MANUAL ANTI MOSCAS MUERTAS 11 — Diagnóstico de colapso afectivo en zona de riesgo
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11 — Diagnóstico de colapso afectivo en zona de riesgo

El beso no fue brusco ni desesperado.

Fue desconcertantemente suave.

Cassandra sintió una urgencia repentina, como si el mundo se paralizara; necesitaba esos brazos mucho más que respirar.

No se trataba de amor… ¡por supuesto que no!

Era la confirmación de que estaba viva, de que no era una patética sombra, sino alguien valiosa.

Entonces, sintió algo inesperado, un sabor dulce, ligero.

¿Cerezas? ¿Von Richter usa lápiz labial?

La idea fue tan ridícula que casi la hizo sonreír contra sus labios. Aquello le dio una certeza inmediata: Daniel Von Richter sí era coreano.

Porque si algo había aprendido tras años de ver a sus idols favoritos era que esos hombres tenían una relación peligrosamente cercana con el maquillaje.

La lógica se desintegró en cuanto Daniel profundizó el beso.

Sus brazos la sujetaban como si intentaran mantenerla en pie; un bálsamo para una mente cansada de pensar y un corazón frágil de tanto querer.

Por un momento, sentirse deseada por un hombre que podía tener a cualquiera borró el desprecio de Sebastián.

¿Sebastián? ¡Este hombre no era Sebastián!

Al instante se sintió sucia, pecaminosa.

Una verdadera infiel, pero no a su ex, sino a los ocho años de fidelidad que ahora parecían desmoronarse en segundos. Intentó separarse, pero le fue imposible; él parecía embriagado, apretándola contra su firme abdomen.

Las palabras de su prima Pamela irrumpieron con su sabiduría de dudosa procedencia: «Un clavo saca otro clavo».

¿Se estaba ofreciendo él a ser clavo?

Porque Daniel definitivamente quería clavar algo en ese preciso momento.

El pensamiento la sacudió.

¿No estaba ella demasiado vulnerable?

¿Demasiado fracturada?

¿No tenía suficientes problemas como para agregar otro más?

Un desliz con su jefe.

—No… no, no, no… —Cassandra rompió el beso con un movimiento torpe—. Esto está mal…

Daniel no la soltó de inmediato.

La mantuvo contra él con una intensidad casi desesperada, antes de dejarla ir de muy mala gana.

—Lo siento —dijo él, aunque su rostro no parecía arrepentido, sino irritado—. No pensaba besarla, pero no me pude resistir. Sin embargo, usted está soltera. No hicimos nada malo.

Había algo en su mirada, un brillo extraño, como si reconociera algo en ella que Cassandra no recordaba haberle mostrado jamás.

La culpa la dejó aturdida.

La mirada de Von Richter era ahora una tentación adictiva… e inevitable.

Llena de la más prístina codicia.

—Yo no debería pensar en una relación ahora… —su voz salió débil—. Ha pasado muy poco tiempo desde que…

Se interrumpió porque Daniel la miraba como si dijera: «No perdamos más el tiempo».

—¿Qué? —preguntó ella, incómoda.

—No estará pensando en volver con el señor Del Valle… ¿o sí?

El corazón de Cassandra se detuvo.

Dentro de ella, la respuesta era una verdad vergonzosa: anhelaba que Sebastián recobrara el sentido, que recordara los ocho años invertidos y que volviera para darle su final feliz, silenciando todas las burlas.

De lo contrario, seguiría siendo humillada por culpa de las dos personas a las cuales le había entregado su confianza.

—No me juzgue —dijo con un filo defensivo—. Es demasiado tiempo como para tirarlos por una pequeña aventura.

Daniel la miró de hito en hito, como si ella fuera una pieza de un rompecabezas que no encajaba.

—¿Una pequeña aventura? ¿Por qué piensa que solo ha sido una pequeña aventura?

La pregunta la sorprendió, en especial porque ella tenía una respuesta.

—Claro que lo es, señor Von Richter… ellos no serían capaces de lastimarme, porque son casi como de mi familia —le respondió.

Tenía que ser así, ¿no?

A pesar de lo que había insinuado la señora María, de todos los rumores, ella sabía bien quiénes eran ellos en el fondo.

De pronto, escuchó una gran risotada tan macabra como la de Vincent Price.

O eso le pareció a sus oídos.

—Tantos años con Del Valle… y nunca lo conoció realmente.

La indignación bulló directo a su cerebro. ¿Quién se creía este hombre? ¡Ella era la líder de campañas masivas, la experta en leer a la gente!

—No le entiendo, señor Von Richter.

—Usted es brillante para desmenuzar lo que un cliente desea —dijo él, clavando sus ojos en los de ella—, pero para distinguir cucarachos… es alarmantemente ingenua. Y tampoco parece experta en detectar moscas muertas cuando se disfrazan de amigas.

¿Ingenua? Ella, que podía detectar un brief mal escrito a kilómetros.

La indignación fue inmediata. Recordó a Soledad, la complicidad desde el colegio, y a Sebastián, las lágrimas compartidas.

Von Richter no conocía su historia.

—No los juzgue si no los conoce —sentenció ella, firme.

Giró sobre sus talones para irse, pero Daniel la sujetó del brazo. Su voz ya no tenía ironía, solo intensidad. Se acercó y la envolvió desde atrás, pegando su pecho a su espalda.

El calor de su respiración le recorrió la columna como un glitch emocional.

—No se vaya todavía. Le propongo algo que la librará de esos dos.

Durante un segundo, Cassandra vaciló.

Ese abrazo balsámico era lo que más deseaba, aunque estuviera ligado a esa boca mentirosa.

El escalofrío le recorrió la piel sin permiso. Pero se obligó a separarse con un movimiento brusco y necesario.

No, no estaba dispuesta a escuchar proposiciones escandalosas que solo la sumirían más en ese caldero lleno de vergüenza en que se había convertido SS Enterprise para ella.

Tomó la perilla sin mirarlo.

—Mañana compraré un pasaje y me devolveré.

Salió de la habitación con el corazón en guerra, sabiendo que aquel viaje ya era infinitamente más peligroso que cualquier engaño corporativo.

Cassandra salió de la suite con el cerebro en llamas. ¿Qué acababa de pasar? Había besado a un sexy desconocido que jugaba a ser Dios con su agenda.

Von Richter era como Zantar de El Villano que me Eligió: capaz de pactar con demonios —o con Recursos Humanos— solo para salirse con la suya.

¿La había llamado ingenua? ¡Qué manipulador!

Von Richter no entendía nada.

No sabía que el amor de Sebastián no fue un flechazo, sino una guerra de desgaste; él se había infiltrado en su vida como amigo y confidente hasta que, sin darse cuenta, Cassandra ya no sabía cómo respirar sin él.

Incluso cuando su madre convirtió la relación en un infierno, Sebastián se quedó.

«Conocí a su padre», le dijo una vez, «es un mujeriego, aunque ahora debe tener dinero en la cartera, si es que quiere que una jovencita le dé el tesorito».

Cassandra se había cansado de decirle que los padres de Sebastián se habían separado cuando él tenía cuatro años.

«Lo trae en la sangre», le contestaba.

Su madre era muy prejuiciosa, no lo conocía para nada.

Él fue su roca, el hombre que no se marchó cuando las cosas se pusieron feas.

¿Y Soledad?

Ella era mucho más que una secretaria traidora.

Cassandra la había visto pasar de ser la chica de familia rota que quedó embarazada en el colegio por no saber usar un preservativo —un «detallito» que terminó en tres hijos—, a ser la mujer abandonada por Rubén.

Cassandra fue el paño de lágrimas oficial mientras el exmarido de Soledad prefería gastarse la manutención en su nueva mujer.

Eran años de historias entrelazadas, de deudas emocionales y de crisis superadas.

Por eso, aunque ahora fueran unos «cucarachos», Cassandra no podía simplemente apagar su lealtad como quien apaga una luz.

El problema es que, en su mundo de manhwa, ella seguía siendo la heroína que rescata a los villanos, incluso cuando estos ya le habían clavado el puñal.

—Quizás sí soy una ingenua —se burló de sí misma frente al espejo—. Defiendo a quienes se burlaron de mí con la misma lealtad con la que presto mis chibis para que Albita juegue en la oficina.

En su manhwa favorito, la heroína renunciaba y encontraba un príncipe.

Ella solo encontraría cuentas por pagar.

Se durmió con una decisión rondando su almohada: al regresar, entregaría su renuncia.

Al día siguiente, el destino decidió practicar su puntería.

Un huracán se acercaba y todos los vuelos comerciales estaban cancelados.

El paraíso se negaba a dejarla ir.

—El señor Von Richter me pidió que le suplicara que esperara. Él la devolverá a la ciudad en su avión —le indicó el chofer, apareciendo como un fantasma oportuno en la puerta de su vuelo.

—No iré en el mismo avión que su jefe —replicó ella, arrugando la nariz—. Y si me sigue acosando, no volveré a la agencia.

—No debe preocuparse, señorita LeBlanc. El señor Von Richter abandonó la isla ayer mismo.

El corazón de Cassandra se encogió.

Sintió que alguien había cerrado una puerta que ella no sabía que quería cruzar.

Estaba molesta, sí, pero no esperaba que él se esfumara como si ella fuera una tarea ya tachada de su lista.

El huracán que había seguido al primero se había convertido en tormenta tropical para el viernes; sin embargo, los vuelos pequeños seguían varados en Trinidad por precaución.

El domingo, tras aterrizar en la ciudad, el chofer la escoltó hasta su edificio. Antes de despedirse, el hombre soltó unas palabras que la dejaron helada:

—No debería abandonar la agencia, señorita LeBlanc. Mi jefe no volverá a molestarla. Él no perderá a su mejor directora solo por… un arrebato.

¿Arrebato? La palabra le escoció más que las puñaladas arteras de Soledad.

—No me quedaré sin empleo por algo que ambos podremos olvidar con un poco de empeño —respondió ella, forzando una ambigüedad profesional antes de huir hacia su apartamento.

Pero mientras subía el elevador, supo que no iba a olvidar nada.