MANUAL ANTI MOSCAS MUERTAS 06 — Manipulación afectiva encubierta
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06 — Manipulación afectiva encubierta

Durante unos segundos, Cassandra simplemente se quedó mirando la pantalla apagada del computador.

Las palabras de Sebastián regresaron como un eco venenoso, clavándose detrás del esternón.

«Tú tampoco eres capaz de perdonar.»

«Pequeño desliz.»

Tragó saliva.

Una pregunta silenciosa, incómoda, devastadora, se abrió paso.

¿En serio ya se había acabado su relación?

No porque quisiera volver con él.

No.

¡Dios la libre!

Sino porque la sensación era absurda.

Cruel.

Como si después de nadar contracorriente en un océano infinito, llegaras a la costa, te tomaras un vaso de agua… y te murieras ahogado con el primer sorbo, como si tus pulmones hubieran olvidado cómo funcionar.

Eso era exactamente lo que se sentía.

Ridículo.

Injusto.

Profundamente deprimente.

Con un suspiro pesado, encendió el computador.

La pantalla iluminó su rostro cansado.

Se conectó al sistema.

Intentó concentrarse, recordar que era una adulta funcional y una profesional.

Quince minutos después, alguien tocó la puerta.

Suave, casi delicadamente.

Y sin esperar respuesta, la puerta se abrió.

Soledad apareció con una sonrisa demasiado amable, luminosa.

Demasiado normal.

—Buenos días, Cassy.

Era la misma voz dulce, la misma cara sonriente… de la mujer que gemía en su cama restregándose contra Sebastián.

El estómago de Cassandra se contrajo con violencia.

—Ya organicé toda tu agenda —continuó Soledad, con sonrisa tan inocente como político en campaña—. Las reuniones con los clientes fueron trasladadas para esta semana…

Cassandra apenas la escuchaba.

La mujer que había sido su amiga por casi quince años ahora se le aparecía en una sola versión mental: la escena vívida, repulsiva, imposible de borrar.

Sintió que le faltaba el aire.

—La reunión semanal con el equipo está pactada para esta tarde, como todos los lunes.

Cassandra la miró fijamente.

¿Le estaba tomando el pelo?

¿Tanta tranquilidad después de dinamitar ocho años de su vida?

¿De tirar por el inodoro sus propios años de amistad?

Años de confesiones, complicidades, traumas de la infancia… todo, absolutamente todo, perdido por una arrechera que le quemó el cerebro.

Recordó entonces el caso Ana María Victoria, su exjefa, a quien habían echado como a un perro por armar un escándalo del tamaño de un continente en la oficina, al encontrar juntos a su amante… con su mejor amiga.

Recordó los gritos, los papeles volando, y al amante escondiéndose detrás de una planta decorativa.

No, Cassandra no les daría ese gusto a nadie: ni alimentaría al ecosistema con chismes épicos, ni permitiría que esos dos se vieran como las víctimas.

Si algo había aprendido de las campañas publicitarias y los manhwas de reencarnación era que las guerras más elegantes comenzaban sin agresión y con una presencia casi imperceptible, pero se ganaban en el momento en que el adversario descubría, demasiado tarde, que ya había quedado atrapado en una red de la que no existía escape.

Asintió lentamente a su amienemiga.

Con rigidez.

—Perfecto.

Soledad, como salida de un K-drama de bajo presupuesto, sonrió aún más.

Irritantemente radiante.

Cassandra tomó el teléfono, haciendo un gesto con la mano.

El mensaje era claro: retírate.

Soledad dudó apenas un segundo, pero salió.

La mente de Cassandra retrocedió al momento exacto en que cometió el error de contratar a su mejor amiga como su secretaria personal, un puesto casi en desuso dentro de la publicitaria.

Los cinco directores creativos solían compartir secretaria, ya que las agendas estaban automatizadas y los informes los redactaban ellos mismos.

Todo funcionaba casi optimizado.

Pero Cassandra insistió y convenció a Pérez, un colega.

Le explicó que la carga de trabajo justificaba el puesto, que necesitaban apoyo adicional, y que sería beneficioso para todos.

Y ahora, estar una al lado de la otra era insoportable.

Cassandra no podía irse.

Daniel Von Richter la acababa de comprar con tal de que no se fuera a la competencia.

Así que tenía que despedir a su exmejor amiga.

El pensamiento cayó como un martillazo.

Debía hablar con Pérez.

Jamás le diría que era por motivos personales.

Aunque, con el chisme corriendo como pólvora encendida, dudaba que necesitara explicación alguna.

Fue entonces cuando una voz atravesó la oficina.

—¡¡¡Tía Cassy!!!

Cassandra abrió los ojos de golpe.

El corazón casi le explotó en el pecho.

Y antes de que pudiera reaccionar… un pequeño torbellino humano se lanzó sobre ella.

Albita, con sus siete años, el cabello revuelto y una sonrisa luminosa.

Sus bracitos le rodearon el cuello antes de darse cuenta.

Olía a shampoo de fresa y a infancia.

—¡Tía Cassy, te extrañé!

Cassandra quedó congelada.

El abrazo fue cálido.

Inocente.

Devastador.

La niña la besó en la mejilla con entusiasmo desbordado.

Y Cassandra sintió algo quebrarse dentro de su pecho.

Soledad apareció en la puerta con una expresión de sorpresa tan ensayada que parecía dispuesta a matar para ganarse un Óscar.

—¡Alba! ¡Cariño!

Se acercó rápidamente.

—Perdón, Cassy… ya la había reprendido, pero sabes cómo es… —dijo con sonrisa de anime y tono dulce.

Pero su mirada era impecablemente calculada.

—Está demasiado apegada a ti.

Cassandra la miró.

Sabía que aquello no era casualidad.

Era una jugada.

Una impecable, cruelmente brillante.

La estocada de un esgrimista en una contienda final.

La estocada perfecta de una mosca muerta.

Con su hija Albita, quien seguía abrazada a ella, mientras sonreía.

—Tuve que traerla… está resfriada y no tenía a nadie que me ayudara a cuidarla —añadió Soledad, con una sonrisa que parecía ocultar un sollozo—. Le pediría ayuda a mi exsuegra… pero no está bien crearles ilusiones a los niños, que crean que su papá volverá a casa.

Cassandra se sintió atrapada nuevamente.

Recordó la verdadera razón por la que había luchado por contratar a Soledad.

Albita.

Rubén.

Ricardo.

Los tres hijos que le habían quedado de un divorcio con un padre irresponsable.

Una amiga desesperada con tres bocas que alimentar.

¿Cómo demonios podía despedirla?

¿Cómo podía echarla y dejar a sus hijos en la miseria?

Y entonces recordó, con pesar, por qué de entre todos los villanos que pueblan los cuentos y la vida real, las mejores siempre eran mujeres: porque nadie sabe esconder una daga tan bien como quien te ofrece un abrazo de consuelo.

Cassandra sentía cómo la trampa sentimental se cerraba sobre su cuello, como un grillete que, por supuesto, había estado ahí desde el principio, listo para apretarse en cuanto la presa mostrara un amago de fuga… igual que ahora.

Con Albita frente a ella, absorta en sus chibis —esas figuritas cabezonas y ridículamente tiernas—. Con sus siete años, su sonrisa inocente y su absoluta incapacidad para comprender que el mundo adulto era, en esencia, un campo de guerra que se valía de cualquier arma con tal de ganar.

Y entendió que, en el campo de batalla de las emociones, la compasión era la trampa más efectiva.

Y Cassandra, sin quererlo, ya estaba atrapada.