05 — Análisis de riesgo emocional por contacto tóxico
Al mirar a Sebastián, Cassandra no sintió nostalgia ni la debilidad del viejo amor.
Lo que brotó en su pecho fue fuego líquido: una indignación tan feroz que le ardieron las manos, como si la rabia buscara una salida física para reducirlo a cenizas.
Había ansiado este momento… quería respuestas, quería justicia por las grietas que él dejó en su alma tras ocho años de convivencia, de apoyarse el uno en el otro.
Quería moler su orgullo, tal como él trituró su corazón.
Pero no en aquel lugar, bajo esas luces blancas, frente a una audiencia hambrienta de chismes.
Más allá de la traición, una pregunta le quemaba las entrañas: ¿por qué en su casa?
El hogar que construyeron entre ahorros y risas, el refugio de sus domingos armando estanterías y sus noches entre sábanas… todo profanado.
Podía ver las sábanas arrugadas como una evidencia muda del crimen.
No podía entender cómo él había sido capaz de ensuciar su santuario de una manera tan ruin.
Pero Cassandra no dijo nada de eso.
Porque el dolor, cuando es demasiado grande… no siempre sale en forma de discurso.
A veces sale en forma de sentencia.
—Tienes un día.
Sebastián parpadeó.
—¿Qué?
—Un día para recoger todas tus cosas —su voz era fría, peligrosa—. Si mañana sigues ocupando espacio en mi apartamento, las tiraré a la basura… o, peor aún, haré una hoguera enorme en medio del estacionamiento que ocupaba tu auto. Y bailaré alrededor como bruja en aquelarre.
Sebastián la observó, atónito. No dudaba que lo hiciera, después de haberla visto tirar su ropa por el balcón mientras él estaba mostrando sus menudencias.
Por un momento, Cassandra se sintió victoriosa, pero, en cuanto estaba a punto de irse, Sebastián le tomó la muñeca.
El gesto fue suave.
—¿Por qué me tratas de esta manera, Cassy? No es justo. Tú estabas muy distante, entre las campañas, los clientes, no tenías tiempo para lo nuestro —dijo con una voz calmada, pero cargada de reproche—. Me sentía solo.
—¿En verdad pretendes tener esta conversación aquí? —respondió ella, soltando su muñeca.
No, ella no seguiría siendo la comidilla, mucho menos por un nuevo capítulo de su tragedia, tan rancio y repetido como este.
¿De veras pretendía venir con esos argumentos tan mediocres?, se dijo.
Ya los había leído todos, en menos de una semana:
«Me sentía solo.»
«Tú estabas distante.»
«Ella se me acercó.»
«No quiero perderte.»
«Déjame arreglarlo.»
«Ella fue quien empezó.»
«Simplemente, sucedió.»
Si de algo había servido haberse pasado como alma en pena en su apartamento, era haber adquirido experiencia ajena a través de los manhwas que exhibían especímenes como Sebastián Del Valle.
Era como escuchar un remix barato de todas las historias de infidelidad que había leído esa semana.
Ahora lo comprendía.
—Merezco una segunda oportunidad, por los viejos tiempos —insistió Sebastián.
Y esa excusa, también la había leído Cassandra.
Su ex era más patético de lo que creía.
Quería llorar de la rabia… o matarlo, daba lo mismo.
—¿Mereces, Sebastián? —ella estaba tratando de controlarse, pero ese maldito cucaracho estaba en modo «miseria»—. ¿Fui yo la que falló en la relación?
Él no podía creer cómo ella había cambiado en tan poco tiempo, o eso podía notar Cassandra.
Negó de inmediato.
—No. Nunca fuiste tú. Pero tienes que admitirlo, tu trabajo nos separó. Ambos fallamos, pero tú no eres capaz de perdonar.
¡Oh, esas también las había leído!, pensó ella, estupefacta.
¿Pretendía culparla por no perdonarlo?
¿Y qué clase de orégano se había fumado para echarle la culpa al trabajo que pagaba las cuentas del hogar?
—Cassandra, solo fue un error…
Ella cerró los ojos.
Un error.
Claro.
Porque ocho años de relación podían derrumbarse, ¿por qué? ¿Por un mal timing? ¿Por aparecer antes de tiempo… mientras él estaba ocupado en su marranada?
—Dame una oportunidad para que hablemos —insistió Sebastián—. A solas. Un café, igual que cuando estábamos en la universidad.
La palabra «universidad» golpeó a Cassandra como un hechizo de aturdimiento.
Fue como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.
De repente, el pasillo de la oficina desapareció bajo una horda zumbante de imágenes: él persiguiéndola entre clases, las risas que la hicieron bajar la guardia, la calidez de creer que alguien finalmente la conocía de verdad.
Cassandra tragó saliva.
Sus ocho años de lealtad, condicionados como los de un perro de Pávlov, intentaron tomar el control.
¿Y si estoy siendo demasiado dura?, susurró una voz traicionera en su mente.
Eran demasiados años.
Demasiada vida compartida para que la palabra «nosotros» dejara de existir en un segundo.
Y quizás, por alguna interferencia cuántica del multiverso, Sebastián tendría razón, y ella tendría parte de la culpa.
Él notó la grieta en su armadura.
Sonrió lentamente, con esa seguridad predadora que Cassandra conocía demasiado bien.
—Si estás dispuesta a olvidar este pequeño desliz… te veré en nuestro lugar favorito. A la hora de siempre.
«Pequeño desliz.»
El término actuó como un antídoto gélido.
La palabra «desliz» chocó con la realidad de la amante en su cama, y los recuerdos dulces se evaporaron al instante.
—Esa no es una invitación, Sebastián —respondió, recobrando el aliento—. Es un chantaje sentimental.
Él añadió con suavidad, casi con arrogancia:
—Iré a nuestra cita… aunque te niegues.
La piel se le erizó como si hubiera escuchado un presagio.
La rabia regresó, no como un incendio descontrolado, sino como una llama azul y precisa.
—No te atrevas a usar nuestros recuerdos como si fueran tokens de una partida que ya perdiste.
Su voz tembló.
Pero no de debilidad.
Sebastián intentó decir algo.
Pero Cassandra se fue a paso firme, la respiración acelerada y el corazón hecho trizas.
—Cassandra…
No se detuvo.
Porque sí…
Su lunes acababa de convertirse oficialmente en tragedia romántica.
Y esta vez… no había humor que pudiera amortiguarlo.
Y lo peor era que aún faltaba la mitad del día.
La adrenalina, la dopamina y todas las «inas» y «onas» que servían para producir el «cóctel de valentía» que necesitaba Cassandra para enfrentar a su ex se habían desvanecido justo en el momento en que cerró la puerta de su oficina, como si fueran unas malditas cobardes.
Ni siquiera miró a Soledad, su secretaria —¡a ella menos que a nadie le mostraría debilidad!—, ya que era una de las involucradas en el drama que se había vuelto su vida, tan barato que nunca conseguiría un contrato en una plataforma de lectura de pago.
Si la miraba, iba a terminar lanzándole una engrapadora.
Y fue ahí, justo al lado de la puerta, donde el cuerpo de Cassandra colapsó en cámara lenta.
Las piernas se le doblaron como si fueran de papel mojado.
Estaba agotada emocionalmente y se preguntaba si había valido la pena venir a trabajar, aunque la hubiera mandado a buscar el propio CEO, un hombre cuya presencia rozaba lo divino más que lo humano.
Un pensamiento fugaz llegó a su mente: su abdomen de anuncio de proteína.
Se rió.
¿En serio estaba fantaseando con su jefe en medio de una situación tan dolorosa?
Respiró con fuerza, tratando de controlarse, pero el pecho le ardía.
Las lágrimas presionaban con violencia detrás de sus ojos.
Pero Cassandra apretó los dientes.
Había llorado lo suficiente la última semana como para llenar un embalse entero.
Se enderezó como pudo, intentando recomponerse.
Recordando que había perdido su corazón y su tiempo, pero que aún le quedaba la dignidad.
Cuando las piernas ya no le temblaban, fue hasta su escritorio y se dejó caer en la silla.