10 — Actualización del caos territorio inexplorado
El correo no solo era una invitación: también incluía un itinerario con el mapa de los lugares donde recibiría a los clientes, se realizaría la reunión de negocios y se celebraría la firma del contrato.
Cassandra no sabía qué pensar.
Por un lado, el honor de representar a SS Enterprise en un negocio internacional le calentó el corazón.
La sensación de ser un apestoso zorrillo se esfumó, al menos hasta que regresara a la publicitaria, donde el hervidero de chismes de Alice García —su enemiga juramentada— filtrara que la directora creativa se iba de viaje a solas con el CEO.
Y ahí estaba la ridícula pregunta que no le permitía disfrutar el logro: ¿por qué?
¿Querría algo más de ella?
¿Empezaría a cobrar ese jugoso aumento que le había dado?
Al día siguiente, el auto no la llevó al aeropuerto internacional, sino a un hangar privado.
Frente a ella, un jet de lujo brillaba bajo el sol, insultantemente elegante.
Sintió que su autoestima, todavía en yeso, se encogía ante semejante despliegue.
—Hemos llegado, señorita LeBlanc.
El chofer —el mismo que días atrás la había visto salir de una habitación de hotel con la dignidad en jirones— le abrió la puerta con un profesionalismo que ella agradeció en silencio.
Al subir, el rastro del señor Von Richter era inexistente, pero su ausencia pesaba más que su presencia.
Cassandra se reprendió al sentir una punzada de decepción.
No seas idiota, se dijo, mientras sus orejas se encendían al recordar el calor de aquel cuerpo que parecía esculpido por un animador de K-pop.
Estaba confusa, vulnerable por tantos golpes y decepciones.
En ese momento recordó a Valeria, su errática prima.
Cómo le hubiera gustado tener, al menos en ese instante, la compañía de esa grandísima tontaina que siempre sabía hacerla reír cuando todo ardía.
Trinidad la recibió con un sol implacable y una reunión de negocios que Cassandra ejecutó con precisión de relojero suizo.
Sin embargo, la victoria profesional se amargó rápido: el socio principal tardaría dos días en llegar.
Dos días atrapada en un resort de lujo con todo incluido.
Una tortura diseñada para una mujer con la estabilidad emocional de una galleta Oreo mojada, rodeada de palmeras, cócteles y parejas felices que parecían contratadas para torturarla.
Porque recordaba atardeceres en mitad de una playa en Aruba con… Sebastián.
Y, como si el recuerdo lo hubiera invocado, el «equipo de súper amigos» reapareció activo y con saldo:
«¿Me extrañas?», escribió Sebastián.
—¿Extrañarlo? Ni que fuera mis chanclas favoritas —bufó.
Estaba a punto de guardar el celular cuando entró otro mensaje:
«¿Puedo prestarle tus muñequitos a Albita?»
¿Muñequitos?
La indignación le devolvió la vida.
Eran chibis coleccionables, ediciones limitadas, no juguetes de guardería.
Cassandra no respondió.
Bloqueó la pantalla e hizo lo único sensato: caminar hacia la playa.
El atardecer teñía el mar de naranja mientras Cassandra buscaba refugio en el restaurante asiático del hotel.
No tenía nada que ver con los ojos rasgados de su jefe, se convenció a sí misma, mientras pedía una copa de vino blanco.
Sostuvo el cristal frío contra su piel y brindó al aire.
—Por usted, señor Von Richter.
Un brindis cargado de sarcasmo y gratitud.
Nada mal para una mujer cuyo lunes había comenzado como tragedia griega y cuyo miércoles terminaba en un paraíso pagado por el hombre más enigmático de su oficina.
La cena fue deliciosa, una anestesia necesaria para su vida sentimental en picada.
Pero la paz duró poco.
Caminando por los pasillos, Cassandra divisó una silueta sospechosa: el chofer de Von Richter.
Detalle inquietante: él no había viajado con ella.
¿Cuándo se había trasladado hasta Trinidad?
El jet privado habría tenido tiempo para ir y venir, sí, pero eso no explicaba por qué estaba ahí.
Un escalofrío le recorrió la espalda, como si hubiera entrado en un capítulo distinto al suyo.
La curiosidad —esa traidora— la obligó a seguirlo.
El hombre hablaba por teléfono, frustrado:
—¡Necesito al actor el día y la hora acordados!
¿Actor?
El cerebro de Cassandra hizo cortocircuito.
¿Estaban montando una obra?
¿Un OST sonando de fondo?
Eso solo pasaba en los dramas coreanos de presupuesto infinito, no en su desastrosa realidad.
Pero antes de que pudiera procesarlo, otra figura emergió de las sombras.
Alta, imponente y devastadoramente reconocible.
La luz del pasillo le dibujaba un halo que no ayudaba en absoluto a su estabilidad emocional.
—¿Qué te dijeron? —la voz de Daniel Von Richter no solo le erizó la piel; le colapsó el servidor interno.
Si iba a venir de todas formas a Trinidad, ¿por qué no viajaron juntos?
—Si el actor no llega a tiempo —sentenció Von Richter con una calma gélida—, simplemente extenderemos la visita de la señorita LeBlanc en Trinidad.
Silencio total.
Cassandra, tras una columna, sintió el peso de la revelación.
¿Clientes falsos?
¿Una puesta en escena caribeña solo para retenerla?
¿Por qué gastar una fortuna en manipular su agenda?
Su mente, oficialmente cochambrosa, empezó a fabricar teorías de manhwa premium.
Sumida en su indignación, no notó cuándo él se despidió del chofer.
Lo siguió por instinto hasta una suite, donde él se detuvo en seco.
Antes de que pudiera retroceder, Von Richter se giró hacia su escondite con precisión depredadora.
—Veo que ya me ha descubierto, señorita LeBlanc.
Cassandra quedó petrificada, el aire atascado en sus pulmones.
—Quizás le guste disfrutar una botella de vino en mi habitación.
El mundo dejó de girar.
Cassandra comprendió dos verdades alarmantes:
Daniel Von Richter estaba jugando un juego muy peligroso,y ella, contra todo instinto de supervivencia, estaba sedienta.Y no precisamente de vino.
La puerta se cerró con un clic elegante e intimidante.
Si su habitación era lujosa, la suite del CEO era una declaración obscena de poder; un espacio minimalista donde la palabra lujo parecía arrodillarse.
Cassandra se sentó en el sillón con la disposición de un cactus en una gala.
Cuando Daniel se acercó con dos copas, ella dejó la suya sobre la mesa sin probarla.
Un gesto sutil, pero brutalmente claro: No estoy aquí para jugar.
—¿Está enojada por algo? —preguntó él, sentándose frente a ella con una mirada afilada.
—Escuché a su chofer. Hablaban de un actor —soltó Cassandra, lanzando el ataque directo—. ¿Armó todo este teatro para traerme a Trinidad?
Von Richter no se inmutó; sonrió.
Una sonrisa que la irritó más que cualquier mentira.
—Cualquiera de mis empleados habría considerado esto un regalo.
—¿Un engaño es un regalo? —replicó ella, inclinándose hacia adelante—. Hasta contrató actores.
—Si el engaño hubiera sido barato —dijo él, atrapando sus ojos—, usted no se lo habría tragado.
Daniel se levantó y, rompiendo la distancia profesional, se sentó en la mesita frente a ella.
Cassandra sintió que el aire se espesaba.
—Si la hubiera invitado a pasar unos días aquí… ¿habría aceptado?
El silencio de Cassandra y el rubor que traicionó sus mejillas fueron su respuesta.
—Eso imaginé —continuó él en voz baja—. Investigué su «enfermedad» de la semana pasada, señorita LeBlanc.
Cassandra sintió que la sangre abandonaba su rostro.
Estaba expuesta.
—Sé que el certificado médico lo firmó el novio de su prima. Sé que la oficina es un hervidero de chismes sobre usted, Del Valle y Benítez. Temí que esos dos descarados la presionaran hasta obligarla a irse.
—¿Por eso me subió el salario? —susurró ella.
—No íbamos a prescindir de usted por un par de mediocres —dijo Daniel, tomándole las manos.
El contacto fue eléctrico, una descarga que le devolvió la nitidez al mundo.
—Solo quiero lo mejor para usted. Nadie debería tener el poder de hacerla llorar.
Las palabras cayeron como azúcar en una herida abierta, recordándole aquel manhwa donde el mago demoníaco mantenía a la heroína en una ilusión perfecta.
—Eso no contesta lo más importante, señor Von Richter —replicó ella, sobreponiéndose a su cercanía—. ¿Por qué hacer tanto por una persona que apenas conoce? ¿No cree que se le pasó la mano?
Las palabras lo hicieron sonreír ligeramente, mirándola con un aura de misterio, como si dudara entre responder o dejarla en suspenso.
Cassandra sintió el impulso de gritarle que hablara, que soltara lo que tenía entre pecho y espalda, que no siguiera cargando su corazón de chibi.
Entonces, él levantó el dorso de su mano con curiosidad, justo en el punto entre el pulgar y el índice, donde siempre le quedaba una marca roja luego de masajear con energía con su otro pulgar.
Von Richter rió suavemente, una sonrisa genuina, fresca, que lo liberaba de, al menos, unos diez años.
—Si continúas haciendo eso, te vas a acabar la comisura del pulgar —le indicó, dejando a Cassandra petrificada, como si de pronto se activara una mazmorra instantánea.
Su cerebro abrió veinte pestañas a la vez y ninguna cargó.
Nadie en el mundo sabía cómo se llamaba la parte que unía el índice con el pulgar… o eso creía haberle dicho a alguien.
«Si continúas haciendo eso, te vas a acabar la comisura del pulgar.»
Las palabras eran exactas a las que le habían dicho en el pasado.
Junto a la misma sonrisa.
¿Cómo demonios lo sabía Daniel?
—¿Nos hemos visto antes? —preguntó ella, con la voz más firme de lo que esperaba.
Daniel la miró como si un jefe de nivel cien hubiera aparecido en un mapa de principiantes.
Su expresión parecía evaluar qué responder… y eligió la única opción que no respondía nada.
Se inclinó.
El aire entre ellos se tensó, como si el universo hubiera pulsado enter.
Y la besó.