02 — Evaluación del sujeto misterioso
El evento había terminado hacía una hora.
Valeria caminaba como alma en pena mientras cargaba cajas, doblaba manteles y supervisaba que nadie dejara un solo vaso fuera de lugar. El jefe del catering estaba tan feliz con el éxito del banquete que había prometido un bono para todos.
Pero la parte gloriosa había pasado.
Ahora venía lo peor: recoger, limpiar y empacar.
Cuando por fin cerraron la camioneta, Valeria sintió que sus pies ya no eran pies, sino dos ladrillos calientes. Caminó hasta la parada del bus con la sensación incómoda de que algo se le estaba olvidando. Algo importante, esencial.
El bus llegó.
Encontró un asiento vacío.
Se dejó caer con un suspiro de muerte anunciada.
Y justo cuando el bus arrancó, lo recordó.
—¡MI PRIMA! —gritó, haciendo saltar a la mitad de los pasajeros.
Pero ya era tarde.
En algún lugar del hotel donde se había realizado el catering, estaba su prima Cassandra, sola y perdida.
¿Estaría sola y perdida?
Valeria sintió un nudo en el estómago. Cassandra podía ser un desastre, pero era su desastre.
Un sonido insistente, agudo, repetitivo, perforaba la cabeza de Cassandra como un taladro en una construcción.
Su celular.
O eso creyó.
Abrió los ojos, con temor a que el sol terminara por borrar el vestigio de sueño que aún le quedaba.
Pero ese celular no tenía la carátula violeta tornasol que se había comprado en la última feria con… Sebastián.
No, la carátula era negra, con un gancho plateado que se ajustaba como soporte.
Ese no era su celular.
Y ese no era su cuarto.
El aire olía a madera pulida, a sábanas recién planchadas y a un perfume masculino que no reconocía.
Las palpitaciones comenzaron a acelerarse en su pecho.
¿En dónde demonios estaba?
Se incorporó como un resorte, con la resaca golpeándole como un camión de carga.
Miró alrededor.
Se trataba de una recámara de lujo, con sábanas blancas… ¿eran de lino esas sábanas?
Las cortinas gruesas estaban abiertas, dejando ver una vista impresionante de la ciudad.
¿Era el hotel del evento?
—¿Qué…? ¿Por qué carajos estoy aquí? —murmuró, llevándose la mano a la frente.
Entonces algo se movió bajo las sábanas.
—¿Valeria? —dijo… con esa inocencia movida por la fe de no estar cometiendo la estupidez número mil de su semana.
Pero lo que se asomó por aquellas exquisitas sábanas no tenía las uñas bien limadas y pintadas de su prima.
Era una enorme mano.
Aunque debía admitir que estaba muy bien cuidada.
¿De hombre?
Cassandra se congeló.
El corazón le dio un salto olímpico.
Un sudor frío le recorrió la espalda.
—No… no, no, no —susurró—. ¿Qué hice anoche?
Recordó fragmentos: el whisky de su charola, el mundo girando.Y luego, un elfo sexy con ojos color miel y piel perfecta.Como si hubiera salido de un manhwa de isekai.
Su respiración se aceleró y, por un momento, sintió frío en las… ¿piernas?
Miró hacia abajo.
Ya no llevaba el uniforme de camarera.
Solo una camisa blanca… ¡de hombre!
—No. No puede ser. No soy así. Yo no… —empezó a hiperventilar.
Un ronroneo suave se escuchó entre las sábanas.
La figura se incorporó.
Por un instante, deseó que todo fuera un sueño. Uno feo, pero sueño al fin.
Y ahí estaba.
El elfo… con el cuerpo esculpido por un dios con demasiado tiempo libre, porque… ¡oh, Dios! Esos pectorales.
Debía ser un pecado no tocarlos.
Y ahí estaba ella, luchando con sus dedos pecaminosos.
—¿Piensas escapar, Cassandra? —dijo él, con una voz tan suave que la piel se le erizó.
Su nombre, en esa voz, le cayó como un golpe suave, inesperado, peligroso.
—Al menos deberías tomar desayuno. No le hace bien a tu resaca tener el estómago vacío.
De… sa… yuno.
La palabra detonó algo en su interior.
Cassandra corrió al baño y vomitó todo lo que había comido, bebido y sufrido en las últimas veinticuatro horas.
—Vaya —comentó él desde la puerta, divertido—. Sí que eres de estómago sensible.
Cassandra quería morir.
Preferiblemente de forma rápida y silenciosa.
Salió del baño limpiándose la boca, roja como un tomate.
—Yo… lo siento —balbuceó—. Esto que… pasó… no debería… yo no soy así… yo…
Él soltó una carcajada profunda, cálida y peligrosamente sexy.
Cassandra lo miró… y tragó saliva.
Esa cara y ese cuerpo de protagonista de K-drama… y ese aura de villano sexy de isekai.
—¿Y qué se supone que ocurrió? —preguntó él, inclinándose un poco, mientras sus labios esbozaban una sonrisa—. ¿Crees que me aprovecharía de una mujer borracha?
—¿No lo hiciste? —preguntó Cassandra, sintiendo alivio, decepción y culpa mezcladas en un cóctel emocional explosivo.
Ocho años con Sebastián, de fidelidad perfecta… para terminar en una habitación de lujo con un elfo que la miraba con una sonrisa encriptada, luego de una borrachera.
Por un segundo, se sintió sucia… y al segundo siguiente, bufó.
Porque, si había que darle un premio a alguien por infidelidad, seguro que sería a Sebastián, quien le había puesto los cuernos en su propia cama y con su mejor amiga.
Ella no había dormido en la cama desde entonces.
La confusión era del tamaño del algoritmo de internet.
—Yo… me tengo que ir —dijo, vistiéndose a toda prisa, tropezando con la mesita de noche, la lámpara y, probablemente, con su dignidad.
Él la observó, divertido, como si fuera la cosa más adorable del mundo.
—Cassandra —dijo, justo cuando ella alcanzaba la puerta.
Ella se detuvo.
—Nos veremos muy pronto.
La frase le recorrió la columna como una corriente eléctrica.
¿A dónde se encontrarían?
Pero eso no era lo más importante.
Sino… ¿por qué la conocía?
Y la forma en que lo dijo… no sonaba a coincidencia.
Cassandra salió de la habitación como si huyera de la escena de un crimen.
El ascensor tardó una eternidad en llegar y, cuando por fin se abrió, el lobby del hotel la recibió con luces demasiado brillantes para una resaca de nivel apocalíptico.
Dio dos pasos hacia la salida… y se detuvo en seco.
No tenía celular, cartera ni dinero… y aún vestía la camisa del elfo.
—Perfecto —murmuró, llevándose la mano a la frente, deseando poder teletransportarse a su departamento sin dejar rastro de su vergüenza, como si se tratara de un isekai.
Sin embargo, en los manhwas la protagonista siempre despertaba con un vestido divino y un plan maestro; ella, en cambio, solo tenía una resaca volcánica, los pies sucios y el aroma de un hombre que probablemente era su billete de ida al manicomio.
Si aquello era un isekai, el autor la odiaba definitivamente.Y lo peor era que, por primera vez en días, no sabía si quería despertar.