01 — Exposición del elemento de prueba
Cassandra llegó a su apartamento con el pulso en la garganta, tras haber pactado con aquel demonio vampiro vestido de negro y con una sonrisa perturbadora.
Pero no tenía muchas alternativas, ¿o sí?
Von Richter le había escupido a la cara su realidad.
Había traído su vida personal al trabajo, y ahora todo se había convertido en un reality show cargado de alianzas que amenazaban con expulsarla o volverla loca; total, la producción siempre necesitaba una villana.
¿Cómo sobreviviría a eso?
¿Cómo pretendía Von Richter salvarla de aquel foso maloliente?
«Pues, ni puta idea», se dijo, mientras se quitaba los zapatos y se calzaba sus chanclas cómodas.
Mientras se hacía un ramen en el microondas, el teléfono vibró con un correo de Daniel Von Richter.
Corto e imperativo:
«Le he escrito varios mensajes por QuéHay. Léalos.»
«¿Y que me vuelvan loca de nuevo? No, gracias», escribió, sintiéndose valiente.
Lo borró de inmediato, recordando que él era su jefe.
Cassandra: Desinstalé la app. Demasiada gente de la oficina quería saber de mi vida en directo.
La respuesta llegó en segundos:
Von Richter: Cobarde.
La palabra le pinchó el orgullo… y algo más que no quería nombrar.
Cassandra abrió la boca, indignada.
Sus dedos volaban sobre el teclado cuando entró otro mensaje:
Von Richter: Bloquee a todos. Menos a mí. Si quiere que esto funcione, reinstálela.
Cinco minutos después, la app estaba de vuelta.
Y con ella, un mensaje que la hizo estremecer:
Von Richter: Bien hecho. No sé por qué alguien pensaría que Cassandra LeBlanc es una cobarde.
Cassandra: Su sentido del humor sigue siendo alarmantemente deficiente, señor.
Von Richter: No intento ser gracioso. Solo establezco un punto.
Cassandra dudó antes de escribir lo que le pesaba en el pecho.
Siempre había sido de esa onda hippie de perdonar y olvidar.
Su «lealtad de chibis» seguía ahí, estorbando.
Cassandra: ¿Cree que la venganza sea lo correcto? Después de todo, se trata de su publicitaria.
El silencio de Daniel se prolongó, tortuoso.
Von Richter: ¿Aún cree que los puede reformar, señorita LeBlanc? Ellos no van a parar, y ya establecimos que no puede despedirlos. Así que, descanse, si puede.
Esa noche, Cassandra no descansó.
En sus sueños, el rostro de Daniel se mezclaba con las voces del pasillo que había escuchado horas antes.
«Yo sé con cuántas mujeres te has acostado en esta compañía», decía Soledad.
«No hay nadie más importante que tú», mentía Sebastián.
La traición se sentía como ceniza en su boca.
Y ardía, cómo ardía.
Pero entre las sombras de su sueño, hubo un instante extraño:la mirada de Daniel, seria, vulnerable, como si él también cargara un peso que no sabía cómo soltar.
Ese destello la persiguió hasta el amanecer… y la dejó inquieta de una forma que no quería analizar.
Una parte de ella no quería depender de él… pero otra parte no podía ignorar cómo esa mirada había atravesado algo que creía muerto.
A la mañana siguiente, un deportivo negro, brillante como una tentación, la esperaba frente a su edificio.
Daniel estaba al volante, con jeans y suéter oscuro, luciendo esa arrogancia implícita de los hombres que creen que el mundo es un tablero… y que todos los demás son piezas movibles.
En especial por esa sonrisa que robaba suspiros y quebraba defensas, incluso las de la mujer más pura y casta.
—Buenos días —saludó Cassandra al subir, evitando mirar demasiado su perfil de elfo oscuro.
—Hoy deben verla llegar conmigo —ordenó él, arrancando el motor.
—¿No es demasiado? Los rumores van a explotar.
Daniel se mordió el labio inferior, divertido.
—Nadie me ha visto jamás en esa oficina. Ni siquiera cuando la cité en mi despacho.
Cassandra lo miró, atónita.
¿Cómo entró a la oficina, entonces?
¿Tenía un portal mágico?
¿Pasadizos secretos?
El humor era su chaleco antibalas emocional.
Antes de preguntar, él dijo:
—Envíele un mensaje a Alice García. Diga que llegará tarde.
—Pero los avisos son para Patricia Montenegro… —objetó, intentando evitar a la aspirante a reina del chisme.
—Queremos rumores —insistió Daniel con una sonrisa ladina—. Así que debe ser Alice.
—Disculpe, pero últimamente los rumores están destruyendo mi vida.
—Siempre hablarán de usted, señorita LeBlanc —indicó él, con una calma que la desarmó—. La diferencia es que ahora estarán de nuestro lado.
Ella respiró hondo y obedeció.
El juego había comenzado.
—Perfecto —dijo él al verla guardar el celular—. Supongo que ahora sí aceptará que vayamos a desayunar.
El rostro de Von Richter se iluminó con un aura peligrosa.
Ella asintió, recordando aquella mañana en el hotel… y cómo escapó de él después de vomitar la vida.
Sintiéndose como una zorra descarada.
No porque lo fuera, sino porque así la habían hecho sentir.
Pero ahora estaba entrando en un juego distinto, con nuevas reglas, de la mano de un hombre que decía que la apoyaría.
¿No era esto lo mismo que unos meses atrás, cuando otra persona le sostenía la mano?
La piel se le erizó mientras el auto tomaba la vía principal.
El desayuno en el restaurante de lujo fue un despliegue de opulencia.
Cassandra removía su café, pero su mente seguía atrapada en la oficina: la señora María hambrienta de chisme, Sebastián con su ego inflamable, y todo ese circo que la esperaba.
—Me está metiendo en la boca del lobo, ¿sabe? —murmuró, sin levantar la vista.
Daniel dejó de comer y la observó con la barbilla apoyada en el dorso de su mano.
—¿Por qué insiste en ser ingenua, señorita LeBlanc? —dijo con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. Usted ha estado ahí desde hace mucho tiempo. Solo que hasta ahora lo nota.
Cassandra abrió y cerró la boca.
Después de todo lo que había escuchado de esos dos, muy a su pesar, solo podía darle la razón.
Daniel la sostuvo con la mirada un segundo más de lo necesario.
Y en ese instante, Cassandra vio algo inesperado: un cansancio profundo, antiguo, como si él también hubiera sido traicionado alguna vez.
Ese destello la desarmó más que cualquier beso.
No quería que él la sostuviera… pero tampoco quería que dejara de intentarlo.
—Su preocupación solo hace que su café se enfríe —dijo Von Richter, haciendo señas al camarero para cambiar la taza—. Déjeme ayudarla, ¿sí?
Esos ojos miel parecían desnudarle el alma.
Y por primera vez, esas palabras no sonaban a estrategia ni a juego.
Sonaban a seguridad.
A un lugar donde, por un momento, podía dejar de pelear.
—¿Por qué ese nombre? —preguntó ella, tratando de despejar su mente—. Me refiero a Daniel Von Richter. No parece alemán.
Él la miró con un misterio que la hizo removerse en la silla.
—Fue el nombre que elegí al nacionalizarme. Quizás se lo cuente cuando nos conozcamos mejor… o cuando me deba un favor mayor.
La mirada que le lanzó fue tan descarada que Cassandra sintió calor en partes donde esa nueva taza de café humeante no llegaba.
Y lo peor era que no quería apartarse.
Una hora después, el deportivo se detuvo frente a la agencia publicitaria.
Daniel bajó la ventanilla, dejando que el aire acondicionado escapara.
—Esto es esencial —le dijo, antes de que ella pudiera replicar—. Conozco a mi personal; Jaime, el portero, ya está tomando su teléfono.
Era cierto.
El portero parecía poseído, mientras sus dedos repicaban la pantalla.
El chisme estaba volando a los pisos superiores más rápido que un correo mal enviado.
—Disimule. Sonría —pidió Daniel con voz serena.
Ella rió, imaginando las caras de Sebastián y Soledad al enterarse.
Pero antes de bajar, Daniel la detuvo.
—Ahora, inclínese hacia mí. Deme un beso en la mejilla.
Cassandra se congeló.
—No nos conocemos tanto, señor…
«¿En serio le estaba diciendo eso a él?», pensó, recordando que habían dormido juntos.
—Si no lo hace, nadie creerá que un hombre adinerado es su amante. Hágalo bien, LeBlanc.
Ella se inclinó, buscando su mejilla, pero en el último milisegundo, Daniel giró el rostro.
El beso aterrizó directamente en sus labios.
Fue breve, suave y devastadoramente posesivo.
Y con sabor a cerezas, desde luego.
No debería haberla desarmado así… pero lo hizo.
—Si vamos a hacerlo —susurró él contra su boca—, lo haremos bien.
Le tocó la punta de la nariz con una naturalidad que la dejó sin estabilidad nerviosa.
—Sea fuerte, señorita LeBlanc.
Y por primera vez, Cassandra sintió que esa frase no era una orden.
Era una promesa.
Una que se le clavó en el pecho como un anzuelo dulce y peligroso.
Cassandra cruzó el lobby con la barbilla en alto y con las piernas macarrónicamente débiles.
«Ese hombre sí que sabe besar», pensó.
Y lo peor era que no quería dejar de sentirlo.
Jaime la saludó con una mirada de santo en mitad de una misa.
Ella solo le devolvió una sonrisa de demonio sexy en ese mismo templo.
Entró al elevador, tratando de enderezar las piernas y que su cara adquiriera la frialdad de una ejecutiva.
Las puertas estaban por cerrarse cuando una mano las detuvo.
Sebastián entró.
Su rostro era un poema de confusión y celos mal disimulados.
Miró a Cassandra, luego el brillo sospechoso alrededor de sus labios con fragancia a cerezas, y luego volvió a mirarla a los ojos, como si no la reconociera.
—Buenos días —saludó Cassandra con una inocencia tan casta como una minifalda de lentejuelas a medianoche.
Sebastián no respondió, pero sus nudillos estaban blancos de tanto apretar su maletín.
Cassandra sintió una punzada de satisfacción pura.
Recordó de pronto la voz de Soledad en el pasillo:
«Sé con todas las mujeres con las que te has acostado.»
Miró a Sebastián de reojo y pensó cómo debía arderle la sal en la herida.
Porque sí, ella sabía que Sebastián Del Valle había estado en el vestíbulo del edificio por un único motivo: ver por sus propios ojos con quién había llegado.
Cassandra comprendió algo deliciosamente satisfactorio.
Sería fuerte, sí… pero cómo lo iba a disfrutar.
Por primera vez desde la traición, sintió algo nuevo: control.
Y, muy a su pesar, algo más: la sombra cálida de un hombre que la estaba empujando a levantarse.
La venganza prometida acababa de comenzar.
Y Daniel Von Richter era el titiritero en la penumbra.