MANUAL ANTI MOSCAS MUERTAS 08 — Interferencia crítica por factor destino
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08 — Interferencia crítica por factor destino

La reunión de la tarde fue un ejercicio de tortura psicológica avanzada.

Allí estaba su equipo de siempre, flanqueado por Sebastián y Soledad, quienes estratégicamente se habían sentado en extremos opuestos de la sala.

El ambiente estaba tan cargado que Cassandra sintió un pinchazo en el estómago, como si la sala entera hubiera girado un grado hacia el caos.

El resto de los creativos no sabía si abrir sus libretas o preparar palomitas para el chisme del siglo: la jefa, la secretaria y el novio de años.

Sí, lo sabía muy bien.

Ella tenía que ser el objeto premium de la burla en la oficina, en especial después de esa declaración a los cuatro vientos de «Ese hombre es mío», que hizo Soledad en la cocineta mientras se exhibía como la mejor ama de casa del mundo.

Luego, como si estuvieran en el cine, dos de sus creativos, Luis Torres y Agustín Lara, comenzaron a reírse por lo bajo.

Cassandra creyó escuchar dos nombres: «Alice» y «Graciela».

No entendía qué tenían que ver con ella, pero la risa contenida le raspó los nervios.

Todo parecía sacado del mejor manhwa de drama.

Esa reunión fue una labor titánica.

Todos parecían tener la mente en las nubes en lugar de en la carpeta que Soledad debía haber repartido hacía una hora; un documento que el señor Von Richter le había enviado directamente a su buzón, saltándose incluso a la junta directiva.

A pesar de que a su equipo se le había olvidado que les pagaban por trabajar y no por especular, Cassandra se armó de paciencia.

Les presentó el proyecto como quien explica una lección de preescolar, luchando contra el impulso de usar un sarcasmo letal o de levantarlos a gritos.

Porque Cassandra LeBlanc era una profesional.

Una mujer adulta.

Una directora de campaña impecable. (Y, definitivamente, no una bomba emocional ambulante).

Cuando finalmente asignó las tareas y la sala se vació, se permitió, al fin, respirar.

Ser adulta funcional debería venir con un manual y un bono de supervivencia.

En su escritorio había muchos pendientes atrasados y correcciones.

No solo estaba el nuevo cliente: debía organizar reuniones para presentarle a los antiguos.

Mientras tanto, Albita seguía entre sus muebles, con Selenia, la princesa encantada, y Héctor, el mago archiduque.

La imagen la enternecía y, a la vez, la odiaba.

¿Cuánto tiempo más soportaría aquella situación?

La pregunta ni siquiera alcanzó a asentarse cuando un sonido interrumpió sus pensamientos.

Un correo electrónico.

Breve.

Conciso.

Devastadoramente irritante.

«De: Sebastián Del Valle.

Recuerda nuestra cita. ^_~»

Cassandra cerró los ojos.

Incrédula.

¿Cita?

¿CITA?

¿Luego de haber almorzado con Soledad y Albita, como si jugaran a ser la familia modelo de un folleto inmobiliario?

¿Luego de su pequeño desliz?

—Maldito cínico… —murmuró.

Pero su corazón —traicionero como siempre— latió más rápido.

Sintió un latigazo caliente subirle por el cuello.

La rabia seguía invadiendo su pecho como cuando el Wi-Fi decide colapsar justo antes del estreno del capítulo final del manhwa que lleva siglos esperando.

Y entonces tuvo una epifanía:

Debía acabar con todo esto de una vez y para siempre.

Horas después, cuando Cassandra salió del metro, caminó hasta aquel local conocido.

La cafetería seguía igual.

El olor a grano quemado, el letrero desvencijado que apenas se sostenía por un par de remaches oxidados, y aquellas mesas de madera donde tantas generaciones habían tallado sus nombres dentro de corazones.

El timbre oxidado de la puerta sonó como un recuerdo que no quería revivir.

Cassandra permanecía de pie al otro lado de la calle.

Inmóvil.

Observando.

Sebastián estaba allí.

Sentado en la misma mesa de siempre.

Mirando su reloj.

Ella sabía qué hora era.

La misma hora en que se habían encontrado tantas veces.

Y, por primera vez en toda la jornada… no supo qué hacer.

No tenía valor para entrar.

Ni fuerza para marcharse.

Porque el peso de los años compartidos era brutal.

Espantosamente felices.

Y, dando una mirada hacia atrás, cada recuerdo ahora dolía.

Y, como una notificación de celular, un recuerdo emergió.

Su abuela y sus advertencias.

Aquellas conversaciones que Cassandra, siendo niña, escuchaba sin comprender del todo.

Sabía de la tía que no era hija de su abuela, la infidelidad del abuelo.

Sabía del dolor silencioso que su abuela cargó durante años.

Recordaba a su abuela mirando por la ventana como si vigilara un campo minado de mujeres imaginarias.

No solo dolía la infidelidad, sino que cada mujer, cualquiera que fuera, activaba la imaginación de su abuela de la peor y más cruel manera posible.

Porque, para ella, inevitablemente, las secretarias de su elegante oficina, la mesera de su restaurante favorito, incluso la cajera del banco… todas y cada una de ellas eran amantes de su esposo.

Así jugaban los celos: susurrando historias que nunca habían ocurrido, torciendo la luz hasta que todo pareciera tinieblas y convirtiendo cada sombra en amenaza, cada mujer en un fantasma que acechaba para quitárselo.

El consejo de su abuela no era una simple advertencia, sino la cicatriz que le dejó la vida, una sentencia escrita con años de dolor:

«Si lo perdonas una vez, lo perdonarás siempre.»

Cassandra tragó saliva, recordando lo que seguía a ese refrán:

«Perro huevero, aunque le quemen el hocico.»

¿Estaba dispuesta a perdonar todas las futuras infidelidades de Sebastián?

El pensamiento le heló la sangre.

Pero otra duda, insidiosa, incómoda… se coló en su mente.

Era la primera vez, ¿no?

Después de todo, eso era lo que él había dicho.

Quizás estaba arrepentido.

Quizás había sido realmente un error.

Recordó su expresión durante el almuerzo.

Nervioso.

Incómodo.

Casi culpable.

También en la reunión.

Él y Soledad no parecían precisamente en buenos términos.

Y luego estaba el mensaje, el correo electrónico con su dirección de la empresa.

Al menos había intentado comunicarse con ella, ya que Cassandra había desinstalado QuéHay la semana anterior, esa aplicación verde que ahora solo servía para recibir mensajes de su miseria.

Cuando el amor por el chisme estaba consumiendo el alma de todos en SS Enterprise, como si hubieran hecho un pacto con un monje demonio.

Miró la calle.

Solo debía cruzar.

Escuchar sus explicaciones y luego decidir si mandarlo definitivamente al demonio o no.

Nada más.

Un simple acto de valentía que la libraría de todo ese mar de pensamientos para siempre.

Y justo cuando dio un paso… lo vio.

Un hombre vestido completamente de negro y una gorra que dejaba ver muy poco de su cara.

Una presencia imposible de ignorar.

Cassandra dejó de respirar.

Porque lo reconoció al instante.

Sin margen de error.

Daniel Von Richter.

¿Qué demonios hacía allí?

¿En aquella cafetería universitaria perdida en medio de la ciudad?

Nadie en SS Enterprise podría imaginar al mítico CEO —uno que consideraban más emparentado con Damon Salvatore que con Kim Soo-hyun (¿o se parecía más a Lee Jong-suk?)— en una simple cafetería comprando café regular o un matcha, quizás.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

Si entraba a esa cafetería…

Si él la reconocía tan bien…

Si por casualidad quería preguntar por su nuevo cliente…

No.

Y todavía había una conversación pendiente entre ambos.

Sobre aquella noche.

Una de la cual Sebastián jamás debía enterarse.

Jamás.

Así que tomó su decisión.

Giró sobre sus talones.

Y bajó las escaleras del metro casi en trance, escapando de dos fantasmas a la vez: el de su pasado, que la esperaba con una sonrisa ensayada en una mesa de madera, y el de su futuro, que vestía de negro y olía a café amargo.

Daniel Von Richter no era una coincidencia; era una notificación del destino advirtiéndole que el manhwa de su vida acababa de cambiar de género.

Y ella no sabía si estaba lista para ese nuevo capítulo.