12 — Análisis de vulnerabilidad emocional post retorno
La pequeña maleta que había hecho para su viaje a Trinidad la siguió adentro del apartamento en cuanto desbloqueó la cerradura con la clave.
Todo seguía igual, salvo las miradas que provenían del estante.
Eran sus chibis más queridos, los que jamás adornarían su oficina.
Vicencia, la princesa guerrera, parecía señalarla con su espada.
También estaba Abigail, quien se había casado con el duque luego de que su familia la rechazara por no tener poderes mágicos.
Cada una de ellas había sido feliz, al lado de los guapos protagonistas que las habían rescatado de sus miserables vidas.
El vacío la invadió.
La pregunta que la había perseguido durante todo su viaje —desde el beso, desde el abrazo, desde el «No se vaya todavía»— le martillaba el cráneo.
Aún podía sentir el fantasma del sabor a cerezas en los labios, como si su boca no hubiera recibido el memo de que ya estaban de vuelta.
¿Por qué lo había rechazado?
¿Por qué no aceptar tener una aventura con el guapo CEO?
Uno que decía «Made in Korea».
Esos brazos tonificados y cálidos que la protegían de su fragilidad.
De su corazón roto.
De las habladurías, la humillación.
De la traición.
Que la hacían sentirse preciosa, como una perla dentro de una ostra.
Ese estúpido sentido de lealtad hacia gente tan desleal como Sebastián se estaba volviendo un lastre.
Y, sin embargo, no se iría mientras siguiera siendo Cassandra LeBlanc.
Abrió la maleta y sacó su pijama.
Se acomodó en el sillón de la sala, dispuesta a dormir ahí, ya que por ningún motivo volvería a su habitación: aquella que seguía siendo para ella como Chernóbil, contaminada por los próximos cientos de años, a pesar de los esfuerzos de Valeria y sus desinfectantes.
Durmió poco y mal.
Cuando el amanecer llegó, sintió que no había cerrado los ojos.
El lunes llegó con la sutileza de un choque de trenes.
El Caribe ya era un sueño lejano y SS Enterprise volvía a ser el territorio hostil de siempre.
Cassandra cruzó la recepción sintiendo el peso del aumento de sueldo en una mano y el recuerdo del «arrebato» de Von Richter en la otra.
Ya se estaba cansando de ser fuerte, pero tenía que serlo.
Quizás Soledad y Sebastián habían perdido la cordura, pero ella no.
Entonces recibió un correo electrónico del CEO.
«Ahora verá en dónde deposita su lealtad.»
El estómago se le contrajo.
¿Era una advertencia? ¿Una prueba? ¿Un recordatorio de que él siempre iba un paso adelante?
El mensaje la siguió como un dron emocional, listo para bombardearla en cualquier momento.
No tuvo tiempo de procesarlo.
Irma Fernández, de su equipo creativo, entró a su oficina al borde del colapso.
—Necesito su ayuda, señorita LeBlanc —dijo entre lágrimas—. Alice García me ha negado el viaje y ya queda poco tiempo para arreglar los pasaportes de mi familia.
Tras pedirle que respirara y pedirle a Soledad que le trajera una taza de té, Irma explicó la situación:
Se había ganado un crucero a Cozumel con toda su familia para la siguiente semana, pero como Alice no había aprobado las vacaciones, no podría hacer ningún plan.
—Soledad, comunícame con Alice ahora mismo —pidió Cassandra, asomando la cabeza por su despacho mientras seguía consolando a la aún sollozante Irma.
Soledad se tensó.
Un tic nervioso le tembló en la comisura del labio, un gesto que Cassandra nunca le había visto.
—No hablaré con esa… maldita zorra —soltó con un odio que dejó el ambiente congelado.
En el pasado, Soledad había sido un puente pacífico para hablar con aquella mujer que tanto la odiaba.
Cassandra recordaba cómo Alice la acusó de ser quien había logrado que Ana María Victoria —su prima— fuera despedida de SS Enterprise.
Por años no hubo manera de convencerla de lo contrario, así que le había dejado la misión a su ahora exmejor amiga.
—Llámala de inmediato —ordenó Cassandra, con una voz tan cargada de furia que Soledad no pudo negarse, aunque su molestia era evidente.
Tras una llamada breve y gélida donde Cassandra aplastó la resistencia de Alice, el premio de Irma quedó a salvo, pero el aire seguía enrarecido.
¿Soledad se estaba permitiendo cuestionar su autoridad?
No, no se lo permitiría.
Ya era suficiente con la traición como para dejar que pasara por encima de su cabeza.
Por un instante, vio una luz de esperanza: si Soledad continuaba con ese comportamiento, tendría una causal para despedirla.
Luego pensó en sus hijos, y la idea se le desmoronó.
La reunión de la tarde estuvo llena de miradas de soslayo y silencios tensos entre los «cucarachos».
¿Problemas en el paraíso?, pensó con una esperanza patética.
Antes de entrar, vio a Sebastián cruzar el pasillo.
Su corazón dio un salto idiota.
Bajó la mirada, fingiendo revisar su celular.
—¿Qué hay del nuevo cliente? —preguntó él con la voz cabreada—. ¿No habrá nuevas asignaciones?
Eso no sonaba a curiosidad.
Sonaba a reproche.
¿Qué champetas le está pasando a Sebastián por la cabeza?, pensó Cassandra.
¿Acaso estaba contagiado con la actitud grosera de Soledad?
—El negocio no se concretó al final —respondió, ahorrándose los detalles de la comedia barata que había montado el chofer de Von Richter.
La garganta se le secó al recordar el beso apasionado del CEO de manhwa premium.
Calma, Cassandra, se dijo, esquivando la mirada de su acusador.
—Es todo por el momento —anunció, y todos desalojaron la sala.
Todos, menos Sebastián.
—Y si no se concretó ningún negocio, ¿por qué te quedaste tanto tiempo por allá? —insistió, con un tono que ya no disimulaba el reclamo.
Cassandra tragó saliva.
La culpabilidad la estaba devorando viva.
Nunca, ni con el pensamiento, le había sido infiel.
Y ahora… había despertado con Von Richter en un hotel, y hasta se habían quedado en un resort en Trinidad.
—Debe haber salido en las noticias, Sebastián. Hubo dos huracanes seguidos en el Caribe —respondió.
¿Por qué le estaba dando explicaciones?
Se dirigió a su despacho, pero Sebastián la siguió y cerró la puerta detrás de sí.
—Eres la única de la oficina que conoce al CEO. Incluso ahora te paga viajes al Caribe —dijo, tomándole la muñeca—. ¿Es que acaso tienen alguna relación?
El contacto la repelió como un cable pelado.
¿Relación? Si acaso tenían una suscripción mensual al caos.
—¡No seas ridículo! —le espetó, soltándose—. ¿Y desde cuándo te convertiste en este patán?
Él retrocedió un paso.
Parecía dolido, como si ella le hubiera hecho algo malo.
Pero Cassandra sintió algo distinto.
Toda la vergüenza, toda la culpa… se evaporó.
Ahora solo quedaba odio e indignación.
—Vete a hacerle escenitas de celos a tu mujercita allá afuera —dijo entre dientes—. Tú y yo no somos nada. Lárgate.
Él estaba a punto de tomar el pomo, pero se detuvo.
—Nos quedó una conversación pendiente, Cassandra. ¿No tengo ni una minúscula oportunidad?
Ella dudó.
Un parpadeo emocional de ocho años.
Él lo detectó como un depredador.
Sonrió, recuperando su arrogancia.
—Siempre te esperaré. Todas las tardes, en el lugar de siempre. Aunque no vayas.
Ocho años atrás, esa frase la habría derribado.
Ahora solo le daba gastritis.
Cassandra sintió que el piso se movía bajo sus pies.
Vulnerable.
Expuesta.
Cansada.
Entonces, su celular vibró.
Un correo de Von Richter.
«Necesito que busque una carpeta en mi oficina.»
La clave de la cerradura venía incluida.
¿Por qué le daba la clave?
¿Por qué siempre parecía saber más de lo que debía?
—Tienes que terminar la campaña de Piolín —le respondió a Sebastián, con tono cortante.
Cuando él salió destilando rabia, sintió que le fallaban las piernas.
Si él continuaba atacando sus emociones, y Daniel seguía apareciendo en su vida como un glitch del destino… ella no iba a sobrevivir a ese mes.