MANUAL ANTI MOSCAS MUERTAS 04 — Investigación de elementos de riesgo
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04 — Investigación de elementos de riesgo

Cassandra seguía de pie, incapaz de procesar el cortocircuito entre sus ojos y su cerebro. Sentía que su mente intentaba reiniciarse como un celular viejo, uno que había recibido demasiados golpes emocionales en los últimos días.

Alguna vez imaginó conocer al mítico CEO, ese crupier corporativo que movía los hilos de SS Enterprise desde la penumbra.

Como toda empleada con imaginación funcional, lo había visualizado como un vampiro rubio platinado salido de una fábrica de Frankfurt.

Pero la realidad tenía un modo de ser mucho más cruel… y profundamente irónico.

El hombre frente a ella era, en efecto, guapo a niveles clínicamente preocupantes; bien tonificado y poseedor de una voz capaz de provocar desmayos masivos. Pero… ¿Daniel Von Richter?

Cassandra parpadeó.

Aquellos rasgos de protagonista de K-drama no encajaban con un apellido que sonaba a castillo medieval y cerveza artesanal. No porque hubiera algo extraño en ello, sino porque su cerebro, en modo resaca, no lograba conciliar «Von Richter» con «K-pop idol».

Mientras intentaba reconciliar genética, destino y tragedia pop, Daniel se levantó.

La silla emitió un leve crujido, y la luz del ventanal delineó su silueta como si fuera una amenaza hecha de oro.

En ese instante, recordó —de forma absolutamente innecesaria— que esos mismos hombros habían estado a milímetros de su cara aquella mañana.

Su rostro seguía siendo un cielo perfecto, solo que ahora estaba en medio de una tormenta eléctrica dirigida directamente hacia ella.

—Siéntese, Cassandra —dijo él. Su voz era una seda costosa, de esas que te envuelven suavemente antes de apretarte el cuello.

Ella caminó hacia el sofá beige con la rigidez de quien se acerca a la guillotina.

Mientras se hundía en el cojín, notó que Daniel la escaneaba con esos ojos dorados.

No era una mirada de deseo, o al menos no solo eso; era la mirada de un coleccionista evaluando una pieza que casi se le rompe la noche anterior.

Sintió que esa mirada podía desmontarla pieza por pieza.

—Necesito entender algo, Cassandra —dijo él.

El tono era suave, pero el subtexto tenía el filo de un bisturí.

—¿Por qué mi directora de campaña más brillante estaba haciendo malabares con whisky barato en un evento lleno de mis clientes más importantes?

Cassandra sintió el sudor frío, pero su instinto profesional se activó.

—Tuve que rescatarla —continuó él, inclinándose hacia adelante—. Estaba en un estado… lamentable. Pagué esa habitación para evitarle una humillación pública. O algo peor.

Claro, Von Richter no delegaba los asuntos que le resultaban… entretenidos.

Él sonrió al verla masajearse el pulgar. Era una sonrisa depredadora, satisfecha.

—Esperaba, al menos, un agradecimiento. Su uniforme, Cassandra, era bastante más corto que su sentido común.

Ella asintió, tragándose el orgullo. El vacío en su estómago no era solo por la resaca, sino por la comprensión súbita: Daniel no estaba regañándola. Estaba acumulando capital. Cada palabra era una factura que ella no podía pagar.

—Lo siento, señor Von Richter —balbuceó—. Fue un favor a mi prima… y sí, fue una estupidez. No volverá a pasar.

—¿No? Porque me consta que su currículum ha visitado a la competencia más que su propia oficina.

En SS Enterprise, los rumores viajaban más rápido que los correos.

El mundo se detuvo. Cassandra se congeló. Sí, quería irse de la publicitaria; nadie en su sano juicio soportaría el caos en que se había convertido su vida.

Él deslizó un papel sobre la mesa. A Cassandra le temblaron los dedos —o más bien, parecían de papel mojado—.

No se iría con la dignidad en alto, como esperaba. En lugar de presentar su renuncia, sería desechada como una piedra mágica agotada, drenada de su última gota de energía y arrojada al fuego.

Sin embargo, y como un hechizo del mago oscuro que tenía enfrente, la sorpresa convirtió sus piernas en espaguetis cocidos.

Era un aumento. Una cifra tan obscena que, por un segundo, Cassandra olvidó cómo respirar.

Nada bueno venía envuelto en números tan perfectos.

Había esperado un despido, una reprimenda, incluso una suspensión.

Pero no esto.

—Si está de acuerdo con la suma —dijo él, observando cómo sus pupilas se dilataban—, puede firmar la adenda. Y si no es suficiente, estoy dispuesto a negociar un veinte por ciento más.

Cassandra miró el papel y luego esos ojos de elfo oscuro… y lo entendió todo.

No era un aumento, era un soborno.

Daniel no le estaba pagando por su talento; le estaba poniendo precio a su vergüenza y a su silencio.

—Todo… todo está bien, señor Von Richter —respondió ella, forzando una reverencia que le supo a ceniza.

Se giró para salir, sintiendo el peso del dinero como una cadena en el tobillo.

—Cassandra —la detuvo él, con una voz que ahora era una advertencia letal—. Agradezco su discreción. Si alguien se entera de lo ocurrido… tendré a toda la empresa esperando aumentos. Y a ninguno se lo daré con tanto gusto como a usted.

La piel se le erizó como si hubiera tocado un cable pelado.

Ella tragó saliva y salió. Entendió el mensaje: ahora era la inversión más cara de Von Richter.

Y en el mundo de los negocios, lo que se compra tan caro, no se deja ir nunca.

Cassandra salió de la oficina del CEO sintiendo que caminaba por una cuerda floja sobre un foso de pirañas.

El «zoológico» de la publicitaria no decepcionó: las miradas y las risitas en los pasillos formaban una calle de honor que olía a ejecución inminente.

Si ese enjambre de auditores de vidas ajenas supiera dónde había despertado ella el domingo, la combustión espontánea de la empresa sería total.

Pero el aumento… el aumento era el verdadero problema.

Lo sabía: entre ella y Von Richter no había pasado nada, ni metafórico ni físico, pero en una oficina donde la verdad era como las criaturas mitológicas, su dignidad profesional acababa de ser incinerada.

A partir de ese día, cada dólar extra en su cuenta sería leído como el pago por «favorcitos ejecutivos». Pasaría de Directora Creativa a «La Amante del CEO» en el tiempo que tarda una firma en secarse.

En Recursos Humanos, Patricia Montenegro la recibió con una sonrisa tan ensayada que parecía un guion de mala calidad.

—El señor Von Richter me pidió que atendiera esto personalmente —dijo Patricia, analizándola de arriba abajo con una curiosidad mal disimulada—. Para evitar… rumores innecesarios.

Ja, pensó Cassandra mientras firmaba la adenda. Como si el silencio se pudiera comprar con una firma cuando la jefa de contabilidad divulga salarios más rápido que un meme de gatitos haciéndose viral.

Salió de allí con la sensación surrealista de haber firmado un pacto de sangre, huyendo de los cuchicheos hacia el refugio de su oficina.

Pero el refugio estaba ocupado.

Sebastián Del Valle estaba allí, de pie frente a su puerta, luciendo esa misma sonrisa de universidad que alguna vez le derritió el alma.

Y justo cuando pensó que el día no podía empeorar… el universo decidió demostrarle lo contrario.

No había terminado de respirar cuando el pasado decidió emboscarla.

El impacto fue una colisión de ocho años comprimidos en un segundo cruel. Por un instante, el pecho le ardió con el recuerdo de los cafés y las promesas, pero el asco llegó justo detrás, pisándole los talones a la nostalgia.

—Cassandra… —susurró él, acercándose con esa confianza que antes era hogar y ahora era invasión—. Sé que cometí errores, pero… tú también. No podemos dejar que todo termine así… Y te extraño. Te extraño demasiado.

El nudo en la garganta de Cassandra se transformó en una chispa de rabia pura.

—No estoy en condiciones de hablar contigo —soltó, intentando rodearlo.

Pero Sebastián la sujetó del brazo. No hubo violencia, solo esa familiaridad técnica que resultaba infinitamente peor que un golpe.

—Cassandra, por favor… Necesitamos hablar.

En ese momento, Cassandra comprendió con una claridad devastadora que su lunes no solo era un desastre corporativo en un manhwa chaebol; ahora también era una zona de guerra personal.

Y ella, con su aumento manchado de sospechas y su corazón en pedazos, no tenía ni un solo escudo a mano.

Y lo peor era que, en esa guerra, ella era el único soldado sin armas.