MANUAL ANTI MOSCAS MUERTAS 03 — Neutralización del agente emocional
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03 — Neutralización del agente emocional

A diferencia del resto del ecosistema de SS Enterprise, Soledad parecía sumergida en sus propios problemas, pensó Cassandra.

Una escena que había ocurrido una y otra vez desde que Soledad se había separado de Rubén, su primer amor.

Y si no fuera por el olor a cachos que perseguía a Cassandra desde hacía tantos años —uno que Soledad sabía y jamás le había confesado— ahora estaría consolándola.

Hasta transfiriéndole una suma de dinero; después de todo, la mayor parte de las veces ese lloriqueo era por un solo motivo: «Rubén no me ha depositado la pensión de los niños.»

El sentimiento que afloró en su pecho iba más allá del dolor por su deslealtad.

Porque esas lágrimas no salían de su examiga, la traidora.

No.

Salían de la madre de Rubencito, Ricardito y Albita.

Hizo un esfuerzo por colocarse una piedra donde antes tenía el corazón, recordando la voz grave de Von Richter:

«Sea fuerte, señorita LeBlanc.»

La frase le recorrió la columna como un dedo invisible.

Era absurdo que una simple orden —una que ni siquiera había sido dicha con ternura— pudiera sostenerla así.

Pero lo hacía.

Y eso la irritaba… y la fortalecía.

Y, aunque no quería admitirlo, también la estremecía.

No, no tendría piedad esta vez.

Si Soledad insinuaba algo, la respuesta ya estaba lista.

Si tenía problemas de dinero… podía pedírselo al marido que le robó.

¿O por qué lo quería?

¿Por su descomunal herramienta?

No es que Cassandra conociera muchas, pero sabía de lejos que el armamento de su ex era medianamente aceptable… igual que su desempeño.

Entró a su despacho como si estuviera escuchando el zumbido de una mosca, en lugar del gimoteo lastimero de Soledad.

Una vez sentada en su escritorio, encendió la computadora.

Se pasó la mano entre el cuello y la oreja una y otra vez.

No era fácil lo que acababa de hacer, pero no podía dar un paso hacia atrás.

Y, como si estuviera escuchando sus pensamientos, la puerta se abrió.

Soledad apareció con sus ojos húmedos y su vocecita de K-drama mal doblada.

—Te extraño, amiga… —sollozó.

Cassandra no levantó la vista.

El silencio era su nueva arma favorita.

¿Amiga?

¡Ja!

Amigo es el ratón del queso… y se lo come.

—Rubén no me contesta —insistió Soledad, acercándose más—. Le pedí la pensión para la comida de los niños y me ignoró. Cassandra… tú mejor que nadie lo conoces. Has visto lo que ha sido en nuestra relación desde que salimos del colegio. Ayúdame… por los niños. Ellos te quieren como a una tía.

Mientras Soledad hacía todo el acto circense, Cassandra recordó las palabras de la noche anterior:

«Sé con todas las mujeres con las que te has acostado.»

—¿Ya tienes los detalles de la reunión de la tarde? —dijo Cassandra sin levantar la mirada.

—Los… detalles de la reunión… —vaciló Soledad, con su carita de «yo no fui».

—Sí, Soledad, la reunión con los clientes de Piolín —le recordó Cassandra con voz firme—. Avísale a Sebastián, también.

La voz de Soledad se quebró por completo.

—Lo siento, es que… yo… mis hi…

Cassandra sabía lo que diría, así que la interrumpió.

—Y envíele una confirmación al cliente, por favor —añadió, sin desviar la vista de la pantalla.

«Sí que tenía la cara más dura que un tuco de leña», pensó Cassandra.

Y ahora la tenía roja y con el ceño fruncido, como si por un instante se hubiera olvidado del melodrama de madre sufrida en La Rosa de Guadalupe.

Pero si ella estaba roja de la rabia, Cassandra estaba peor, teniendo a dos víboras rastreras metidas en su equipo de trabajo.

Unas a las que no podía despedir sin que el causal fuera, precisamente, problemas personales.

Y entonces, como si quisiera robar atención, Soledad dijo:

—¿Es cierto que Sebastián te fue a buscar hace un momento?

«¿Que qué?», Cassandra estuvo a punto de gritar.

¿Le estaba reclamando por Sebastián y su pequeño espectáculo de hacía un momento?

¿Se le habían cruzado los cables o qué?

¿Y cómo se había enterado?

Fue cuando lo comprendió.

Ese Jaime era tan rápido que Recursos Humanos debería contratarlo como fibra óptica humana.

—Si tienes algo que decir —respondió Cassandra con hielo puro—, este no es el lugar ni el momento.

Se daba palmaditas mentales por verse tan profesional, pero en el fondo lo que realmente quería era que se le saliera lo pueblo y agarrarla por las greñas.

Como Ana María Victoria había hecho con la amante de su amante cuando la sacó de debajo de su escritorio.

Ahora entendía perfectamente por qué aquella mujer había perdido el empleo.

Pero si no quería ser echada como un perro, como Ana María, mientras armaba un espectáculo digno de un video viral de mal gusto, tenía que controlarse.

Y no, ni Von Richter, el CEO de la empresa, podría ayudarla… si no quería delatarse.

Y ella no le haría eso.

Ya estaba haciendo suficiente por ella.

Soledad ignoró por completo la advertencia.

—Sebastián aún no está decidido a quedarse conmigo… y estoy preocupada.

Cassandra la observó sin pestañear.

¿Estaba pidiéndole que no se lo quitara?

¿O, peor aún, que le diera consejos para conservar a su ex?

¡Si lo que ella quería era envolvérselo con un moño justo en ese momento!

Con tal de que se largaran ella y su lloriqueo patético.

—Le pedí dinero para hacer el mercado. No me contestó esta mañana.

¿En serio le estaba contando sus problemas maritales?

¿Con su propio ex?

¿Y qué había pasado con esa tarta de limón que le había comprado la semana pasada? Esa, la de su cafetería favorita.

La prueba de amor puro número ciento setenta y cinco.

«Calma, relájate, piensa en helado, en las olas suaves de un atardecer», se repetía como mantra.

—Mis hijos no tienen ni un litro de leche en la nevera…

Definitivamente, eso la sacó del mantra.

Rubencito, Ricardito, Albita.

Se los imaginó por un momento harapientos, con la piel pegada al hueso y una lata temblorosa entre las manos.

Luego se imaginó a Sebastián al lado de ellos, con una carcajada tan macabra que ni el Guasón podría igualar.

¿Sería capaz de tener la cara tan dura como el concreto?

Cassandra sintió el impacto.

El corazón, por puro hábito, intentó traicionarla.

¿En serio quería ayudarla?

¿Después de haberle clavado un puñal con la sangre fría de Ted Bundy?

No, ya no sería ese saco de boxeo.

O peor: esa piñata emocional que golpeas y golpeas hasta que le sacas la última golosina.

Soledad había olvidado una regla básica: no se muerde la mano que te alimenta, y Cassandra le había dado de comer durante años.

Recordó la sabiduría ancestral de su abuela:

«Quien quiere a la vaca, tiene que lidiar con los terneros.»

Justo en ese instante, el teléfono vibró.

Von Richter: Ahora, ríase. Si le preguntan, diga que la han invitado a almorzar.

Cassandra soltó una risa.

No fue discreta ni elegante; fue una risa fresca, genuina y terriblemente íntima que llenó el despacho como un aire gélido.

Tanto, que congeló a Soledad y a su actuación de Magdalena arrepentida, recordándole que el papel de mártir ya no le quedaba bien.

Y Cassandra… ella estaba disfrutando esa cara que decía:

¿Me estás ignorando mientras te abro mi corazón?

La rabia empezó a agrietar su máscara de porcelana, especialmente cuando Cassandra hizo un gesto casual con la mano.

Un movimiento devastadoramente despectivo.

Como quien espanta una mosca especialmente molesta.

Cassandra, sin mirarla, volvió a su pantalla para teclear:

Cassandra: ¿A dónde me llevará?… Y más importante: ¿cómo sabe que este parásito está en mi oficina?

Von Richter: No sé quién está frente a usted, señorita LeBlanc. Pero estoy seguro de que lo que hicimos hace un momento tendría consecuencias.

La cara de Cassandra se enrojeció, como si en lugar de un beso, aquel hombre la hubiera tomado entre sus brazos y su piel entera estuviera cubierta de un camino de besos desde su sien hasta…

Sí, Cassandra comenzó a sentir un calor repentino.

Se abanicó el cuello con la mano.

El pulso le latía en la garganta.

Y lo peor era que él lo sabía.

Entonces levantó la vista y arqueó una ceja hacia la puerta, viendo a su examiga y sus ojos húmedos.

El mensaje era mudo pero letal:

¿Aún sigues aquí?

Soledad tragó en seco.

Se retiró con la cara roja y destilando rabia, algo que Cassandra, en quince años de conocerla, jamás había visto.

Y en quince años jamás se había ido así, con las manos vacías, sin un solo centavo.

Y mientras la puerta se cerraba, Cassandra sintió algo inesperado:

Respiró profundo.

De no haber sido por aquella búsqueda inútil solicitada por Von Richter, de no haberse quedado hasta tarde el día anterior, jamás se habría enterado de ese secreto que Soledad se había guardado para su propio provecho con Sebastián.

Y si Cassandra siguiera ignorante, hoy estaría entregándole más dinero.

Eso no le quitaba la terrible sensación de que estaba cometiendo un error gravísimo.

Pero cuando pensó en él… en su voz grave, en su certeza, en la forma en que la sostenía sin tocarla…

El error no parecía tan terrible.

Por alguna razón, esa confianza que había sido rota, estaba buscando un nuevo refugio, uno con cara de elfo y sonrisa impactante.