09 — Apropiación del vínculo emocional caso tarta de limón
El traqueteo del metro marcaba el ritmo de sus dudas.
¿Qué hacía Daniel Von Richter en una cafetería universitaria?
El escenario no encajaba por ningún lado.
Un hombre que desayunaba acciones en la bolsa y vestía trajes que costaban más que su coche no hacía postgrados en Latinoamérica; de estudiar, lo haría en Harvard o Yale, rodeado de siglas intimidantes y prestigio extranjero.
¿Sería un profesor invitado?
No.
Von Richter no improvisaba su imagen, y sus jeans y suéter negro gritaban incógnito, no catedrático.
Una pregunta irracional le revolvió el estómago:
¿Había ido allí para impedir que se viera con Sebastián?
Descartó la idea por absurda, pero el vacío en el pecho regresó justo cuando el metro anunciaba la estación en la que debía bajar.
Al final, no importaba el CEO; lo que dolía era Sebastián.
No era solo el engaño, sino la arrogancia de su traición.
Se había dejado encontrar desnudo en su cama porque, tras ocho años, la consideraba un mueble más de la casa: una novia tan confiable y estúpida que jamás miraría debajo de las sábanas.
Y, sin embargo, a pesar de toda esa humillación, del dolor de años de convivencia, de tantos recuerdos que valían más que el oro para ella, necesitaba saciar esa pregunta.
¿Por qué?
Al entrar a su apartamento, el silencio la golpeó como una bofetada.
El aire olía a la limpieza forzada de su prima Valeria y a desodorante ambiental, pero el lugar ya no era un hogar; era un mausoleo de errores sentimentales.
Cada rincón le recordaba un debate por el lugar de sus chibis o la elección del auto de Sebastián.
El vacío gélido comenzó a ahogarla, pero no tenía a nadie a quien recurrir.
Sus exes, su escudo salvador en cualquier otro momento, eran la causa de todo este dolor.
Quizás podría recurrir a Valeria, su última prima soltera, pero era un riesgo de que su madre se enterara de detalles que ni ella misma quería admitir.
Suspiró.
Justo cuando una lágrima amenazaba con romper su guardia, el teléfono vibró.
«Nuevos capítulos desbloqueados.»
Cassandra soltó un suspiro que era mitad risa y mitad sollozo.
Su manhwa favorito.
La única anestesia que su sistema toleraba.
Buscó la botella de vino tinto que Valeria no había logrado vaciar y se hundió en el sofá.
Esa noche, el mundo real quedaría suspendido entre copas de cristal y reinos imposibles, donde, a diferencia de su vida, la heroína siempre encontraba el camino de regreso al trono.
Cassandra despertó con una resaca más épica que el engaño de Sebastián.
Su cabeza latía con una violencia criminal, pero le resultaba terapéutico: el sufrimiento físico, puro, crudo y duro, no dejaba espacio para los hubieras.
Sí, sí.
El dios del manhwa se resistía a aparecer, devolverla ocho años atrás cuando finalmente —y después de meses de cortejo— le aceptó la cita al hombre que ahora le había destrozado el alma.
Salió de casa convertida en un desodorante ambiental humano.
Tras una ducha de media hora y media botella de perfume, su miseria tenía ahora un aroma premium capaz de eclipsar la pestilencia habitual del metro.
Cassandra sonrió ante la ironía: los extraños le agradecían con la mirada el rastro floral que ocultaba su rancio arrepentimiento líquido.
Solo la señora María, con su radar para la tragedia, notó el desastre.
Apareció en la oficina una hora antes de lo habitual y depositó sobre el escritorio un café grande y dos Alka-Seltzer con una negligencia calculada.
No se dijeron nada.
Aquello era diplomacia femenina de alto nivel.
La paz duró hasta el almuerzo.
Decidida a no presenciar el simulacro de «casita feliz» en la cocineta, Cassandra abordó el elevador.
El descenso fue interrumpido por Luján, otro director creativo y practicante avanzado de la amabilidad tóxica.
—Es curioso —soltó él con una inocencia artificial— cómo algunas personas olvidan que deben ser un ejemplo para su equipo.
El golpe fue directo.
Luján no iba a perder la oportunidad de señalar una resaca que se olía a un país de distancia.
Cassandra no respondió.
No se rebajaría a su nivel; ella era una dama, aunque él solo fuera practicante a caballero.
Entonces llegó lo verdaderamente insoportable: Soledad.
Apareció con su clásica expresión de «no mato ni una mosca», aunque en realidad las aniquilara a todas sin que nadie lo notara.
El perfume dulce llegó antes que ella, como una advertencia.
—Cassy… ¿podemos hablar? —soltó con esa vocecita melosa que Cassandra antes confundía con amistad.
Cassandra asintió por pura inercia.
Sabía lo que venía.
Era el guion de siempre:
«Nunca planeé que esto sucediera», «no sé cómo me enamoré», y el devastadoramente predecible «Solo te pido que nos dejes ser felices».
¡Por el dios del manhwa!
Cassandra cerró los ojos, agotada.
Era la vez número diecisiete que presenciaba el mismo espectáculo de «amor verdadero».
Ya había perdido la cuenta de cuántos «príncipes» habían pasado por la vida de Soledad después de Rubén, el padre de sus hijos.
El ciclo siempre era idéntico: una epifanía romántica que terminaba con el príncipe convertido en cucaracho, y Cassandra allí, recogiendo los pedazos.
Ahora se preguntaba si tenía mala suerte, si atraía invocaciones demoníacas por defecto… o si, francamente, la invocación demoníaca era Soledad con uñas acrílicas.
Y lo peor era que la invocación siempre funcionaba.
—Las crónicas de un desastre anunciado… —murmuró Cassandra.
Soledad no entendió la referencia, y Cassandra ni siquiera se molestó en explicarla.
Si el patrón se repetía, Sebastián estaría libre y arrepentido en menos de lo que dura una temporada de anime en una plataforma de streaming.
Entonces, quizás —y solo quizás— ella estaría dispuesta a compartir una plática en la cafetería de siempre.
Y hasta pudiera perdonarlo.
—Sé que las cosas no sucedieron de la mejor manera, Cassy —habló Soledad, con esa vocecita entre emocionada y tímida que ahora odiaba más que nunca.
Cassandra continuó mirando la pantalla, jugando su papel de ejecutiva fría y profesional.
Pero a Soledad parecía no importarle.
—Sin embargo, estoy segura de que ha sido lo mejor.
Sebastián no era el hombre que tú necesitabas…
en cambio, mis hijos son felices con él.
Ayer, por ejemplo, llegó un poco tarde de lo habitual, pero recompensó a los niños comprando postres para todos —aseguró—.
Una tarta de limón de no sé qué cafetería que él solía frecuentar hacía un tiempo.
Los dedos de Cassandra se detuvieron de inmediato.
Porque conocía muy bien esa tarta de limón.
Su postre favorito de la cafetería universitaria.
Recordó el contraste perfecto entre el ácido y el dulce, ese equilibrio que antes le sabía a refugio… y ahora le sabía a traición.
¿Se los había llevado de postre a los hijos de Soledad?
El recuerdo de tantas tartas de limón compartidas comenzó a corroerse en su memoria, como si estuviera bañado en lejía.
—Agradezco a Dios que todo esto no te haya afectado tanto, mi querida Cassy. Temía que… —su voz de anime mal doblado se convertía ahora en una mezcla de llanto por felicidad.
Una que le estaba revolviendo el estómago.
—… que no lo comprendieras… y que te llenaras de rencor. Que nos hicieras echar de SS Enterprise por un asunto tan personal —finalizó.
Cassandra no se dio cuenta de cuándo había arrugado un papel del informe que debía presentar esa misma tarde.
—Haz lo que quieras, Soledad —sentenció con un hastío que le pesaba en los huesos—. Solo no me molestes más con el tema.
Cassandra mantuvo la máscara de hierro mientras Soledad se retiraba con una sonrisa de «gracias» que ya anunciaba su verdadero guion.
No venía a explicar nada.
Venía a presumir su conquista.
A dejar claro que Sebastián era suyo ahora… y que Cassandra podía quedarse con las migajas, siempre y cuando aceptara que el plato fuerte llevaba el nombre de Soledad.
La oficina se había transformado en un reality show escabroso diseñado por el más creativo de los demonios.
De pronto, el ordenador emitió un sonido.
Cassandra se tensó, rogando que no fuera otro correo de Sebastián.
Al mirar la pantalla, el corazón le dio un vuelco.
«De: Daniel Von Richter.
Prepare su pasaporte. Necesitamos ver un cliente mañana mismo.»
Cassandra parpadeó, con el dedo suspendido sobre el mouse.
El mundo, una vez más, había perdido toda lógica.
O quizás, por primera vez en ocho años, estaba empezando a tener una nueva.
Y no sabía si debía temerla… o celebrarla.