el segundo solo dormí. Literalmente estuvimos en brazos de Morfeo.»

Recordó por un segundo la estructura atlética de Von Richter.

Sebastián estaba a años luz de ese «cuerpo del pecado».

Si Sebastián era un software lleno de parches y errores, Von Richter era una IA de última generación: capaz de predecir sus movimientos antes de que ella misma los pensara… y de hackear su voluntad con una sola mirada.

—¿Paliza? ¡No, no hubo ninguna paliza! —dijo con sorpresa dramática—. Sebastián fue a sacar sus cosas del apartamento sin avisar y ocurrió lo inevitable.

Cayó un momento.

Si quería que el chisme fluyera, necesitaba que ella sufriera un poco.

Darle tiempo a que cada palabra se pegara en su cerebro como un mal pensamiento.

Cuando la vio lo suficientemente desesperada, continuó:

—Aunque fue mejor así, ¿no cree? Tarde o temprano tendrían que conocerse.

Cassandra estaba disfrutando cada palabra.

—Y… ya se imaginará. Sebastián se molestó y, como me amenazó con regresar cuando quisiera…

Alargó el momento hasta que se volviera veneno que solo más chisme pudiera aplacar.

—Sebastián se puso… intenso. Ya sabe cómo es él. Así que mi novio, Sui, simplemente me llevó a vivir con él por seguridad.

Boom.

«A ver, Sebastián Del Valle… ¿cuánto durará tu media mentira contra mi media verdad?», pensó Cassandra, dándose palmaditas mentales.

El ecosistema quedaría en equilibrio.

La señora María tenía material premium para una semana entera.

Y Sebastián no solo quedaba como el mentiroso despechado que era, sino que se enteraría de que su incursión de anoche solo habría servido para sellar su nueva relación.

¿Y Soledad…?

Ay, Soledad.

Sería la mujer que no logró retener al marido que le arrebató a su mejor amiga.

La señora María la observó un momento largo.

Demasiado largo.

Luego dijo algo de golpe y porrazo:

—Espero que todo le salga bien con este señor Sui… de todo corazón lo deseo.

Cassandra quedó boquiabierta.

No sabía si era bendición… o sentencia.

En ese edificio, las sonrisas eran cuchillos envueltos en terciopelo.

La señora María salió con su carrito.

El aroma a vainilla y detergente quedó flotando en el despacho.

Y con él, la sensación inequívoca de que algo ya estaba en movimiento.

Cassandra tomó el pancito, lo mordió y masticó justo cuando su teléfono comenzó a sonar.

Era Valeria.

Frunció el ceño.

—Hey, prima. ¿Qué hay?

La voz al otro lado no tenía preámbulo.

—Necesito hablar contigo. Ya.

—¿Qué pasó?

—No por teléfono. ¿Puedes salir?

El tono no era dramático.

Era urgente.

Y eso era peor.

—Dame veinte minutos —respondió, sabiendo que no estaría tranquila hasta hablar con Valeria.

Otra bomba, seguramente.

Cassandra y Valeria se encontraron en su restaurante favorito: el pequeño local de ramen artesanal al que iban desde su viaje a Japón.

El lugar donde siempre pedían lo mismo sin mirar la carta.

El vapor del caldo subía entre ambas.

Valeria no tocó los palillos.

—¿Desde cuándo tienes novio? —soltó sin rodeos.

Cassandra pestañeó.

—¿Quién te dijo?

Valeria la miró incrédula.

—¿En serio me preguntas eso? Mi tía Leonor.

—¿Que mi mamá qué? —logró decir—. ¿Cómo carajo se enteró?

La impresión fue tan grande que el filtro abandonó el grupo.

Ya se imaginaba a su madre: orgullosa, resentida y peligrosamente influenciable cuando alguien sabía tocarle la fibra correcta.

—Me llamó esta mañana —continuó Valeria—. Estaba… preocupada.

Eso sí que era mala señal.

—¿Y qué te dijo exactamente?

Valeria apoyó los codos sobre la mesa.

—Que Soledad la llamó llorando.

El estómago de Cassandra se tensó.

Por supuesto.

Ahora que se le había caído la máscara, no dudaba que Soledad estuviera usando su influencia con su madre.

—Le dijo que estabas viviendo con un hombre que apenas conoces. Que te ha estado buscando en el trabajo. Que todo ha sido muy rápido. Que temía que estuvieras actuando por despecho.

Cassandra soltó una risa seca.

—¡Ja! Pero qué considerada se volvió.

Valeria no sonrió.

—Mi tía estaba alterada. Dijo que tú no le habías contado nada de tu ruptura con Sebastián. Que se enteró por «terceras personas».

El ramen comenzó a saberle amargo.

¿Cómo se atrevía Soledad a alterar a su madre así?

Y lo peor: no buscaba dinero.

No buscaba reconciliación.

No buscaba nada sano.

Solo quería joderla.

De una manera o de otra.

Como si no hubiera sido suficiente haberle robado al marido.