07 — Registro de contaminación emocional persistente
—¡Mira, tía Cassy! —exclamó la niña con entusiasmo genuino.
La sonrisa en la cara de Cassandra no era forzada; amaba a esa niña.
Y le rompía el corazón saber lo que pasaría con ella y sus hermanos si hacía lo correcto.
Porque Albita no tenía la culpa.
Jamás la tendría.
Soledad se aclaró la garganta.
—Sé que debí avisarte… —dijo con voz dulce, casi maternal—. Pero no sabía si en realidad ibas a venir o no… como no contestas tu teléfono.
Cassandra quería ahorcarla, de la misma manera en que el grillete sentimental lo hacía con ella.
Y no metafóricamente: ya estaba calculando la longitud del cable del monitor.
Se imaginaba lo satisfactorio que sería, la justicia actuando en este mundo cargado de injusticias.
No, el mundo no funcionaba así.
Cassandra miró a la niña.
Sus ojos estaban brillantes y su nariz, despejada.
Su energía, intacta.
Estaba más que claro.
No era que Albita ahora no estuviera resfriada.
Era que probablemente nunca lo estuvo.
¿El dios de las casualidades había actuado?
Ja.
El grillete se apretaba, de la misma manera en que Cassandra se daba cuenta de lo descarada que era Soledad.
—Deja a Albita jugando aquí, no te preocupes —le dijo sin un atisbo de amabilidad en la voz—. Estoy esperando un correo con los detalles de un nuevo cliente, así que necesito que te encargues de armar los informes.
La expresión de Cassandra transmitía un único mensaje: Lárgate de mi vista.
Soledad sabía que ya no debía tentar más a la suerte, así que se retiró justo cuando aparecía la señora María.
Como siempre, andaba con su sonrisa habitual, su andar ligero y su carrito lleno de artículos de limpieza.
El carrito chirrió como si anunciara el Apocalipsis del chisme.
Con ese aire risueño y peligrosamente enigmático que la convertía, sin discusión alguna, en la principal agencia de noticias internas de SS Enterprise.
—¡Buenos días, señorita LeBlanc!
Ahí estaba.
La voz del pueblo.
La traficante del chisme.
La mujer que sabía absolutamente todo lo que ocurría en la empresa… incluso antes de que ocurriera.
La señora María fue cordial, como siempre.
Se mostraba amable… y esa era una mala señal.
Y peor era cuando su sonrisa era tan amplia como la de ahora.
—Buenos días, señora María —dijo Cassandra con tono amable—. ¿Cómo ha estado todo por aquí?
A la sonrisa de la mujer se le pegó un brillo tan oportuno que parecía quitarle veinte años de golpe.
Una señal de que todo lo que dijera de ahí en adelante sería para ocultar lo que corría por cada pasillo de la publicitaria.
—Todo bien, señorita… todo bien.
Cassandra asintió.
Y, con sutileza mordaz, lanzó la pregunta clave:
—¿Qué hay de nuevo en la oficina?
La señora María detuvo la pequeña aspiradora entre los muebles.
Mala señal.
Una confirmación silenciosa de que el aire estaba envenenado.
Pero Cassandra mantuvo la compostura.
Porque sabía algo esencial:
Si no eres cordial con la fuente de información… te convertirás en su fuente.
Y para su alivio… la mujer comenzó como siempre.
—Pues verá… resulta que ya todos podemos confirmar la relación secreta entre Melissa De León y su amante, Juan Arjona…
Ah, perfecto.
Había más tentempiés que su trágica miseria.
—La semana pasada dejaron en la recepción una orden de alejamiento a la señorita Melissa de parte de la esposa de Arjona…
Cassandra reprimió una sonrisa.
Maldita zorra, pensó mientras fingía revisar el correo en su computadora.
—Según cuentan, la esposa los encontró en un bar y se armó un escándalo descomunal. Ambas mujeres se agarraron de las greñas y…
Cassandra asentía lentamente, mientras la historia avanzaba hasta su clímax.
—También está Camarena…
Y así siguió.
Durante media hora gloriosa y perfectamente trivial.
Era como ver una telenovela, pero sin comerciales para respirar.
Los chismes iban desde ideas robadas, celos creativos, hasta el caso de Camarena, que quería un aumento porque estaba hasta el cuello en deudas por culpa del juego…
(Qué descarado.)
Ah, SS Enterprise seguía siendo el mismo.
Funcionando dentro de su absurda previsibilidad.
Pero había una pregunta inevitable.
Una que debía formular.
—¿Y qué se dice de mí?
Cassandra podía jurar que escuchó cuando María tragó en seco.
El limpiador de muebles se detuvo.
El trapo quedó suspendido en el aire.
Cassandra no necesitó más indicadores. Aquello ya era diagnóstico confirmado.
La señora María la miró. Como si evaluara cuánto veneno era prudente administrar.
—Lo que se dice de usted… —hizo una pausa—. No es más de lo que usted ya sabe.
Su respuesta fue impecable, elegante. Si había algo que Cassandra sabía era que la señora María no tenía un pelo de tonta.
Cassandra entrecerró los ojos.
Y cuando creyó que la conversación había terminado…
La mujer le sonrió a la pequeña Albita, aún sentada en medio de los chibis.
Luego añadió, en tono más bajo:
—Cuídese.
Hizo otra pausa densa y pesada.
—Cuídese mucho, señorita LeBlanc. Cuídese de cucarachos y víboras.
El mensaje cayó con la suavidad de una lija para metal oxidado.
Un escalofrío le recorrió la columna.
—Créame, señora María… —respondió Cassandra, recuperando su filo habitual—. He buscado un buen insecticida durante días.
La mujer arqueó una ceja.
—Pero no he encontrado ninguno realmente efectivo.
Una pequeña sonrisa peligrosa apareció en el rostro de María.
—Lo más eficiente sigue siendo aplastarlos.
Cassandra tragó saliva.
La señora María tenía una sonrisa críptica, casi cómplice.
—Una cosa más, señorita Cassandra —añadió, justo antes de tomar la perilla para irse—. Debería hacer un exorcismo en esta oficina.
Cassandra la miró como si, de repente, la mujer necesitara un boleto directo a la casa de la risa.
—No la entiendo —se limitó a decir.
—Pues, que la semana pasada escuché risitas, como si sus muñequitos estuvieran haciéndose cosquillas —aseguró con una especie de seriedad cómplice.
Luego lo entendió.
No se trataba de que sus chibis vivieran repentinamente, como si fuera algún hechizo de invocación.
Algo que confirmó cuando la señora María prosiguió:
—También mandaría a quemar esos muebles de su pequeña salita. Estoy segura de que, si le ponen de esas luces negras que salen en las películas de detectives, se verían todos llenos de luces fluorescentes.
La mujer salió como si estuviera escapando de una explosión, luego de dejar una mecha de dinamita encendida.
El aire quedó impregnado de un aroma tenue a café recién hecho… y presagios inquietantemente claros.
Cassandra permaneció inmóvil.
La metáfora era asfixiantemente clara.
Miró a Albita rodeada de chibis absurdamente felices, en medio de esos muebles profanados.
Respiró profundo.
Ellos no serían capaces, ¿o sí?
Además, ¿quién le estaba suministrando la información?
¿La señora María?
¿La traficante indiscutible de chisme?
De seguro se lo había dicho para ver cómo reaccionaba.
Para terminar de volverla loca y tener otro chisme jugoso y fresquecito.
No, no debía caer en esa trampa.
Tomó otro respiro y volvió a ver a Albita.
Si nada de eso era cierto, si volvía a ver su dilema en primer plano, aún estaba su corazón derritiéndose por esos niños que seguían siendo sus ahijados.
Sí, sí.
Soledad no estaba jugando limpio.
Tenía que aceptar una verdad devastadora:
Esto era una guerra, y las guerras nunca eran limpias.
Y las más feroces siempre se libran contra quienes alguna vez amaste.
Y, aun así, se preguntaba:
¿Ella sería capaz?
¿Cómo demonios podría hacer algo en contra de ellos?
Sebastián había sido su vida durante ocho años.
Soledad había sido su amiga desde la secundaria.
Su confidente.
Casi su hermana.
La respuesta, inquietantemente clara, le llegó justo al mediodía, cuando Cassandra levantó la vista de su pantalla…
Ahí estaban en la cocineta.
Perfectamente visibles gracias a la maldita pared de vidrio.
Una brillante idea corporativa que permitía a los jefes controlar cuánto tiempo desperdiciaban los subalternos en su hora de almuerzo.
¡Por el amor al cielo!
Ahora quería matar al genio de la gran idea.
Soledad sacaba una lonchera grande, con comida para tres.
Por supuesto que la había.
Sebastián llegó segundos después, nervioso.
Como quien camina hacia un campo minado.
Soledad, en cambio, sonreía radiante, delante de los compañeros de trabajo: Alice, Arcadio, Graciela, Narciso, Irma y el resto.
Introducía recipientes en el microondas como si estuviera en el comedor de su casa, sonriéndole a la pequeña Albita… y a Sebastián.
Cassandra sintió cómo algo dentro de su pecho se desgarraba lentamente.
¿En serio él la había invitado a una cita en la noche?
Si pensaba reconciliarse con ella, ¿cómo es que estaba ahora en la cocineta de la empresa jugando a la casita feliz con Soledad?
Y entonces algo más invadió su mente.
Recordó todas las veces que Sebastián le había dicho lo mucho que le encantaba la lasaña de Soledad.
Lo mismo que le estaba sirviendo ahora.
El pensamiento cayó como un cuchillo helado.
¿Desde cuándo adoraba esa lasaña?
¿Desde cuándo exactamente?
Las dudas comenzaron a roerle la mente, igual que lo habían hecho la semana anterior, entre un manhwa y otro.
Cada página con una situación diferente; sin embargo, ella no veía a los protagonistas, sino a sus entrañables exes.
Roces debajo de la mesa, besos fugaces mientras ella estaba cocinando, visitas a su casa alegando que estaba con sus amigos.
Cada vez que vio una situación sospechosa, mientras Sebastián alegaba que «solo eran ideas suyas».
Cada escena le recordaba su propia vida, y en cuántas veces habría estado en una u otra situación. Entonces, las insinuaciones de la señora María cobraron más veracidad.
El hoyo en su pecho se hizo más grande, más profundo, más insoportablemente doloroso, mientras Albita le sonreía a su nuevo «papi».
Cassandra hizo lo único saludable que pudo pensar: cerró las persianas.
Las varillas de plástico crujieron al sellar su despacho, ocultando la farsa doméstica de la cocineta.
Pero, aunque la oficina quedó en penumbras, la imagen de Sebastián aceptando ese plato de lasaña permaneció grabada detrás de sus párpados, quemando como un sello de hierro caliente sobre la última pizca de piedad que le quedaba.