05 — Ejecución del protocolo de expulsión (con ejemplo de caso)
—¡¿Qué demonios?! —gritó Cassandra, descargando el palo de escoba sobre el bulto sospechoso.
El recogedor golpeó algo sólido y un grito de dolor masculino llenó la habitación.
Sebastián emergió de entre las sábanas, despeinado y con la audacia de un criminal que regresa a la escena del delito.
Estaba allí, en su cama, como si todavía fuera el dueño del aire que ella respiraba.
—¡Cassandra, detente! —bramó él, cubriéndose la cara.
El asco superó al miedo.
Cassandra bajó la escoba, pero su mirada era más letal que cualquier madera.
Daniel tenía razón: Sebastián no solo era un parásito emocional, era un invasor que se negaba a morir.
El mundo no se detuvo.
Pero Cassandra sí.
Literalmente.
El palo de la escoba quedó suspendido en el aire.
El recogedor tembló en su mano.
—… ¿Sebastián?
Él se frotaba el hombro con gesto dolorido.
—Pero ¡¿qué demonios te pasa?! —chilló.
Cassandra quedó en shock postraumático.
No. No era una alucinación producto del estrés.
Allí estaba, con franela gris y bóxers negros, preparado para… ¿dormir?
«¿Quiere hacer cositas… conmigo?»
La idea la asqueó.
La presencia de su ex la sorprendía y no la sorprendía a la vez.
¡Clásico de un protagonista de segunda categoría tratando de reclamar un arco que ya no le pertenece!
Porque sabía lo que estaba haciendo ahí:
Marcando territorio.
Meando el apartamento.
La bilis le subió hasta la garganta.
—Voy a hacer la pregunta obvia —dijo, helada—. ¿Qué demonios haces en mi cama?
Sebastián resopló como si la pregunta fuera ofensiva.
—Es mi cama, también —respondió el cara de concreto armado—. Recuerdo cuando la compramos.
Y, como si no notara que Cassandra estaba a punto de golpearlo nuevamente con el palo de la escoba, el temerario continuó:
—¿Es que acaso no me habías dicho que recogiera todas mis cosas?
Cassandra lo miró de arriba abajo… conteniéndose para no retorcerle el pescuezo.
—No veo tus maletas.
Sebastián hizo un gesto vago.
—Estoy en eso.
—¿En eso de qué? —repitió ella—. ¡Te lo llevarás todo en sacos de basura!… ¿En serio? ¿No pudiste llevarte todo eso antes de que regresara?
Sebastián avanzó hacia ella.
Natural.Seguro.Peligrosamente confiado, respaldado por años de relación.
El palo de la escoba subió de inmediato.
El recogedor se alzó como escudo medieval improvisado.
—Ni se te ocurra —advirtió Cassandra.
Sebastián soltó una risa seca.
—Por favor… si quisiera, ya te habría desarmado.
La sonrisa de Cassandra fue afilada.
Quizás él era más alto y musculoso que ella.
Pero ella tenía un arma más poderosa que eso:
La vergüenza envenenada con rencor.
—Tú intentando desarmarme… —levantó el palo— … y yo poniéndote la escoba de gorro.
No era un chiste.
Para ninguno.
Mucho menos cuando Cassandra volvió a alzar el palo, con la valentía confiada de un leñador que finalmente ha encontrado el tronco que merece ser partido a la mitad.
Sebastián reaccionó rápido.
Sujetó el palo antes del impacto.
—¡¿Te volviste loca?!
Por alguna razón que no lograba entender, el miedo se apoderó de los huesos de Sebastián.
Al menos por un segundo.
Pero algo en su rostro había cambiado.
Una tensión incómoda.
Una rigidez.
Entonces miró detrás de ella, como si buscara a algún fantasma.
Por un breve segundo, ella se desconcertó, pero enseguida lo entendió.
Él no esperaba verla sola, sino con su nuevo «amante».
La revelación fue deliciosa.
Cruelmente deliciosa.
Sebastián soltó el palo con brusquedad.
—Mira, Cassandra…
Ella lo interrumpió.
—Tienes dos opciones.
Su voz ya no temblaba, no como hubiera ocurrido en el pasado.
—O te vas…
Sebastián se rió, interrumpiéndola.
Estaba cargado con una arrogancia renovada.
—¿Qué? ¿Vas a llamar a la policía? ¿Les dirás que me saquen de mi propia casa?
Cassandra resopló.
Una carcajada muda.
—No.
Sacó el teléfono.
—Haré algo peor.
Sebastián frunció el ceño.
—Le diré a Soledad que venga a recoger su basura…
Lo miró con una lentitud quirúrgica.
—… podría agregar más cosas. Podría insinuar que sí pasó exactamente lo que tú querías que pasara.
La mirada de Sebastián se endureció.
Cassandra vio en su mente cómo la quijada se le caía al piso.
Así que levantó el teléfono.
Click.
El sonido de la cámara fue obscenamente satisfactorio.
Sebastián se congeló.
—¿Qué demonios…?
—Última advertencia —dijo Cassandra—. O te vas…
Mostró la pantalla.
—… o esta foto vuela directo a Soledad.
Sebastián levantó las manos.
—Está bien. Está bien.
Pero Cassandra ya no confiaba en nada… ni en nadie.
El palo de la escoba permaneció firme.
Mientras tanto, había aprovechado para activar el grabador de voz, rogando porque la batería le durara lo suficiente.
Mentalmente, le daba gracias eternas a los genios que crearon todas esas aplicaciones integradas en un solo dispositivo.
Sebastián abrió el armario y tomó la maleta de Cassandra de mala gana.
Ella recordó cuando la compró, en el viaje que ambos hicieron a Medellín.
No importaba si la perdía con tal de que Sebastián se fuera finalmente.
Así mataría dos pájaros de un solo tiro:
La presencia de Sebastián… y los recuerdos que traía la maldita maleta.
Sebastián parecía herido, indignado.
Como si su influencia en Cassandra estuviera siendo injustamente vulnerada.
Entonces recordó su arma favorita.
La que siempre funcionaba con su mujer: la verborrea.
—Las cosas con Soledad… —empezó.
Cassandra ya sabía que venía con ese tonito.
El estómago comenzó a revolvérsele, de nuevo.
—… no han resultado para nada.
Ella no respondió, pero su mente se llenó de rabia:
¿Pretendía convertirla en su paño de lágrimas?
Bufó, recordando la conversación con Soledad hacía un rato, quien esperaba consejos de cómo manipular a su ex.
«No hay honor entre ladrones.»
Recordó el grabador.
Lo que venía seguro era material bélico de lujo.
—Extraño lo nuestro, Cassandra.
Un calcetín voló dentro de la maleta.
—Cometí un error.
Más cosas fueron tiradas a la maleta con poco convencimiento.
—Caí en las garras de esa víbora.
Cassandra arqueó una ceja.
¿Una víbora reconociendo a otra?
—Todo fue una trampa… yo no quise que nada pasara, pero ella… ella me sedujo.
«Vaya, el guion del villano se está quedando sin presupuesto.»
La frustración de Sebastián no se hizo esperar.
Ah.
Ahora venía lo bueno.
—Siempre te tuvo envidia.
Cassandra cruzó los brazos, preguntándose si era capaz de caer tan bajo.
Y por un momento se preguntó cuántas veces él le había hablado mal a Soledad de ella, haciéndose la víctima, mientras la hacía ver como una mujer cruel.
¡Cucaracho!
Sebastián prosiguió con su carita de yo no fui.
—Ella te envidia desde que te conoció en secundaria.Me contó de Rubén. Sé que estuvieron en el colegio los tres… y él estaba obsesionado contigo.
A Cassandra se le reinició el sistema.
Esto tenía que ser broma.
—Ella se enamoró de él solo por eso.
Cassandra respiró profundo para no mandarlo al quinto infierno con todo y caldero.
De hecho, quería tener un caldero en las manos, en lugar de una simple escoba.
—Hasta se dejó embarazar, solamente para atrapar a Rubén.
Y, como si no fuera suficiente que se le reiniciara el sistema dos veces en menos de media hora, la sensación la abrumó por tercera vez.
Pero no era por ella, sino por él… ¿se le había frito el procesador?
¿O de verdad era tan delulu como para creer que hablar mal de su amante lo haría recuperar puntos con ella?
Era como ver a un personaje de relleno intentando improvisar un monólogo profundo mientras estaban pasando los créditos.
Fuera así o no, estaba feliz de que el grabador estuviera encendido… y el teléfono, con carga.
—Qué conveniente narrativa —murmuró Cassandra.
Sebastián no captó el sarcasmo.
—Más te vale llevarte todos tus chécheres hoy mismo.
Sebastián se quedó ahí, parado, ignorándola.
Error.
—… o los encontrarás en el contenedor de basura.
Nada.
Entonces Cassandra sonrió.
Lentamente.
—Incluyendo esa consola de juegos que te regalé la Navidad pasada.
Sebastián se detuvo.
Como si le hubieran disparado.
Giró la cabeza.
—No te atreverías.
—Ponme a prueba.
Sebastián echaba chispas por los ojos y, tres segundos después, llenaba la maleta como si le tuviera odio.
Y, por supuesto, tomaba la consola, como Gollum se apoderaba de «su precioso».
Justo cuando estaba a punto de salir…
Se escuchó el sonido de la cerradura cuando introducían la clave para abrirla.
Ambos se congelaron.
La puerta se abrió.
Y allí…
A contraluz.
Una figura impecable, esbelta, bien tonificada.
Recostado en el marco de la puerta, con una botella de vino en una mano y dos copas en la otra.
Daniel Von Richter.
Sebastián quedó rojo.
Rojo de furia y humillación, como si estuviera a punto de entrar en combustión espontánea.
Cassandra sintió que la sangre abandonaba su cuerpo.
Una parte de ella quería esconderse.
Otra parte quería sonreír.
Y otra… quería ver qué hacía Daniel.
Von Richter, por su parte, no se inmutó ante la ropa de dormir de Sebastián ni ante el armamento de limpieza de Cassandra.
Escaneó la escena con la misma calma con la que se revisa un informe trimestral aburrido.
—Veo que llegué justo a tiempo… para la disposición final de los residuos sólidos —dijo, mirando la maleta de Sebastián antes de fijar sus ojos en ella—. ¿Interrumpo algo, señorita LeBlanc, o ya terminó de sacar la basura?
—¡¿QUÉ DEMONIOS HACES AQUÍ?!
La botella de vino casi muere en el impacto.
Porque Sebastián ya avanzaba.
Directo.
Listo para agarrarlo por el cuello.