MANUAL ANTI MOSCAS MUERTAS 02 — Implementación del protocolo de ruptura
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02 — Implementación del protocolo de ruptura

Si había algo que Cassandra sabía muy bien, era que el ecosistema en SS Enterprise era una anomalía sociológica.

Quizás en cualquier otra empresa el chisme era un deporte nacional que se practicaba en la máquina de café, con pausas para respirar.

Pero en SS Enterprise, el chisme no corría: hacía metástasis.

Podías entrar al elevador siendo la empleada del mes y salir en el piso cuatro como la protagonista de un escándalo digno de la prensa amarillista.

En esta publicitaria, la reputación tenía la vida útil de un aguacate abierto: si no la protegías de inmediato, se oxidaba en segundos.

Por eso, cualquier conato de rumor no se hablaba; se bombardeaba con gasolina antes de que terminara de destruir tu vida laboral.

Así que no era extraño que Sebastián estuviera ahí, en el mismo elevador con ella.

El leve zumbido mecánico y la presencia insoportablemente tensa de Sebastián a su lado le hacían sentir a Cassandra que los pisos avanzaban con la velocidad de un caracol.

El aire estaba cargado de algo peligrosamente eléctrico.

Hasta que —como si la última hebra de paciencia se le hubiera reventado— Sebastián estiró la mano bruscamente.

Presionó varios botones.

El elevador se detuvo un piso antes.

Cassandra apenas tuvo tiempo de fruncir el ceño cuando las puertas se abrieron.

Y mucho menos tiempo aún para comprender en qué momento Sebastián le había tomado la muñeca.

—¿Qué… demonios?

Pero ya era tarde.

Sebastián la arrastró fuera del elevador.

Las puertas se cerraron detrás de ellos con una frialdad ofensiva.

Cassandra soltó su mano de golpe.

—¿Se puede saber qué demonios te pasa?

Sebastián no respondió; caminaba de un lado para el otro frente a ella, como si lo hubieran mandado a abrir un surco a punta de pisadas.

Se tomaba la barbilla, se pasaba la mano por el cabello hasta la nuca.

Cassandra estaba esperando el momento justo en que estallaría.

Fue cuando vomitó todo el veneno que lo estaba enloqueciendo:

—¿Te acostaste con ese tipo en nuestra cama anoche?

La pregunta cayó como un ladrillo, pero Cassandra ni siquiera parpadeó.

En ese momento, el beso de Daniel Von Richter palpitaba en sus labios.

Otrora, ella se hubiera sentido como una pecadora arrepentida.

«¡Ja! ¡Al carajo el arrepentimiento!», se dijo.

Ese beso ahora parecía haberle dado superpoderes, justo cuando Sebastián, con su fiereza de minino y sus garras inútiles, exhibía una seudodignidad de merengue: crujía mucho, pero se desmoronaba con nada.

La rabia quemaba la garganta de Cassandra, con una lista de reproches listos para ser disparados como metralla:

¿La misma cama que tú estrenaste con otra?

¿El colchón que todavía huele a tu hipocresía?

Pero se contuvo.

No iba a darle el espectáculo de una esposa herida.

No, cuando podía darle el de una reina del sarcasmo.

Con una calma que rozaba lo sociópata, soltó el ancla:

—Quizás deberíamos llamar a Soledad para que venga aquí… y discutamos, con agenda en mano, a quién exactamente debería meter yo en mi cama.

Sebastián la soltó como si estuviera bañada en ácido.

La rabia se lo estaba comiendo vivo, o eso creía ella.

Ah.

Deliciosas dudas.

Adorables celos.

En especial porque, finalmente, eran a él a quien atormentaban.

Una cucharada de su propio chocolate.

Quería reír a carcajadas.

Pero eso sería perder el tiempo, y ella iba a aprovechar su desconcierto.

Era el momento para meter su delicado dedo en esa enorme llaga.

—Ahora, déjame ser feliz o, mejor aún, que alguien se preocupe por darme felicidad.

«¡Bum! ¡Toma!», Cassandra hacía su bailecito de la victoria mental, dando un paso hacia el elevador.

Pero, a medio camino, Sebastián disparó su última carta.

—Quizás yo deba volver al apartamento. Después de todo, está a nombre de los dos.

Cassandra se detuvo.

Giró lentamente.

Y sonrió.

No una sonrisa amable, sino una afilada, de esas que se ensayan frente al espejo antes de una ejecución pública.

Si él era un descarado, ella también podía ser cínica, ¿no?

—Perfecto —dijo ella, con una naturalidad que daba miedo—. Qué bueno que lo reconoces. Mañana mismo pasamos al banco para que la hipoteca se descuente de ambos cheques. Me encanta tu nuevo sentido de la responsabilidad.

Sebastián se quedó ahí, petrificado, con esa cara de «Error 404» que solo ponen los villanos de baja monta cuando descubren que la protagonista ha quemado el guion.

Cassandra aprovechó el lag de su sistema operativo y se deslizó hacia el elevador.

Las puertas se cerraron con un suspiro metálico, dejando a Sebastián solo con su rabia.

«Que disfrute su supuesta hombría», se dijo con una sonrisa gélida.

«A ver si el banco acepta testosterona como método de pago para los intereses de este mes.»

Mientras el elevador subía, sintió un tirón extraño en el pecho.

Una gratitud silenciosa, intrigante, involuntaria.

Recordó cómo le habían temblado las piernas cuando salió de aquel deportivo negro.

Era el beso, uno que había desbloqueado una nueva habilidad:

la de hacer añicos a su enemigo con simples frases.

Claro, era su habitual sarcasmo, uno que se había ahogado a causa del alcohol y la tristeza.

Definitivamente, ese beso había sido un elixir mágico, un empujón emocional —valor con descaro estratégico— de Daniel Von Richter.

Algo peligrosamente reconfortante, suministrado como si supiera exactamente que estaría a punto de romperse.

Y lo peor era que una parte de ella quería volver a sentirlo.

Cuando las puertas del elevador se abrieron, SS Enterprise la recibió con su fragancia habitual: una mezcla densa de café sobrecalentado, teorías de conspiración y chismes de pasillo.

Era la primera vez que Cassandra disfrutaba de ser el blanco de las habladurías.

No le importó en absoluto; de hecho, le resultaba extrañamente estimulante.

Y, aunque jamás lo admitiría, había algo intoxicante en caminar por esos pasillos sabiendo que no estaba sola en esta guerra.

Que alguien más estaba moviendo piezas por ella.

Alguien que la había empujado a levantarse cuando ella ya no recordaba cómo hacerlo.

Caminaba con un paso tan firme y una seguridad tan impecable que parecía estar protagonizando su propio comercial de champú en horario estelar.

Solo le faltaba un ventilador oculto y música de fondo para terminar de humillar a la audiencia.

Y así, con esa seguridad, cruzó la puerta de su despacho, preguntándose quién sería la siguiente persona que le preguntaría acerca del conductor del deportivo negro.

Del nuevo «ocupante de su corazón».

Entonces la vio.

Soledad.

Sollozando discretamente sobre su escritorio.

En cualquier otra ocasión, se hubiera acercado a su mejor amiga y estaría preocupada por escuchar sus problemas: sus hijos, la renta o cualquier carencia por culpa del dinero.

Pero… ¿ahora que le quitó a Sebastián?

¡Ja!

¡Que vaya y lo busque, a ver si de ese hueso saldrá algún caldo!

Soledad la miró de reojo, para ver si estaba mirando en su dirección… y Cassandra lo sabía.

Pero esta vez no sintió culpa.

Ni lástima.

Ni ese impulso absurdo de rescatar a quien la había apuñalado.

En cambio, sintió algo distinto.

Una calma afilada.

Una fuerza nueva.

Una sombra dulce y peligrosa detrás de ella.

Daniel Von Richter tenía razón: ella había estado en la boca del lobo por mucho tiempo.

Solo que se había disfrazado con cara de la inocente Caperucita Roja.

Y ahora, por primera vez, no le temía al lobo.

Porque sabía que no estaba sola en el bosque.