EPÍLOGO
Seis meses después.
—Aún no entiendo cómo fue que volviste con él —le decía Valeria a Cassandra mientras recorrían los pasillos de una piñatería—. Sé que es rico con letras mayúsculas, pero creí que lo más importante para ti era tu dignidad.
Cassandra ya se había cansado de explicarle que todo había sido un malentendido, así que simplemente puso los ojos en blanco.
Daniel Von Richter era inocente de cualquier cargo, especulación o rumor que se hubiera hecho sobre él.
Y Cassandra era la culpable.
Recordaba un año atrás, justo el último día que estuvo en Corea del Sur.
Su cuñado, Sui Min ho, se había acercado a ella por pedido de su padre, Sui Kang dae, quien se suponía que estaba más cerca de San Pedro que del mundo de los vivos.
El pobre e ingenuo chico de tan solo veinte años, contra las advertencias de su madre —que lo veía como el futuro patriarca de la familia Sui—, hizo lo único que le pareció honorable: espantar a esa extranjera de su hermano, recordándole las razones por las cuales ella no era aceptable para Sui Seop.
Y ella, que no necesitaba que la pellizcaran para llorar, usó ese pedido como excusa para irse de Seúl huyendo de su marido.
Lo demás se volvió una ecuación matemática siniestra entre sumar dos más dos, restar el elemento Sui y multiplicarlo todo por la cantidad de vino que se necesitara para ahogar las penas.
Esta vez, acompañada de Valeria, quien cantó con ella todas las canciones de despecho que se habían hecho populares desde el río Grande hasta el cabo de Hornos.
—No soy tan tonta, Vale, y mucho menos tan interesada —le respondió, mientras tiraba algunas cosas al carrito de compras.
—¡Ahhh! —indicó Valeria con hastío—. Qué más da, mientras elijas a mi catering como el servicio para tus fiestas.
Justo cuando doblaron la esquina entre anaqueles, se encontraron con una escena demasiado familiar.
Cassandra lo recordaba muy bien: dentro de poco sería el cumpleaños de Rubencito, así que no era extraño que Soledad estuviera merodeando por aquel local comercial, en compañía de sus hijos… y Sebastián.
Sin embargo, había algo nuevo en esa imagen.
—¿Ella también está…? —susurró Valeria, ocultándose detrás de un anaquel.
Cassandra no estaba sorprendida.
Su informante número uno la mantenía más actualizada que los parches de un videojuego, porque entre ser directora estrella y primera dama de la publicitaria, no había chisme que se le escapara.
—Lo siento por no ponerte al día —le dijo Cassandra, y comenzó a relatarle.
Todo ocurrió cuando Sebastián recibió su tercera advertencia por parte de su nueva jefa, Melissa De León, por cuentas que había perdido la empresa gracias a su ineptitud.
Entonces vino la fatídica carta de despido, que lo puso en modo ofensivo defensivo.
Les dijo a todos que no podía ser echado, ya que su mujer —su nueva mujer— estaba embarazada con un empleo inestable.
Cuando le pidieron una prueba de embarazo —no porque fuera requisito, sino porque nadie se comía ese cuento—, resultó que la prueba salió positiva… para sorpresa del propio Sebastián, cuya cara de triunfo tenía gotas amargas.
Sí, sí.
Soledad tendría un cuarto hijo, uno con los genes tramperos de Sebastián.
Y este, ante la lástima de algunos y por el designio que reza que «Dios los cría y ellos se juntan», conservó el empleo.
—¡Tía Cassy! —se escuchó desde la caja registradora.
Soledad se tensó.
Sebastián también.
Y cuando los ojos afilados localizaron a Cassandra, Soledad tomó a su hija por el brazo y la jaló hacia la salida, ignorando los ruegos de la niña por quedarse a saludarla.
—En verdad no sé qué es peor —dijo Valeria—, aunque, si voy a ser honesta, me alegra que ambos estén juntos.
Cassandra soltó una risotada.
—No lo digas frente a mamá, que aún no me ha perdonado por no haberlos invitado a la fiesta —respondió, persignándose.
Unos días después, el día de la fiesta llegó… con una visita sorpresa.
Sui Min ho había venido acompañado de alguien que le traía cierta nostalgia a Cassandra.
—¡Qué gusto me da volver a verte, Alfredo! —dijo, abrazando al chico como si fuera un amigo entrañable.
—He venido como el traductor del señor Sui Min ho —aclaró el muchacho.
El cuñado de Cassandra le dio un saludo respetuoso, pero ella lo abrazó como si fuera hogar, y enseguida lo hizo pasar a la casa de su madre, olvidando por completo antiguos resentimientos.
La mirada de Von Richter, que estaba en la terraza colocando los últimos juegos en la mesa, era de suspicacia.
Nadie hace un viaje de veinticuatro horas sin un motivo muy fuerte.Mucho menos el segundo hijo de Sui Kang-dae, el siguiente chaebol de la familia Sui.
Cassandra no sabía lo que se estaban diciendo en un rincón de la terraza, pero la conversación cambió gradualmente: del disgusto al abrazo fraterno.
—Vino a disculparse —le dijo Von Richter media hora después—. Y a presentar sus respetos, aunque ya le expliqué que no pretendo suceder a mi padre jamás. Pero insiste en que me lo debe, como compensación por lo que su madre nos hizo.
Von Richter cubrió a su esposa por la espalda, sus brazos siguiendo los de ella hasta su vientre.
Ellos ya no hablaban de ese tema.
Él ya lo había dicho innumerables veces, incluso a Sui Kang dae, quien, sabiendo la noticia, se fue directo a buscarlo.
—No le perdonaré a mi padre por haberte dicho tal cosa.
Era verdad.
Cassandra se asustó el día que Sui Kang dae se apareció en su puerta y se tomó la molestia de hablar en español para decirle una sola cosa:
—¡Aborta!
—¡Nunca! —respondió ella.
Cassandra no se había planteado la idea de ser madre.
Mucho menos con Von Richter, con quien se casó como un acuerdo y terminó siendo el hombre que ella se merecía.
Pero ese niño —o niña— que no tenía la culpa de nada, solo merecía una cosa en esta vida: amor.
De su padre y de su madre.
No entendía cómo aquel hombre, desde el otro lado del mundo, se diera cuenta de su estado apenas una semana después de que ella misma lo supiera.
Sin embargo, de lo que sí estaba segura era de que eran vigilados.
El pensamiento se disipó cuando Han eun apareció en la puerta, directo a saludar a su ahora mejor amiga, Leonor Rivera viuda de LeBlanc.
—Todo ha sido ajetreado este último mes —le dijo a Leonor, luego de que se saludaran—, pero la buena noticia es que la gente aún recuerda la marca de nuestra salsa de soja.
Ella había intentado que su hijo reabriera la fábrica que había fundado su padre; sin embargo, se dio cuenta de que era su deber reivindicar el nombre de los Choi.
—Por lo que sé, mamá, el nuevo chaebol de la familia Choi, la verdadera heredera del legado, deberías ser tú —le dijo Seop, en su intento de que todo el meju acumulado en el pequeño sanjang se usara según la visión de su abuelo, uno que su madre había cuidado con dedicación.
La fiesta de revelación del bebé era pequeña y familiar.Incluso la prima Pamela, que vivía en el interior, se tomó el tiempo para ir con su esposo y sus hijos.
Valeria, custodia del sobre con la información del sexo del bebé, dirigió los juegos y premios.
Luego les pasó un globo y un alfiler a los padres.
Con el conteo regresivo, ambos pincharon el globo.Un polvo azul se esparció en el aire.
Un niño.
Cassandra sintió que el mundo se detenía un instante.Von Richter la abrazó por detrás, apoyando la frente en su hombro.Ella tomó sus manos, entrelazando los dedos con los de él.
—Nuestro hijo —susurró él, como si fuera un secreto sagrado.
Y por primera vez en mucho tiempo, Cassandra no sintió miedo.Su destino evocaba hogar y futuro.
Recordó a su tía abuela Emérita, a su abuela y a tantas mujeres amargadas por culpa del engaño.
Ella no podía decir que el futuro le depararía o no una vida amarga por el desengaño.
Sin embargo, viviría lo único que tenía, lo que compartiría con su esposo y su hijo con fervor, amor y alegría.
El presente.