07 — Implementación del sistema de alerta temprana
Las pesadillas que habían atormentado a Cassandra la noche anterior la habían dejado con unas ojeras tan negras que tuvo que usar más corrector del habitual.
«Todo, menos llegar a la publicitaria como si hubiera llorado… y peor, si el rumor fuera por causa de mis exes.»
El deportivo negro aparcó frente al hotel para recogerla.
Y el conductor de ese auto era parte de sus pesadillas.
Luego de que se le había drenado el terror líquido por la visita de Sebastián, y su nuevo salvador la había rescatado, cayó en cuenta de algo inquietantemente sospechoso.
Tanto, que se preguntó si había salido de un psicópata para caer en los brazos de otro.
Porque sí, él la había rescatado.
Se había presentado en su casa —sin ser invitado— a enfrentarse con su ex.
Y, además —y convenientemente— terminó llevándola a una habitación de hotel pagada por él mismo… igual que cuando la había llevado engañada a Trinidad.
¿Por qué todo parecía cuadrar demasiado bien con los deseos de su «nuevo protector»?
—¿Cómo supo la clave de la cerradura de mi apartamento? —preguntó, luego de meditarlo muy bien—. Sé que tiene muchos recursos, pero no es normal que el CEO de la empresa sepa algo tan íntimo de una empleada.
La sensación de estar desnuda la invadió.
—Por un post-it —respondió Von Richter—. Debería preocuparse por las cosas que su ex ha colgado en su monitor.
La respuesta había salido demasiado rápido para su gusto.
Lo miró con una ceja levantada, lo cual hizo reír a Von Richter.
—No soy un acosador, Cassandra —dijo, doblando hacia la calle de la publicitaria.
En el poco tiempo que faltaba para llegar, le explicó la vez que Sebastián había enviado su computadora a soporte técnico y cómo el encargado le había dicho que colocar ese post-it en su pantalla era como dejarle la llave a un ladrón para que entrara a su casa.
—Irónicamente, resultó que la clave de su apartamento es la misma que la de la computadora de la oficina —añadió, con una calma que erizaba la piel—. Si Sebastián tuviera un gramo de memoria, así como de arrogancia, yo no habría podido entrar. Fue cosa de suerte.
«Demasiadas casualidades en esa respuesta.» El nudo en su garganta no se deshizo.
La respuesta era coherente —ella conocía perfectamente bien esa memoria de pollito de Sebastián— pero, aun así…
—¿Cómo supo que debía ir a socorrerme? —La pregunta salió como un resorte.
Von Richter sonrió levemente.
Una sonrisa que parecía poseer un secreto.
—Supongamos que quería asegurarme de que no pasara la noche sola bebiendo —confesó—. Sé que lo ha hecho últimamente.
Eso no era novedad. Hasta la señora María se había dado cuenta.
El silencio que siguió hizo palpitar el corazón de Cassandra.
Recordó que la noche anterior, luego del paseo en yate, habría sido memorable… de no ser por el patán de su ex.
—En fin. Cuando regresé, vi que el auto de Sebastián estaba en el edificio, así que supuse que nada bueno traería esa visita.
Como fan del manhwa, Cassandra se imaginó la escena completa:
Von Richter comprando el vino y las copas, luego notando el auto de Sebastián, y mientras subía por el elevador, consultaba su celular, accediendo a los servidores de la empresa para buscar ese viejo reporte de soporte técnico.
¿Habría buscado la clave en el elevador o cuando vio el tipo de cerradura?
Ese pensamiento no quitó el nudo en su garganta… ni la culpabilidad por pensar que Daniel Von Richter, un hombre que podría tener a la mujer que quisiera, fuera un acosador.
Y, sin embargo, ahí seguían las cochinas dudas.
Fue cuando se formuló una alternativa que estaba en la escala de grises, en donde él no era ni el salvador ni el villano.
«Sea fuerte, señorita LeBlanc.»
Quizás él sabía que provocar tanto a su ex podría terminar en ese espectáculo propio de un reality reciclado.
Y ahí sí tendría sentido que Von Richter tuviera —como medida preventiva— esa clave encontrada en un post-it de la computadora de su ex.
Por un instante, sintió como si Von Richter hubiera activado en ella una especie de escudo protector.
El aire siguió tenso cuando el deportivo negro se detuvo en el edificio de la publicitaria, igual que el día anterior.
—¿No se le olvida algo, señorita LeBlanc? —indicó Von Richter, señalando su mejilla—. No queremos que nadie piense que hubo problemas en el paraíso, ¿verdad?
Cassandra se sonrojó, impregnada de dudas.
Trató de que el beso fuera breve; sin embargo, Von Richter tenía otros planes.
Mientras deslizaba sus labios por los de ella, su mano le dio una ligera caricia en la mejilla… cortándole el aliento.
Sí, tenía dudas.
Eso no impidió que una corriente eléctrica recorriera su columna y esas partes de su fisonomía que vibraron sin un atisbo de memoria… o de remordimiento.
Ese beso no fue para nada breve.
Y cuando se separaron, Cassandra sentía que le había robado el aliento.
—Nos vemos más tarde, señorita LeBlanc —le dijo, al tiempo que le abría la puerta.
Más que una despedida, parecía un desafío.
En la entrada, no solo estaba Jaime.
Alice García y Melissa De León también estaban en el vestíbulo, como dos cotorras en alambre eléctrico.
¿Estaban esperando a alguien?
¿Un nuevo empleado, quizás?
—Tu nuevo novio parece rico —dijo Melissa, subiendo con ella por el ascensor—. Una lástima que solo sea eso, la verdad.
Cassandra quiso preguntarle de qué demonios hablaba, pero las puertas del elevador se abrieron y ella salió demasiado rápido.
—Es una pena que ese nuevo marido fuera todo un enclenque —escuchó mientras caminaba por los cubículos.
—Debió haber buscado un ruso o un alemán —dijo alguien más.
—Bueno, uno de esos pondría en su lugar al bocaflojas ese —agregó otro.
Cassandra dudaba que el rumor se refiriera a ella… pero Melissa no habría bajado al vestíbulo sin una razón.
Y ese comentario tenía suficiente veneno como para matar a un elefante.
Si estuviera en cualquier otra publicitaria, sería tildada de paranoica.
Pero estaba en SS Enterprise, donde se desayuna, almuerza, cena y se respira —por no decir que se vive— para el chisme.
Con su radar de sospechas aún encendido, entró a su despacho, donde Soledad estaba en el teléfono, lloriqueando.
—¡Estoy recurriendo a ti, mamá, porque eres la única persona que me queda! ¡Todo el mundo me ha abandonado!
Miró de reojo a Cassandra, pero ella no reaccionó.
En otra ocasión, estaría a su lado apoyándola.
Conocía bien la historia de la madre de su antigua amiga: cómo había huido a la capital luego de la situación con su jefe, cómo luchó embarazada, cómo Ignacio, el padrastro, despreciaba a Soledad y había inculcado ese desprecio a sus medios hermanos.
«Pobreza extrema» era la palabra que definía la situación de su seudofamilia.
¿Cómo le pedía ayuda a una persona que necesitaba?
«Cálmate, Cassandra.»
Era eso: algo ilógico.
Bufó, dándose cuenta de la trampa.
Ahora debía dudar de todo lo que salía de esa mujer cargada de resentimiento destilado.
Por lo que Von Richter le confesó —y hasta Sebastián insinuó— las historias sobre Rubén eran una gran mentira.
¿Qué más se atrevería a hacer una mujer que podía «enfermar» a sus hijos cada mes para conseguir dinero?
Su afán por manipularla se estaba volviendo más predecible que los reels del algoritmo.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
En ese momento entró la señora María con su carrito de limpieza.
El café estaba perfecto: negro, con dos cucharadas de azúcar moreno… y un pancito con queso fresco de la panadería de enfrente.
«Un pancito sospechoso.»
Porque en SS Enterprise, el carbohidrato era la divisa oficial para comprar secretos, y la señora María era la gobernadora del Banco Central.
La señora María fingió limpiar cerca del escritorio.
Demasiado tiempo.
Finalmente, soltó el anzuelo:
—¿Es verdad que sale con un chino? —preguntó sin anestesia.
El chisme acababa de unirse al grupo… y era uno de los administradores.
Pero había algo peor:
Alguien había soltado la lengua.
Y si había algo que Cassandra sabía, era que en esa oficina nada se filtraba sin intención.
Esto apenas había comenzado.