06 —Advertencia al intruso persistente
Sebastián levantó la mano en un gesto torpe, impulsivo e infantil.
Von Richter apenas inclinó el torso hacia un lado y Sebastián golpeó el aire.
Su propio impulso lo traicionó y trastabilló hacia adelante, salvándose de besar el suelo gracias a la pared.
—Vaya —comentó Von Richter con serenidad quirúrgica—. Pensé que estaba afectado por el licor, pero parece que mis reflejos funcionan muy bien.
El silencio duró medio segundo.
—¡Maldito chino! —escupió Sebastián.
Von Richter levantó la comisura de sus labios en una sonrisa diabólica, propia de Lestat de Lioncourt o Damon Salvatore.
Cassandra sintió cómo algo se le encendía detrás de los ojos: miedo, rabia… y algo más oscuro que no quería analizar.
Pero Sebastián no estaba mirando a nadie más que a Von Richter.
Volvió a lanzarse.
Esta vez con más rabia que coordinación.
Von Richter giró apenas el hombro.
Sebastián volvió a fallar.
—Esta es la segunda vez que me atacas y no respondo —dijo con voz baja, firme—. No habrá una tercera.
Sebastián soltó una risa nerviosa.
—¡No te tengo miedo, pequeño monje Shaolin!
Se pasó la mano por la cara.
Y cargó por tercera vez.
Von Richter ya no esquivó del todo.
Su cuerpo se tensó.
Su puño estaba a medio camino cuando Cassandra gritó:
—¡BASTA!
El grito cortó el aire.
Sebastián se detuvo, jadeando.
—¡Yo soy tu marido! —bramó—. ¡No este maldito chino!
Cassandra dio un paso al frente.
—¡Ni él es chino… ni tú, mi marido!
Las palabras golpearon más fuerte que cualquier golpe físico.
Sebastián parpadeó.
Algo en su expresión se quebró.
No lo había esperado.
No de ella.
Retrocedió un paso.
Luego otro.
—Ahora vete —dijo Cassandra, con una firmeza que no sabía que tenía—. Lárgate. Haz tus berrinches en tu nueva casa, con tu nueva mujer.
Las palabras le salieron del alma.
Sebastián lo notó de inmediato.
Golpeaban tan fuerte y tan devastadoramente que parecían ácido.
Y, al fin, lo comprendió.
No tenía nada que hacer ahí.
Y eso lo llenaba de rabia, de impotencia.
Cassandra lo vio dirigirse hacia el elevador.
Y justo cuando las puertas se abrían, le lanzó la maleta.
El impacto fue seco.
—Toma. Para que no tengas ninguna excusa de volver.
Sebastián sostuvo la maleta sin mirarla, su pie deteniendo la puerta del ascensor, tratando de tenerla de frente un segundo más.
Porque él no había terminado.
—Te equivocas —dijo, mirándola por encima del hombro—.Mientras mi nombre siga en la hipoteca… regresaré todas las veces que me dé la gana.
La puerta del elevador se cerró.
Y con ella, el último hilo de valentía de Cassandra.
El palo de la escoba cayó al suelo.
Luego el recogedor.
Su respiración se volvió irregular.
—Lo encontré en mi cama… —murmuró—. Escondido. Como si nada. Y empezó a decir estupideces… cosas sobre Soledad… sobre trampas…
La voz le tembló.
—Va a volver. Cualquier día. En cualquier arranque de locura como este. Y no sé si la próxima vez…
Las piernas dejaron de sostenerla.
Pero no cayó.
Von Richter la sostuvo.
Con firmeza.
Con cuidado.
Cassandra enterró el rostro en su pecho.
Y lloró… cómo lloró.
Amarga y profundamente.
Con el peso de ocho años de una relación que ahora se tornaba en pesadilla.
—Nunca imaginé que actuaría así… —susurró—. Fue él quien me engañó. Él metió a otra mujer en mi casa… ¿y ahora qué? ¿Viene a reclamar qué? ¿Qué cree que soy? ¿Algo que puede usar y tirar cuando le dé la gana?
Von Richter no respondió de inmediato.
Solo la sostuvo.
Esperó.
Cuando el llanto cedió, habló.
—Tiene dos opciones.
Cassandra levantó la cabeza.
—Puede quedarse aquí esta noche… o puedo pagarle una habitación en un hotel hasta que resolvamos lo de su seguridad.
La palabra seguridad quedó suspendida.
—Usted lo ha dicho —continuó él—. Él piensa que usted es de su propiedad.
Era cierto.
Cassandra lo sabía.
Él volvería.
Y la siguiente vez no vendría con planes románticos, sino posesivos.
—Decida qué hacer. En este apartamento solo hay una cama —añadió, con una sonrisa apenas contenida en las comisuras de su boca—. Y no tengo intención de dormir en el sofá.
El comentario hizo reír a Cassandra, a pesar de las lágrimas.
Este hombre parecía conocerla.
Y lo agradecía.
Su rostro se ensombreció un instante.
Recordó la historia contada en el yate: la mujer, el hijo, el abandono.
Temía preguntar, pero sabía que esa herida era parte de la amabilidad de Daniel.
Y, aun así, sentía que había algo más.
Von Richter suspiró.
Tomó su rostro entre las manos.
Su mirada fue directa.
Firme.
Cálida.
—Deme unos minutos —dijo Cassandra—. Haré una maleta.
Von Richter guardó silencio durante todo el trayecto hasta el hotel.
Desde afuera, el lugar era de una elegancia excesiva: luces tenues, mármol impecable y ese aroma fresco y distante que solo tiene el dinero.
Cuando el auto se detuvo, Cassandra alargó la mano hacia la manigueta, pero Von Richter la interceptó, envolviendo sus dedos con los suyos en un gesto firme.
—Ninguna mujer debería pasar por lo que usted está pasando —dijo él, rompiendo por fin la quietud.
Cassandra lo miró, anonadada.
Él aspiró profundamente, mientras una sombra de sonrisa se perdía en las comisuras de sus labios.
—Y nadie debería hacerla sentir tan insegura —añadió.
No había en sus palabras ese rastro amargo de lástima que la haría sentir pequeña; era algo distinto, una compasión horizontal que la reconocía.
Su mirada infundía calor, hogar… o eso sentía Cassandra.
Y miedo.
Mucho miedo.
Miedo a que todo lo que este hombre infundía fuera mentira.Y eso dolía más.
Sin embargo, le agradecía porque, en medio de todo aquello, había alguien que estaba dispuesto a salvarla.
Sebastián había tomado su auto y se había dirigido a «Aquí me Quedo», el bar al que solían ir sus compañeros de SS Enterprise después de su jornada laboral.
Ahí de seguro estaría Castañeda, de quien contaba la señora María que se había separado de su esposa.
No se trataba de que su último hijo no tuviera su mismo color de piel… ¿qué más daba?
Con un bisabuelo chino, un tatarabuelo holandés y una abuela más negra que el carbón, sus hijos podían tener cualquier color.
Ese no era el problema, según contaba la encargada del café y las novedades.
Sino que aquel último hijo se parecía mucho al vecino.
Incluso hasta hablaba y tenía los mismos gestos.
Y, claro, la prueba de ADN terminó por confirmar la verdad.
—¡Hey, mi amigo! —dijo Sebastián, en cuanto lo divisó en una de las mesas.
Ahí se quedó durante un buen rato.
El suficiente para que Castañeda lo recordara y pudiera corroborárselo a Soledad, si es que esta quisiera averiguar por qué estaba llegando tan tarde a casa.
Ella ya se lo había advertido y era cierto: ella no era Cassandra.
Se lo había demostrado cuando puso en su lugar a Alice, quien se había acercado a él para «recordar viejos tiempos».
—Pero miren qué casualidad —dijo una voz detrás de él, justo cuando estaba a punto de subirse a su auto.
La persona con la cual quería conversar.
Cuando Sebastián giró, un escalofrío le recorrió la piel.
¿Cómo rayos se había aparecido el chino en aquel lugar?
—¿Qué quieres? ¿Acaso que te termine de dar una paliza? —le espetó, envalentonado por el alcohol.
Justo en ese momento, sintió que el estómago le ardía y sus pulmones se quedaban sin aire.
El golpe fue seco.
Sebastián no podía ni gritar de la rabia.
Sus ojos estaban cargados de horror y sorpresa.
Fue cuando su contrincante se acercó a su oído y le dijo:
—Si le vuelves a dar una sorpresita como la de hoy a Cassandra, me encargaré de que tu próxima visita al hospital sea por una semana.
Las palabras le helaron la sangre.
Von Richter se apartó de él, dejándolo caer sobre el pavimento en busca de aire, mientras él se retiraba hacia su auto, perdiéndose en medio de la noche.
«¡Ja!», se dijo Sebastián, mientras se levantaba del suelo.
Porque ese maldito chino no sabía con quién se había metido.