03 — Análisis del caos a nivel corporativo
Mientras Cassandra contemplaba la posibilidad de fingir amnesia o encontrar un hueco donde enterrarse, todavía podía sentir el eco de su propia voz en aquella habitación, como si la vergüenza tuviera memoria.
Un hombre con traje negro y porte de chofer se acercó a ella con una reverencia impecable.
—Disculpe, señorita —dijo con voz suave—. La recepción encontró esto en la sala de reuniones. Creo que es suyo.
Extendió un pequeño paquete.
Cassandra lo tomó con las manos temblorosas.
Y como si hubiera invocado un comodín en un videojuego, ahí estaban su celular, su cartera, su billetera y esos zapatos torturadores.
Era absurdo, pero recuperar sus cosas la hizo sentir aún más expuesta.
—¿Cómo…? —susurró, sin aire, mientras se colocaba los tacones.
El chofer sonrió con profesionalismo sin responderle.
—Mi jefe también desea que la lleve a su casa, si usted lo permite.
Cassandra sintió un escalofrío.
Su jefe no debía ser otro que aquel hombre que había dejado en la habitación.El elfo oscuro ahora resultaba ser un mago misterioso… tratando de comportarse como el héroe de la historia.
Y no había leído una sola manhwa en la que esa situación no fuera una trampa.
—No, gracias —dijo, tragando saliva—. Cerca hay una parada de buses.
El chofer asintió, aunque su expresión decía claramente: «mi jefe me va a colgar… de las joyas.»
Cassandra salió del hotel con pasos tambaleantes, sintiendo que el mundo giraba un poco más rápido de lo normal.
El aire frío le golpeó la piel, mezclado con el olor a café y humo de la ciudad que no perdonaba a nadie.
En un arranque de dignidad tardía, se despojó de la camisa de aquel hombre justo antes de cruzar el umbral hacia la calle.
Hasta ese momento se había dado cuenta: debajo de la prenda de lujo estaba su blusa escotada y la minifalda de camarera, ahora arrugadas y con un ligero aroma a bar de mala muerte.
Estaba a medio camino entre una ejecutiva en desgracia y una extra de una película de bajo presupuesto.
«¡Excelente!», se dijo con sorna, pensando en todos los días que había pasado en su apartamento, sin bañarse, pegada a la pantalla de su teléfono leyendo manhwas de isekai de ensueño.
Esperando morir y reencarnar en una villana que se vengara de todos los que le habían roto el corazón.
Pero, con todo lo que le había pasado, sabía que, si había empezado su isekai, resultaba que ella no era ni la heroína ni la villana, sino algo mucho peor.
Era ese personaje arribista con todas las intenciones de casarse con el príncipe heredero a como diera lugar.
No sabía si quería ver a alguien o desaparecer; cualquier mirada podía romperla.
Cuando llegó a su edificio, vio algo que le apretó el corazón.
Valeria estaba sentada en el suelo, frente a la puerta del apartamento, con la cara llena de lágrimas y el rímel corrido, como si hubiera sido eliminada en la semifinal de su propio reality.
—¡Cassandra! —gritó al verla, lanzándose a sus brazos—. ¡Perdóname! ¡Perdóname, por favor! ¡Te busqué por todo el hotel! ¡Pensé que te habían secuestrado!
Cassandra casi cae hacia atrás por el impacto del abrazo.
—Valeria, tranquila… estoy bien…
—¡No estás bien! —sollozó—. ¡Pudiste haber muerto y todo por mi culpa!
Cassandra no sabía si reír, llorar o pedirle que dejara de apretarla porque su estómago aún estaba pidiendo perdón, luego de su borrachera.
Valeria tomó su celular y llamó, dejando sorprendida a Cassandra.
—Sí, ya apareció. Sí, está viva. Sí, está entera. No, no fue secuestrada. Sí, retiro la denuncia.
Luego colgó y Cassandra respiró profundo.
—¿Llamaste a la policía? —dijo, y Valeria asintió.
—¿Y dónde estabas, ah? —guiñó un ojo, sin responderle del todo—. Porque, si estás viva y no te secuestraron, de seguro estabas con alguien, ¿no?
Cassandra abrió la boca para negarlo todo, mientras la ola de culpa la volvía a ahogar.
Se sentía desnuda, igual que hacía un rato en el hotel.
Quizás Sebastián era un cínico miserable, pero ella jamás le había sido infiel.
Y antes de volverse a dar latigazos mentales movidos por la vergüenza, su celular vibró con un correo entrante.
Lo abrió.
Y se quedó helada.
«De: Patricia Montenegro, Jefa de Recursos Humanos
Asunto: Citación urgente
Mensaje: Debe presentarse mañana, lunes, en la oficina. Orden directa del CEO, Daniel Von Richter.»
Las piernas de Cassandra temblaron al leer el nombre.
El estómago se le encogió como si alguien hubiera pronunciado una maldición.
Porque nadie era convocado por Daniel Von Richter en esa oficina.
Nunca.
Ni por casualidad.
Porque nadie jamás lo había visto.
Muchos afirmaban que era el alias de algún capo de la mafia, de un artista famoso o, quién sabe, de Damon Salvatore.
Se sacudió la cabeza. No era momento para ser una geek, cuando sus días en la publicitaria estaban contados.
Porque, si de algo estaba segura, era que ella era la comidilla de esa publicitaria, y ¿un certificado médico?
¿Luego de la ruptura con su novio de toda la vida?
¿En serio?
Esa era solo una manera de retrasar lo inevitable.
Entonces recordó el mensaje por QuéHay que había recibido de parte de Melissa De León, la colega serruchapisos, preguntando si aún manejaba la cuenta de la cadena Rey, ya que ellos estaban a punto de pedirle una nueva directora creativa a la publicitaria.
Eso era terriblemente peor, porque ya había evidencia de que estaba descuidando sus funciones.
Intentó convencerse de que no volvería a verlo, pero su cuerpo no le creyó.El lunes por la mañana, Cassandra pasó una hora frente al espejo intentando convencerse de que podía sobrevivir al día.
No funcionó, pero igual salió.
No importaba. Después de todo, pensaba cambiar de trabajo.Aunque, sí tenía que ser justa, ella no tenía la culpa de nada.
La vida en la publicitaria sería un calvario.
Gracias a Sebastián y Soledad, dos perros sarnosos que le mordieron la mano, como le había dicho Valeria el día anterior.
Salió de su casa directo a la estación del metro y, cuando estaba ya en el elevador de su trabajo, respiró hondo justo antes de que se abrieran las puertas.
Las miradas la atravesaron como flechas, que iban desde la hipócrita lástima hasta la más descarada burla, con algunos toques de morbosidad y crueldad disfrazada con una tímida sonrisa.
Una asistente administrativa dejó escapar una risita venenosa.Otro, Luján, un compañero que le estaba disputando una cuenta el mes anterior, murmuró:
—Finalmente, al cochinito le llegó su Navidad.
Cassandra apretó los dientes y siguió caminando entre filas y filas de cubículos, ignorando los susurros, los ojos curiosos, las sonrisas mal disimuladas.
Llegó al fondo del pasillo.
A la oficina más grande, la que siempre estaba vacía.
Hoy tenía la luz encendida.
Tragó saliva.
Tocó la puerta.
Entró.
La silla del escritorio estaba girada hacia el ventanal, ocultando al ocupante en un halo de luz.
El silencio era tan denso que podía oír su propio pulso.
—Bu… buenos días, señor Von Richter —balbuceó Cassandra, sintiendo el nudo en la garganta—. Me dijeron que… que me necesitaba.
La silla comenzó a girar lentamente, crispando los nervios de Cassandra.Y cuando por fin se detuvo, Cassandra sintió que el alma se le caía a los pies.
Era él.
El elfo oscuro.
El hombre del hotel.
Debía haber algún error, porque ese no podía ser… ¿Daniel Von Richter?
—Buenos días, Cassandra —dijo él, con esa voz que te enciende ahí… ¡sí, justo ahí!
Cassandra se quedó paralizada.
Y entendió, con horror absoluto, que estaba en problemas tan grandes que ni la física cuántica podría explicarlos.
Y lo peor era que, por primera vez, no sabía si quería entenderlos… o rendirse.