Manos de artista Capítulo 32 Los papeles de Elise
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Capítulo 32 Los papeles de Elise

Ámsterdam. Miércoles, 9 de mayo de 1945.

Daan despertó en el sofá. Durante unos segundos no recordó dónde estaba.

Después vio el piano. La fotografía de los De Wit.

Elise dormida en una butaca con una manta sobre las piernas.

Y recordó. Ámsterdam. Canadienses. Chopin.

Te quiero. La guerra había terminado. Sonrió.

Entonces llamaron a la puerta. Tres golpes. Fuertes.

Elise abrió los ojos. No preguntó quién era. Lo supo. Daan también. Se levantó.

—Quédate.

Elise retiró la manta.

—No.

—Elise.

—Sabíamos que vendrían.

Se puso de pie. No llevaba uniforme. Solo una falda oscura y una blusa. Parecía extraño que algo tan sencillo pudiera hacerla parecer otra persona. Daan llegó hasta ella.

—Puedo explicar…

—No.

—Yo estaba allí.

—Precisamente.

Elise le tomó la mano derecha.

—No vas a salvarme otra vez.

Daan frunció el ceño.

—¿Otra vez?

—No quiero que lo que hiciste durante la guerra se convierta ahora en una excusa para lo que hice yo.

Los golpes volvieron.

—Elise Müller.

Una voz holandesa.

—Abra la puerta.

Elise respiró. Miró la habitación. El piano. La fotografía. La casa. Después a Daan.

—Tienes la carta.

Él entendió. La que había escrito en febrero.

—Sí.

—Quémala.

—No.

—Daan.

—No pienso destruir lo único romántico que he escrito en mi vida.

Elise estuvo a punto de reír.

—Idiota.

—Eso dicen.

Los golpes de nuevo. Elise caminó hacia la puerta. La abrió. Había tres hombres. Dos llevaban brazaletes de las fuerzas interiores. El tercero vestía de civil.

—Elise Müller.

—Sí.

—Trabajó para el Sicherheitsdienst.

No era una pregunta.

—Sí.

El hombre de civil la observó.

—Tiene que acompañarnos.

—Lo sé.

Daan apareció detrás.

—Yo…

Elise levantó una mano. Lo detuvo. El hombre miró a Daan.

—¿Quién es usted?

—Daan Visser.

El nombre produjo una reacción. Pequeña. Probablemente aparecía ya en algún informe.

—Resistencia —añadió Daan.

Elise lo miró con cansancio.

—No hace falta que te presentes como si fueras una asociación.

El hombre de civil ignoró el comentario.

—Señor Visser, podrá declarar cuando se le solicite.

—Quiero hacerlo.

—Entonces lo hará.

Elise cogió el abrigo. Daan le sujetó el brazo.

—¿Cuánto?

El hombre respondió:

—El tiempo necesario.

Daan apretó la mandíbula. Elise acercó el rostro al suyo.

—Sobrevive.

La frase. La misma. Daan cerró los ojos un instante.

—Esto ya ha terminado.

—No todo.

Se besaron. Breve. Elise salió. Daan se quedó en el umbral. La vio caminar entre los tres hombres. No esposada. Eso debería haberlo tranquilizado. No lo hizo. La calle estaba llena de banderas. Una niña pasó corriendo con flores. Alguien cantaba a dos casas de distancia.

Daan miró cómo Elise desaparecía al final del canal.

La guerra había acabado. Ahora empezaban las cuentas.

El interrogatorio duró cuatro horas el primer día.

Tres el segundo. Cinco el tercero. Las mismas preguntas.

Con pequeñas variaciones. ¿Cuándo había llegado a los Países Bajos?

¿Por qué se incorporó al SD? ¿Qué hacía exactamente?

¿Cuántos documentos había señalado como falsos?

¿Qué ocurría con las personas después? ¿Conocía los interrogatorios?

¿Conocía las deportaciones? ¿Conocía los campos? ¿Había denunciado personalmente a alguien? ¿Había recibido beneficios? La casa. Elise respondió. No intentó parecer mejor. Eso sorprendió a algunos.

—¿Sabía que la vivienda del Brouwersgracht pertenecía a una familia judía?

—Cuando me la asignaron, no.

—¿Después?

—Sí.

—¿Y siguió viviendo allí?

—Sí.

—¿Por qué?

Elise miró al hombre que tomaba notas.

—Porque fui cobarde.

La pluma se detuvo.

—¿Eso es todo?

—Sí.

—Podría decir que no tenía elección.

—La tenía.

—¿La habría perdido?

—Probablemente.

—¿Su puesto?

—Sí.

—¿Su libertad?

Elise pensó.

—Tal vez.

—Entonces no era una elección sencilla.

—No he dicho que lo fuera.

El hombre continuó escribiendo. Daan declaró el cuarto día.

Contó el puente. El archivo. La orden falsa.

El traslado. La firma de Brandt. Bram declaró después.

También Henk. Pieter. Todos contaron versiones distintas de la misma mujer.

Una analista del SD. Una alemana. Una colaboradora del aparato de ocupación.

Y también una mujer que había arriesgado su vida para sacar a un detenido.

Que había retrasado investigaciones. Que había proporcionado información.

Que había ayudado a escapar a Bram. Las dos cosas. Eso era lo difícil. El hombre que interrogaba a Daan cerró la carpeta.

—La ama.

—Sí.

—Entonces su testimonio no es imparcial.

Daan miró su mano izquierda.

—No.

La respuesta sorprendió al funcionario.

—¿No?

—No soy imparcial.

Daan levantó la mirada.

—Por eso no quiero que me crea cuando digo que es buena.

—Quiero que compruebe lo que hizo.

El hombre lo observó.

—¿Y si comprobamos cosas que no le gustan?

Daan pensó en Elise. En los trescientos cuarenta y siete documentos.

—Las encontrarán.

—¿Y entonces?

—Seguirán siendo verdad.

Daan añadió:

—Igual que lo demás.

Margot declaró una sola vez. Llegó con un abrigo negro y una carpeta.

Nadie supo cómo había conseguido algunos de aquellos papeles.

Probablemente era mejor no preguntarlo. Había copias de órdenes.

Fechas. Traslados. Informes de Elise cuyo resultado había retrasado detenciones.

La solicitud del Abwehr utilizada para sacar a Daan.

Y una copia de la autorización con la firma falsa de Brandt.

—¿Quién falsificó esto? —preguntaron.

Margot sonrió.

—Esa es una pregunta peligrosa.

—Señorita Lacroix.

La sonrisa desapareció.

—Elise Müller.

—¿Lo vio?

—Sí.

—Entonces admite que falsificó la firma de un superior del SD.

—Para sacar a un miembro de la resistencia al que estaban torturando.

—Eso lo decidirá la comisión.

Margot se inclinó.

—No. Eso ocurrió. Ustedes decidirán qué significa.

El hombre levantó la cabeza. Margot sostuvo su mirada.

—No es lo mismo.

El nombre de Brandt apareció muchas veces.

No el hombre. Cuando las autoridades regresaron a buscarlo, ya no estaba.

Había abandonado Ámsterdam durante los últimos días de la ocupación.

Parte de sus documentos había ardido. Otros sobrevivieron al bombardeo y a la destrucción posterior. Su paradero quedó abierto.

Elise no dijo que aquello no le importaba. Le importaba. Pero había pasado demasiado tiempo viviendo pendiente de lo que Brandt sabía. No iba a pasar el resto de su vida pendiente de dónde estuviera. La investigación continuó durante semanas.

Elise permaneció detenida. Daan podía visitarla algunas veces. La primera fue detrás de una mesa. Nada de barrotes. Nada de cristal. Dos sillas. Un guardia junto a la puerta. Elise parecía cansada.

—Hola —dijo Daan.

—Hola.

Se sentó. Daan la miró.

—Esto empieza a convertirse en costumbre.

Elise levantó una ceja.

—¿Qué?

—Tú en un lado de una institución y yo intentando sacarte.

Ella sonrió.

—No vas a sacarme.

—Ya lo sé.

—Bien.

—Es irritante.

—También.

Daan apoyó ambas manos sobre la mesa. Elise miró la izquierda.

—¿Duele?

—Cuando llueve.

—Estamos en Holanda.

—Exactamente.

Sonrieron. Después Elise se puso seria.

—Daan.

—¿Sí?

—Puede que no me dejen salir.

Él no respondió inmediatamente.

—Lo sé.

—Puede que decidan que lo que hice después no compensa lo anterior.

—Lo sé.

—Y tendrían derecho a pensarlo.

Daan negó lentamente.

—Tienen derecho a juzgar los hechos.

—Es lo mismo.

—No.

Elise lo miró. Daan continuó:

—Tú llevas dos años pensando que hay una balanza. Personas que ayudaste en un lado. Personas a las que perjudicaste en otro. Y que si consigues poner suficiente peso en el lado bueno, algún día todo quedará igualado.

Elise bajó los ojos.

—No funciona así.

—Lo sé.

Daan tomó su mano.

—No quiero que salga una cuenta a cero.

Ella lo miró.

—Quiero saber quién eres ahora.

Elise apretó sus dedos.

—No estoy segura.

—Yo tampoco.

Daan levantó la izquierda.

—Podemos fundar un club.

Elise rio. El guardia los miró. Daan bajó la voz.

—Además, tenemos pendiente una cosa.

—¿Cuál?

—Una imprenta.

Elise frunció el ceño.

—¿Qué imprenta?

—La mía.

—Ya no existe.

—Por eso necesito otra.

—Daan…

—Cuando salgas.

Elise lo miró. No dijo si. Él tampoco.