MANUAL ANTI MOSCAS MUERTAS
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PRÓLOGO
Antes de aprender a sumar, Cassandra ya sabía que en su familia las tragedias no se lloraban: se contaban riéndose, como si el dolor ajeno fuera un chisme más para acompañar el café.
En esa casa, los secretos no se guardaban. Se paseaban por todo el pueblo con nombre propio, apodo incluido y, si había suerte, hasta con banda sonora.
Veinte años atrás.
Desde que podía recordarlo, Cassandra había pasado todos los veranos en el interior del país.
El ritual era siempre el mismo: el último viernes de colegio, ella y sus padres tomaban una semana de vacaciones para visitar a la tía Emérita y a su esposo, don Francisco Perón, un hombre bonachón y querido por todos.
Pero ese año había algo distinto.
—¿No crees que es muy apresurado, Leo? —insistió Manuel LeBlanc por enésima vez, bajo la mirada atenta de su hija.
—Ella ya tiene diez años. A su edad tuve que venir a la capital sola. Así que mi Cassandra puede hacer el mismo viaje de vuelta —respondió Leonor, dedicándole a su hija una sonrisa henchida de orgullo.
—Pero esos eran otros tiempos, corazón —intentó persuadirla Manuel.
Un intento inútil, por supuesto.
Cassandra sabía perfectamente quién llevaba los pantalones en esa casa, y no tenía nada que ver con su padre.
—No te preocupes por ella. Ya hablé con el chofer del bus que la llevará, un amigo de la familia. Me ha dicho que la dejará en la puerta de la casa —mintió Leonor con todos los dientes, y Manuel, como siempre, se tragó completito el cuento.
Horas más tarde, Cassandra estaba en la estación de buses de Cayoponcá, el pueblo de su familia materna.
Sola, por supuesto. Como sucedía todos los mediodías en aquel sitio.
Podía jurar que escuchaba el graznido de cuervos y el viento empujando bolas de paja, como si el pueblo entero hubiera sido ideado por un director de western.
Y como no había nadie —porque todo el mundo se estaba hartando de comida—, decidió irse a pie.
Solo eran unos cuatro kilómetros de un camino que conocía muy bien.
En el trayecto vio una figura conocida.
—¡Matapalo! —No terminó de decir el nombre cuando un enorme sabueso de orejas grises y lomo moteado se abalanzó sobre ella, tirándola al piso con todo y maleta.
—¡Deja a mi perro en paz! —gritó un niño, mientras Matapalo seguía llenándole de babas la cara.
—¡No es tu perro, sino de tío Francisco! —replicó Cassandra, tratando de alisarse el vestido, aunque el perro reclamaba su atención con insistencia.
—Ese señor nos regaló al perro, así que ¡déjalo en paz!
La noticia la dejó estupefacta.
¿Por qué haría eso su tío?
¿Cómo cazaría los domingos?
Ese era su deporte favorito.
La tía Emérita se levantaba de madrugada todos los domingos para dejarle la ropa y el rifle de caza a su esposo, además de una vianda enorme para que tuviera qué comer durante toda la jornada, incluso cuando ya casi no quedaban venados.
Quizás lo regaló por un motivo. Después de todo, tiene otros cinco perros más, pensó la pequeña, mientras le mostraba el puño al «nuevo dueño» de su querido Matapalo y se dirigía a la finca de su tía.
Pero al llegar, se llevó otra sorpresa.
No había un solo perro para recibirla.
—Todo fue por culpa de La Venada —le dijo su prima Pamela al día siguiente, mientras se bañaban en el riachuelo cercano.
El ceño de Cassandra se frunció de inmediato.
Las enciclopedias llenas de polvo que había leído en esa misma casa eran claras: las hembras de venado no tenían cornamenta.
—¿Qué daño podía hacer una simple venada? —preguntó con suspicacia.
—No, Cassy, no es un animal. Es una persona.
Las cejas de Cassandra estaban a punto de tocarse, al tiempo que en su frente aparecía un enorme signo de interrogación.
—Pues qué nombre más feo.
—Bueno, creo que ese no es su nombre verdadero —aclaró Pamela, sin resolver nada.
—¿Cómo iba a cazar el tío, si los perros estaban en casa de esa Venada? —preguntó Cassandra, genuinamente confundida.
—Y eso fue lo que le dije al tonto de Alejandro, pero como no me respondió, tuve que preguntarle a la abuela Emérita. Pero no me dijo nada; solo tomó al tonto de Alejandro por el cuello para que la llevara a aquella casa.
—¿En serio? —dijo Cassandra.
Su primo era un tonto, sí. Siempre le había gustado molestarlas, sacando lombrices de la tierra para luego asustarlas con ellas. Así que se alegraba de que la tía Emérita se diera cuenta al fin.
—Sí. Pero eso no fue lo más raro. La abuela no solo regresó con Alejandro. También traía por el cuello al tío Francisco y, en la parte de atrás de la camioneta, estaban todos los perros.
—¡Guau! —solo pudo decir Cassandra.
—Sí, también me sorprendí. Desde entonces, mi abuela se refiere a esa cuidadora como La Venada, y está enojada con ella porque no sabía cómo cuidar a los perros, así que hubo que regalarlos.
—Pero ¿cómo caza el tío ahora? —Cassandra seguía asombrada.
Recordaba a los perros: Matapalo, Piñuela, Pirueta, Whisky, Saeta y Largo.Todos habían sido regalados por culpa de esa mujer que no sabía cuidarlos.
—Ya no va de cacería. Me dijo que ya no había muchos venados que valieran la pena.
La noticia impactó a Cassandra.
Los veranos siguientes ya no serían iguales.
Y sus tíos, tampoco.