MANUAL ANTI MOSCAS MUERTAS 13 — Detección indirecta de la corrupción en fase terminal
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13 — Detección indirecta de la corrupción en fase terminal

Cassandra tomó dos respiraciones.

Era la segunda vez que tenía que confrontar a su ex por asuntos no laborales.

Y sí.

Dolía, dolía demasiado saber que hacía un mes él habría sido su respuesta si alguien le preguntaba con quién quería pasar el resto de su vida.

Sebastián Del Valle.

Ahora resultaba que cada encuentro se convertía en una lucha por conservar algo de autorespeto frente a un hombre que no se conformaba con una sola mujer.

Que no se conformó con que ella fuera la persona con la cual compartir el resto de su vida.

El pecho le ardió.

Aún podía sentir, como un eco traicionero, el calor del abrazo de Daniel en Trinidad, ese «No se vaya todavía» que había intentado enterrar bajo capas de cordura.

¿Qué tenía que hacer?, se dijo, mirando nuevamente el mensaje.

Respiró hondo y se encaminó hacia la oficina de Von Richter, teniendo el cuidado de que nadie la viera. ¿Quién se aguantaría todas las especulaciones acerca de su relación con el CEO, tal y como había insinuado Sebastián un instante atrás?

Siguió las instrucciones, pero por más que buscó, no encontró aquella carpeta.

Le escribió un correo de vuelta a Von Richter, quien le envió un mensaje claro y contundente:

«Busque bien.»

Cómo odiaba aquellas dos palabras. Le recordaban su niñez, cuando su madre la hacía buscar por horas algo que resultaba no estar ahí.

Y, en efecto, eso fue lo que ocurrió: Von Richter la hizo buscar por el estante, los cajones, hasta en un nicho secreto en la pared.

¡Válgame el confianzudo!, se dijo, porque si ella fuera más maliciosa —o alguna espía— ya sabría dónde encontrar los secretos de la oficina.

Ya se veía como Aisha, la espía shinobi de La Traidora en Casa, uno de sus animes favoritos, donde la protagonista actuaba como una ama de casa normal mientras hacía misiones para el país enemigo.

Luego de más de una hora, recibió un correo:

«Alfred tenía el informe.»

¡Ja! Lo sabía muy bien. Ella había buscado por cada rincón y recoveco, así que esos papeles no podían estar ahí.

¿Y quién tenía un asistente llamado Alfred en la actualidad?

¿Acaso se creía Batman?

Satisfecha o, más bien, insatisfecha por el deber cumplido, regresó a su oficina por su cartera, ya que eran más de las siete.

Pero al llegar a la puerta, las voces la detuvieron.

Sebastián y Soledad estaban discutiendo.

—Deberías explicarle que ya no tiene esperanzas contigo —decía Soledad con voz cortante.

Cassandra se preparó para el golpe, creyendo que hablaban de ella y de la conversación absurda que había tenido con Sebastián hacía un rato.

Sin embargo, la respuesta de Sebastián la dejó paralizada:

—Ya te lo he dicho… jamás he tenido nada con Alice.

¿Alice? ¿Alice García?

El cerebro de Cassandra hizo un cortocircuito.

—Se te olvida que yo no soy Cassandra —replicó Soledad, destilando veneno—. Yo sé con cuántas mujeres te has acostado en esta compañía. Si esas moscas muertas piensan que ahora que Cassandra no está van a ocupar su puesto, están equivocadas.

El pasillo se volvió de hielo.

Cassandra sintió un balde de agua fría recorriéndole la columna vertebral.

No era solo Soledad.

Eran todas.

Eran años de una infidelidad sistémica que ella, la «brillante» directora creativa, nunca sospechó siquiera.

Recordó entonces a su abuela y a todos los fantasmas de las amantes de su abuelo.

¿Serían fantasmas?

¿O resultaba que su abuela simplemente se había dado cuenta de lo tonta que fue al confiar en su marido?

Como ella lo fue con Sebastián.

¿No era la confianza la base de una relación?

Sintió los cristales resquebrajarse dentro de ella.

Y, sin embargo, no podía huir.

No podía delatar el hecho de que estaba escuchando a escondidas.

¿Por qué no podía?

Después de todo, no había nadie en esa oficina.

Podía armarles el escándalo de tres pisos que se merecían, ¿no?

Por traidores.

Por sucios.

Por cómplices.

Por haber cometido el mayor crimen de sus vidas, uno que no tenía un castigo lo suficientemente bueno.

Fue cuando recordó a Ana María Victoria.

No.

No le daría esa satisfacción a Alice García: la de verla caer, la de verla despedida como a un perro, a pesar de haberse convertido en la mejor publicista de SS Enterprise.

—Descuida, corazón —la voz de Sebastián sonó suave, la misma voz que le juraba amor eterno a ella hacía una semana—. No hay nadie más importante que tú.

Un sentimiento de «¡Maldito cucaracho!» se apoderó de Cassandra.

Soledad rió sutilmente, como si aquello fuera un gran chiste.

—No me interesa que me ames, Sebastián, sino que me respetes. Que todas esas sepan cuál es su lugar y cuál es el mío —dijo con una voz que no admitía réplica—. Incluso si quieres volver con Cassandra, solamente debes dejarle claro que tu mujer aquí soy yo y nadie más.

¡El descaro a nivel dios!, pensó Cassandra, tapándose la boca para contener un bufido.

En ese instante, quiso morir.

Ocho años de su vida no se habían roto; se habían evaporado.

Reducidos a una frase que le confirmaba que no era la «única engañada», sino simplemente la última en enterarse de que su vida era una farsa colectiva.

Cuando ambos se fueron, Cassandra regresó a su oficina como un autómata.

El mundo se había reconfigurado de la manera más humillante posible.

Tomó su cartera y dejó que el metro la tragara, pero su mente era un hervidero de rabia líquida.

¿En qué tipo de manhwa se había convertido su vida?

Claramente era una trama de regresión y venganza.

La protagonista entrega lealtad ciega solo para descubrir que sus seres queridos son los villanos.

Un cliché clásico.

Según las reglas del género, ahora solo faltaba que Truck-kun hiciera su aparición para que el «Dios del Manhwa» la enviara al pasado y pudiera empezar su ejecución.

—No suena nada mal —murmuró sonriente contra la ventana del vagón.

Ahora todo encajaba.

Soledad no solo le había robado al novio; sabía de cada infidelidad de Sebastián en la oficina y guardó silencio hasta convertirse en la «oficial».

Y Sebastián… el hombre por el que ella se había arrastrado para que lo contrataran en la agencia, a pesar de su mediocridad, la había convertido en el chiste corporativo.

Las palabras de Von Richter emergieron con una claridad hiriente:

«Para distinguir cucarachos es alarmantemente ingenua.»

Él no había sido cruel; había sido brutalmente honesto.

Cassandra cerró los ojos y, por un segundo, su mente completó la fantasía:

Si ella fuera la heroína de un reino fantástico, el protagonista masculino sería un elfo oscuro de aura peligrosa y magnética.

Y, de manera irritante, ese elfo tenía el rostro de Daniel Von Richter.

Al bajar del tren, alguien tropezó con su hombro.

El impacto fue firme, deliberado.

Cassandra levantó la mirada y el mundo se comprimió.

Una figura alta, vestida de negro y con una gorra baja, se alejaba con paso decidido.

No necesitaba verle la cara.

Porque sabía de quién se trataba.