14 — Conclusión, recomendaciones y medidas coercitivas
¿Qué hacía en un metro apestoso un hombre con avión privado?
La pregunta no era retórica. Era un latigazo de realidad. Cassandra lo sabía con la misma certeza con la que sabía que su vida se había convertido en un mal chiste cósmico.
Quedarse ahí, paralizada en las escaleras, no iba a darle respuestas. Así que lo siguió, ignorando la fatiga, la dignidad y el hecho de que probablemente olía a desesperación emocional.
Emergieron a la calle.
Allí, Von Richter se detuvo y se giró.
No había burla en su rostro. Solo una seriedad impenetrable, tallada en mármol. Pero había algo más: un cansancio antiguo, una sombra que no estaba ahí la última vez que lo vio en Trinidad.
Sin decir palabra, le extendió un pequeño papel doblado.
Cassandra lo abrió con dedos torpes.
«Sé que actué precipitadamente, pero fue necesario.Ahora, ¿seguirá defendiendo a ese par?
¿O quizás esté interesada en vengarse?»
¿Venganza?
La palabra le ardió como alcohol en una herida abierta.
Sí, quería practicar algunos cortes que había visto en los mejores shōnen de acción, de esos donde el protagonista rebana enemigos con precisión frenética. Pero eso era fantasía.
En la vida real, la sangre pertenecía a personas que ella creyó amigas.
¿Seguiría haciendo su papel de grandísima pendeja?
Si ellos no habían tenido compasión por ella, ¿por qué seguía aferrada a una fidelidad que nadie le devolvía?
Y si no estaba interesada en vengarse, entonces Von Richter tenía MUCHO que explicarle. Especialmente por qué la había mandado a jugar a «Frío o Caliente» en su oficina.
Porque él, al igual que todos los demás, le había visto la cara de pendeja.
Daniel ya se alejaba, como quien deja caer una bomba y sigue con su rutina.
Cassandra no estaba segura de nada, excepto de una verdad irrefutable:
El Dios del manhwa finalmente había dado la cara… y estaba moviendo los hilos del destino.
Más adelante, el Audi negro destacaba como una mancha de petróleo sobre la acera gris. La puerta se abrió con una elegancia insultante.
Cassandra no iba a fingir más.
Subió sin titubeos.
Dentro, Daniel Von Richter la esperaba sin el disfraz urbano, recuperando su aura de poder absoluto. Pero había algo distinto: un leve endurecimiento en la mandíbula, como si su sola presencia le recordara algo que preferiría olvidar.
Cassandra no se permitió rodeos.
—¿Por qué me vigila?
—No la vigilo exactamente, señorita LeBlanc —respondió él con una calma encriptada.
—Pero usted sabe lo que escuché; de lo contrario, no estaría acechándome en el metro.
Su voz estaba más alta de lo normal.
Daniel la observó con una intensidad que le recorrió la piel.Era algo que bailaba entre la amenaza y la ternura, algo que la hacía sentir demasiado consciente del espacio reducido del auto… y de él.
Von Richter respiró profundo.
Cassandra no estaba segura de a quién miraba: ¿a su jefe o a un hombre que estaba a punto de cruzar una línea invisible? La sola idea le erizó la piel.
—Lo admito —dijo él al fin—. Yo inventé el concurso que se ganó Irma. Aproveché que Alicia García estaba enojada porque usted fue de viaje de negocios a Trinidad.
Cassandra respiró profundo.
—No sé exactamente qué pasó, pero ella la odia con cada una de sus vísceras. Incluso ha sido capaz de dañarla usando a aquellos a quienes usted más valora o… bueno, valoraba.
Ella bufó, porque sí sabía el motivo.
Esa mujer no terminaba de olvidar ni perdonar, en especial por un asunto que ni siquiera la involucraba directamente.
—Pero eso no contesta todas mis preguntas —insistió—. ¿Me envió a su oficina para hacer tiempo? ¿Cómo sabía que ellos dos se quedarían? ¿Que dirían todo eso?...
Él la interrumpió.
—Me sé todos los rumores de la empresa, señorita Cassandra. También sé que últimamente esos dos han adquirido ciertas «costumbres» dentro de su oficina, ahora que usted ha roto con Del Valle.
Cassandra se llevó la mano a la boca.
La señora María se lo había insinuado, pero ella no quiso creerlo.
—Ellos han… —no pudo decirlo.
—Sí —confirmó él—. Y no han sido discretos. También supe de una discusión entre Soledad y Alice durante su viaje a Trinidad.
Si no estuviera tan escandalizada, le habría soltado un comentario mordaz sobre lo chismoso que era.
Y como si escuchara sus pensamientos, él continuó:
—Desde que tuve que prescindir de los servicios de la señorita Victoria, decidí enterarme de todo lo que ocurría en la publicitaria. Uno nunca sabe qué situación podría perjudicarlo.
Cassandra tragó en seco.
—Usted siempre lo supo —susurró—. Que Sebastián me había engañado con Alice… y otras más.
Von Richter sonrió levemente.
Una sonrisa que no llegó a sus ojos y que decía: sí, lo supe… y aun así usted eligió a otro.
Cassandra temblaba dentro del Audi, y no era por el aire acondicionado.
—¿Tanto le dolió que lo rechazara? —preguntó ella, con un nudo en la garganta.
Él se pasó las manos por las sienes, como si sus palabras le hubieran golpeado.
Como si Trinidad fuera una herida que él había decidido no tocar… hasta ahora.
—¿Me va a usar de excusa para irse de la empresa, señorita LeBlanc? —su rostro estaba a un ápice del de ella.
Demasiado cerca.
Demasiado consciente del espacio entre sus bocas.
Demasiado fácil imaginar qué pasaría si uno de los dos respiraba un poco más hondo.
Ella apartó la mirada, pero él no.
—Lo mejor sería irme —susurró—. No creo soportar tanta gente tóxica que me hace daño.
Entonces ocurrió la transformación.
La mirada de Daniel se volvió de hielo.
—No solo es una cobarde, LeBlanc. Es la responsable de su propio desastre.
Cassandra lo miró, incrédula.
—Usted trajo a su novio. Usted trajo a su mejor amiga —continuó él, implacable—. Jamás se molestó en conocer a quienes la rodeaban. No está huyendo de ellos, sino de la vergüenza de creer que ellos valían la pena.
El golpe fue preciso. Brutal.
Cassandra sintió el escozor en los ojos. Odiaba que él tuviera razón.
Odiaba más que él fuera el único que se atreviera a decírselo.
—Es una irresponsable —sentenció—. Es mi mejor directora creativa y pretende irse por un «problema personal». Si cree que le daré una recomendación con el hervidero de conflictos que deja atrás, está muy equivocada.
Cassandra respiró hondo.
Reconocía al depredador que tenía enfrente.
El vampiro financiero.
El CEO.
Un hombre que nunca se quebraría… excepto ahora, cuando ella lo rechazaba.
—¿Qué quiere que haga?
Daniel sonrió.
Una sonrisa satisfecha, como si una pieza de ajedrez hubiera caído en su lugar.
Pero había un destello mínimo, casi imperceptible, de alivio.
Como si temiera que ella se fuera… otra vez.
—Quiero que pase la página. Pero sé que no puede. Aún sigue en shock.
Y entonces, su voz bajó un tono, suave, certera: igual que una confesión disfrazada.
—Ellos se llamaban sus amigos, pero no nos engañemos: siempre fueron sus enemigos. Unos que la arrojaron en medio de un lodazal. Por eso le ofrezco mi mano.
La frase cayó entre ellos como un pacto silencioso.
Cassandra sintió un temblor en el pecho; las lágrimas amenazaban con caer.
Sus palabras parecían un bálsamo cargado de incertidumbre.
Era la peligrosa conciencia de que él estaba demasiado cerca… y ella no se apartaba.
—Así que, si está dispuesta a vengarse… solo dígalo —añadió él, retomando su tono habitual—. Estoy dispuesto a que disfrute ese placer tan deliciosamente indebido.
El auto se detuvo frente al edificio de Cassandra.
Ella intentó abrir la puerta.
No cedió.
—Estoy esperando su respuesta —presionó Daniel.
¿Ella era tan importante para él, que se había tomado tantas molestias?
¿O era ella la única pieza que él no estaba dispuesto a perder?
—¿Por qué quiere que me vengue? —preguntó.
Él la miró fijamente.
Y por primera vez, no vio a un CEO.
Vio a un hombre que había sido rechazado en Trinidad… y que aún no lo superaba.
—Porque quiero a mi mejor directora de vuelta.
Cassandra cerró los ojos.
Pensó en sus botellas de vino, en sus manhwas de escape, en su vida convertida en un chiste.
Pensó en lo cerca que estaba.
Demasiado cerca.
Y ya no quería huir.
Los abrió con un agotamiento lúcido.
—Voy a vengarme. Con tal de recuperar mi vida, lo haré.
La puerta se desbloqueó.
Cassandra bajó sin mirar atrás.
El auto desapareció en la noche.
Dentro, el chofer rompió el silencio:
—¿Está seguro de exponerla a algo así, señor?
Daniel guardó silencio, perdido en el recuerdo de su propia guerra personal en Corea del Sur, de las cicatrices de quienes lo quisieron muerto.
Y del rechazo que aún le ardía más que cualquier herida.
—Con tal de que sea mi cómplice —respondió con serenidad inquietante—, siempre he considerado la venganza una inversión razonable.
El chofer devolvió el auto a la avenida.
—Por cierto, ¿qué han sabido de ella? —preguntó Daniel, mirando las luces reflejarse en el vidrio.
—Sigue sin aparecer. En cambio, tenemos un nuevo reporte de él.
Von Richter apretó el puño.
El tiempo jugaba en su contra.
Y por primera vez en mucho tiempo… algo podía escapársele de las manos.