MANUAL ANTI MOSCAS MUERTAS 01 — Estado del espécimen
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01 — Estado del espécimen

En la actualidad.

Cassandra LeBlanc llevaba exactamente ocho rondas de bebidas en su charola sin que nadie tomara una sola.

Lo cual era apropiado.

Después de todo, hacía exactamente ocho días había descubierto a su novio de ocho años teniendo sexo con su mejor amiga en su propia cama.

Y ahora estaba aquí.

Sirviendo whisky.

Con la charola tan llena como su miseria.

—Si al menos mostraras una sonrisa… —murmuró Valeria desde la barra, mientras reemplazaba los vasos por nuevos cócteles.

Cassandra le lanzó una mirada que podría haber derretido acero.

Valeria respondió moviendo la cabeza de lado a lado, como quien observa a un cachorro rabioso que intenta morder un elefante.

—No quiero estar aquí —gruñó Cassandra.

—Y yo no quiero recordarte que tú misma dijiste que quizá debías cambiar de empleo —replicó Valeria—. Pero aquí estamos: tú sirviendo tragos y yo evitando que acabes con todos los pañuelos desechables de la ciudad.

Cassandra apretó los labios.

Sí, lo había dicho.

No quería volver a la publicitaria, donde no tenía que usar una minifalda ni unos tacones que, francamente, eran una tortura medieval.

¿Cómo una directora creativa de una de las agencias más prestigiosas del país había terminado sirviendo tragos en un evento de presentación de inversores?

Pues todo había comenzado la semana anterior, luego de salir temprano de una reunión con unos clientes importantes.

¿Y qué se encontró cuando llegó a su casa?

Nada más y nada menos que a su pareja de años con su mejor amiga, en cueros, en su cama.

La reacción no se hizo esperar.

Una reacción que hasta a ella misma la sorprendió: los agarró a ambos con su cartera y los echó a punta de golpes como si fueran basura.

Sí, sí, en cueros, como Diosito los había traído al mundo.

Luego, claro, les devolvió la ropa… tirándola por el balcón, a ver si la brisa no se la dejaba en el primer árbol que encontrara.

Pero eso no explica cómo la ejecutiva número uno de SS Enterprise terminó de camarera en un catering, ¿verdad?

Y lo que sigue tampoco lo va a explicar, pero digamos que su capacidad para tomar decisiones que enviaban todo al carajo apenas estaba calentando motores.

Porque después de aquello se la pasó encerrada en su casa, entre capítulos de manhwas y vino barato; dándose cuenta de que era una grandísima pendeja y una ciega selectiva.

No, no había manhwa con suficientes capítulos ni garrafa de vino tan abismal que alcanzara para anestesiarla lo suficiente.

Su plan de evasión fracasaba por falta de suministros: ni el internet era tan rápido, ni el hígado tan resistente.

Solo hizo una llamada en todo ese tiempo.

Al no reportarse al trabajo el lunes siguiente, la encargada de nómina, Alice García, le envió un mensaje por QuéHay:

«Necesitamos que nos envíe de inmediato un certificado médico que corrobore que en realidad está enferma».

«¿Desde cuándo una alta ejecutiva debía justificar una ausencia?», se dijo Cassandra.

Pero sabía cómo corrían los chismes en la publicitaria: más consumidos que el café de media mañana.

Así que no tuvo más remedio. Llamó a su prima, Valeria Robles, y le pidió un favor: pedirle a su novio, el médico, un certificado falso.

¿Y por qué Cassandra LeBlanc, alta ejecutiva, recurriría a una mentira que podía ser penalizada por la ley?

Sencillo: porque su amantísimo novio y su queridísima amiga —a quienes había apreciado desde lo más profundo de su alma— trabajaban en SS Enterprise también.

¿Y por qué estaba sirviendo tragos en el evento de catering de su prima?

Todo tuvo que ver con Estelita Escobar, la nueva miembro del staff, quien no respondió su teléfono cuando la llamaron para confirmar su asistencia.

Así que Valeria tuvo que activar el plan F… Sí, porque el A, B y el resto ya le habían fallado.

Cassandra le debía un favor, porque ese certificado médico falso no fue gratis.

No, no, no.

Valeria se lo pagó, y con creces, a su novio el médico.

—¿Podría conseguirme un martini, por favor? —le dijo uno de los invitados, en medio de una conversación.

—¿No quiere algo más? ¿Caviar en una tostada de brioche, quizás? —respondió ella, con cara de perro frente a un ladrón.

El hombre palideció tanto que un fantasma a su lado se habría visto bronceado.

El aire olía a perfume caro mezclado con el aroma dulzón del whisky derramado, una combinación que le revolvía el estómago más que su propia vida.

Pero no esperaba que Valeria se diera cuenta.

—A la terraza —ordenó, dándole un golpecito en la espalda—. Y trata de no mirar a la gente con cara de haber chupado un limón.

Cassandra obedeció con un suspiro.

Lo sabía: nadie ahí tenía la culpa de su miseria.

Una hora más tarde, sus talones estaban negociando un tratado de paz con el infierno.

Se dejó caer en la pequeña sala de descanso para camareros, agradeciendo el milagro de sentarse.

La charola seguía llena.

Los cubos de hielo de un whisky se derretían lentamente, como su dignidad.

Y había algo peor: parecían una invitación abierta, igual que las botellas de vino en su apartamento.

—De todas formas, Valeria no dejará de torturarme si vuelvo a la barra con la charola llena, ¿no? —murmuró, y se bebió el whisky.

Y luego otro…

¡Y quizás otro más!

Cuando terminó su descanso, el mundo ya daba vueltas como un carrusel poseído.

Pero debía seguir trabajando, pagar su deuda, aunque tuviera los pies destrozados.

Por un segundo, sintió que si alguien la tocaba —aunque fuera por accidente— todo lo que estaba conteniendo se le iba a desbordar.

Caminó hacia la terraza con la charola en alto, intentando mantener la dignidad y el equilibrio.

Ambas cosas fallaron.

Tropezó… la charola se inclinó… las copas tintinearon… y el universo se preparó para el desastre.

Un brazo firme la rodeó por la cintura.

Un movimiento preciso, casi coreografiado, evitó que las bebidas cayeran al suelo.

Cassandra quedó a medio caer, sostenida por alguien que olía a madera, lluvia y algo peligrosamente irresistible.

Levantó la vista.

Ojos rasgados.

Cabello oscuro como el ébano.

Piel impecable.

Rasgos afilados, casi élficos.

Ojos color miel que parecían leerle el alma.

Un hombre que no pertenecía a ese banquete.

Ni a ese país.

Ni a ese plano de existencia.

Un hombre que parecía salido de un K-drama… o de un manhwa de lujo.

Pero lo que la desconcertó no fue su belleza.

Fue la palabra que salió de sus labios.

—¿Cassandra?

Ella parpadeó.

Una vez.

Dos veces.

Él la conocía.

Pero… ¿de dónde?