MANUAL ANTI MOSCAS MUERTAS 04 — Implementación del protocolo de revelación
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04 — Implementación del protocolo de revelación

En cuanto Soledad salió, el aire se volvió insuficiente.

Cassandra se hundió en su silla bajo la mirada acusadora de sus chibis. Esas figuras cabezonas parecían recordarle a Albita jugando en la alfombra.

El remordimiento la golpeó como un mazo: «Los hijos de Soledad morirán de hambre por tu culpa.»

La culpa la acompañó hasta el almuerzo, donde el deportivo negro de Von Richter la esperaba en la entrada del edificio como una declaración de guerra.

Cassandra entró al auto huyendo de la mirada de Jaime, el «paparazzi» de la recepción, y se dejó llevar por la velocidad de Daniel.

El restaurante era de una elegancia silenciosa, de esas donde el menú no tiene precios porque, si tienes que preguntar, no puedes pagarlo.

Tras unos minutos de ver cómo movía la lechuga de un lado a otro, Daniel rompió el silencio.

—Está inusualmente callada.

—¿Cree que fui cruel con Soledad? —soltó ella, confesándole el drama del refrigerador vacío.

Daniel no respondió de inmediato.

Se inclinó hacia adelante, reduciendo el espacio entre ambos hasta que Cassandra pudo oler el aroma a sándalo y poder que emanaba de él. Sus ojos miel se oscurecieron.

—Usted no es cruel, LeBlanc. Es un objetivo fácil para parásitos profesionales —dijo, y su voz bajó una octava, volviéndose una caricia áspera—. Si supiera lo que yo sé, no desperdiciaría ni una lágrima por esa mujer.

—¿A qué se refiere?

Daniel dejó caer la información como una ficha de dominó:

—Conozco bien a Rubén. Es un hombre de honor, un viejo amigo. Él deposita la manutención puntualmente. Cada mes. Cubre hasta el último gasto médico de esos niños que usted tanto protege en su mente.

El mundo de Cassandra se tambaleó.

¿Daniel y Rubén? ¿Amigos?

La red de este hombre era mucho más vasta de lo que imaginaba.

Pero el impacto de la mentira de Soledad fue mayor; recordó cada «préstamo» que le hizo para medicinas inexistentes.

—¿Por qué Soledad haría una cosa como esa? —preguntó, no como reproche, sino porque aquello no tenía sentido—. Vive en el mismo apartamento diminuto y rentado. No tiene auto. Ni siquiera tiene una televisión nueva.

Daniel la miró y sonrió levemente.

—Dígame, ¿alguna vez la ha visto mal arreglada? ¿Qué ropa usa?

Y sí, era cierto.

Soledad no era rubia natural y habían pasado muchos años desde la última vez que le había visto las raíces de su cabello negro.

Ni decir de sus uñas postizas con diseños de moda.

—Esa miserable… —susurró Cassandra, sintiendo que la sangre le hervía.

—Exacto —Daniel estiró la mano. Esta vez no se detuvo.

Sus dedos largos y bien cuidados atraparon la barbilla de Cassandra, obligándola a sostenerle la mirada—.

Para ellos, usted es solo un cochinito en una repisa.

Sebastián no la necesita por amor; la necesita porque usted paga su estilo de vida. Igual que Soledad.

Cassandra sintió un escalofrío que no era de miedo, sino de una tensión peligrosa.

El toque de Daniel era posesivo, casi reclamando el derecho a ser él quien la despertara.

Una parte de ella quería apartarse… pero otra parte quería quedarse exactamente ahí.

—Tengo algo que perder, señor Von Richter —confesó ella, con la voz quebrada por la cercanía de sus labios—. Sebastián amenazó con quitarme el apartamento. Está a nombre de los dos.

Daniel soltó su barbilla, pero solo para deslizar su mano hacia la nuca de ella, un gesto que le erizó la piel.

—Eso fue una irresponsabilidad romántica —sentenció él, pero su tono no era de reproche, sino de quien observa una joya mal cuidada—. Sin embargo…

Se acercó más, hasta que su aliento rozó la oreja de Cassandra.

—Es preferible que pierda un montón de ladrillos a que siga perdiendo su alma con ese mediocre. Quédese conmigo en este juego y le prometo algo: cuando terminemos con ellos, tendrá un imperio donde ese apartamento no será más que un mal recuerdo.

Cassandra cerró los ojos, embriagada por la promesa y el peligro.

Por un instante, se sintió como la heroína de sus historias más oscuras: la que se enamora del villano porque es el único capaz de quemar el mundo para salvarla.

Y lo peor era que una parte de ella quería creerle.

—¿Es una promesa o una amenaza? —susurró ella.

Daniel se apartó apenas un milímetro, con una sonrisa que no llegó a sus ojos, pero que iluminó su rostro de elfo oscuro.

—En mi mundo, LeBlanc… ambas cosas son lo mismo.

La tarde transcurrió como una guerra silenciosa.

Cassandra presidió la reunión con el cliente, tan profesional e impecable como se esperaría de una directora como ella.

Sin embargo, esta vez le costaba más que el doble, porque ahí estaban esos dos que, según Von Richter, la veían como el cochinito de la repisa.

En cambio, las miradas que le lanzaban Sebastián y Soledad ardían con furia contenida… como si ellos fueran los ofendidos.

«Les tocas un pelito y reaccionan como si Jack el Destripador hubiera vuelto de la tumba.»

Se quedó pensando: ¿qué les había tocado, realmente?Si lo único que había hecho era… ¿besar a otro hombre?, ¿Rechazar un chantaje sentimental?

Estaba soltera, gracias a ellos.

Entonces, las palabras de su nuevo gurú resonaron con claridad: «Eso fue una irresponsabilidad de su parte.»

¿Cómo saber quién te hará daño, si confiar en alguien parece una ruleta rusa?

Era una profesional, graduada, con dos maestrías en su currículum.

Pero eso no le quitaba el título de «grandísima pendeja», ahora lo sabía.

¿Por qué nunca había sabido quiénes eran realmente esos dos?

Años de amor, amistad y compañerismo… y al final, no conocía a ninguno.

Ni siquiera a sí misma.

Y, como si necesitara una cereza para adornar su pastel de dilemas, luego de la reunión, alguien tocó la puerta.

—¿Puedo pasar? —dijo el pendejo número uno de su corazón.

«¿Qué quieres? ¿Una invitación?», quiso espetarle, pero solo le hizo una seña con la mano para que entrara a su despacho.

Ella levantó una ceja en advertencia, una que debía decirle: «Como me vengas con una pendejada, te vas a ir con la cola entre las patas.»

Pero Sebastián tenía el Wi-Fi apagado.

Se sentó como un vaquero de película vieja en medio de una oficina de alta tecnología, ignorando que ya no tenía señal.

Su sonrisa, esa que la derritió por tantos años, ahora parecía una mueca aberrante.

—Me disculpo por la manera en que te traté esta mañana —dijo, algo diametralmente opuesto a su postura—. Espero que me comprendas. Yo no sé cómo explicarlo, pero… aún te amo.

«¿Esa es una escena de macho latino del milenio pasado?», pensó con hastío.

Dejó de mirar la pantalla de su computadora por un momento.

Tenía que ver por sí misma esa cara de concreto en acción y compararla con todas las veces que la usó con ella sin darse cuenta.

La verdad era más dura que la cara de Sebastián.

Porque no había ninguna diferencia: la había usado con ella casi todo el tiempo.

—¿Crees que podrías olvidarlo? Es decir, ¿que omitas eso y podamos volver como si nada hubiera pasado?

Hizo una pausa, intentó acercarse, pero el aura oscura que rodeaba a Cassandra, como si fuera una advertencia silenciosa, lo detuvo en seco.

—Por todo lo que vivimos juntos.

A Cassandra se le estaba reiniciando el Windows justo en ese instante.

Luego sintió como si su sistema estuviera invadido por un malware.

Ella podía jurar que estaba haciendo todo lo posible por ser una buena profesional, separar sus problemas personales de los laborales.

Pero Sebastián no estaba cooperando.

Justo en ese momento, recibió un mensaje que la hizo sonreír:

«¿Cenamos?»

—Hablaremos de esto luego, tengo un asunto que atender —le dijo a Sebastián, tomando su cartera.

Lo dejó allí, con su cara de concreto y su Wi-Fi apagado, mientras ella escapaba hacia el aire puro.

El yate privado los esperaba en el club náutico como un refugio de cristal y madera fina.

Mientras la embarcación cortaba la bahía, Von Richter rompió el silencio.

—En el almuerzo dije que su situación era su responsabilidad —su voz era más suave, casi humana bajo la luz de la luna—. No pretendía ser cruel, LeBlanc. Pretendía ser preventivo.

Cassandra lo miró, con el viento despeinándole el alma.

—No fue cruel, fue sincero —le dijo con una sonrisa ligera—. De hecho, esas palabras me hicieron verlos como realmente son.

Como si aquellas palabras fueran una confirmación implícita, Von Richter se acercó a ella más de la cuenta y Cassandra sintió un mareo repentino.

Se separó un paso y luego dijo:

—¿Por qué me otorga su confianza, señor Von Richter? ¿Qué busca en mí?

Daniel palideció.

Miró hacia el horizonte, donde el mar se tragaba las luces de la ciudad.

—Hace mucho tiempo, una mujer abandonó su país natal por un hombre que le prometió el cielo y la luna. Lo que encontró fue una jaula de oro y desilusión. Regresó a su país con el corazón destrozado y un hijo en brazos que el mundo no quería reconocer.

Cassandra contuvo el aliento… ¿Él era ese niño?

—Usted es afortunada —continuó él, volviendo sus ojos miel hacia ella, ahora cargados de una posesividad oscura—.

No tiene que ocultar su pena para alimentar a un hijo.

Su único problema es un corazón roto y un montón de ladrillos.

No tiene que fingir felicidad mientras muere por dentro… como lo hizo ella.

En ese momento, Cassandra comprendió:

Daniel no solo la estaba ayudando.

La estaba usando para vengar, de alguna forma, la sombra de aquella mujer.

Y aun así… no podía apartarse.

La velada terminó en un silencio tenso.

—Mañana será un día largo —susurró él, rozándole la mejilla con el dorso de la mano, un gesto que se sintió como un bálsamo—. No deje que los fantasmas la asusten.

—Buenas noches, señor Von Richter —le dijo, y cuando ella quiso darle un beso en la mejilla, él giró la cabeza y sus labios se rozaron levemente.

No fue un beso caballeroso; sus labios presionaron su piel con una urgencia que le hizo temblar las rodillas.

Y ella necesitaba ese beso que, de alguna manera, pegaba cada una de sus partes rotas.

No era amor, ella estaba segura.

Sin embargo, necesitaba eso: seguridad, consuelo.

Toda esa fachada de dureza colapsaría si no fuera por el apoyo de Daniel Von Richter.

—Si esto se convierte en un hábito, no me molestaré en absoluto —respondió con una sonrisa.

Por un momento, Cassandra estuvo tentada de invitarlo a su apartamento.

Luego pensó en su cama que apestaba a engaño y se le pasó.

Se bajó del auto rápido, antes de que cometiera una estupidez, y él aceleró, temiendo arrepentirse.

Cassandra entró a su edificio con el corazón latiendo como un tambor de guerra, sintiéndose Penélope, pero con un Odiseo que preferiría quemar Troya antes que esperar veinte años.

El downgrade fue inmediato.

Al entrar a su apartamento, el olor a traición la golpeó antes que la vista de sus cosas regadas.

El dormitorio, ese territorio contaminado, emitió un ruido.

Armada con un palo de escoba y un recogedor —el equipo de asalto más patético de la historia—, Cassandra avanzó.

Empujó la puerta con el pie.

Las sábanas se movían.

Había alguien en su cama.