Manos de artista Capítulo 33 La casa
100%

Capítulo 33 La casa

Ámsterdam. Agosto de 1945.

Elise salió una mañana de lluvia. No hubo discurso. Ni periodista. Ni absolución solemne. Un funcionario le devolvió una pequeña bolsa con sus pertenencias.

—La investigación puede reabrirse si aparecen nuevas pruebas.

—Lo entiendo.

No había sido declarada heroína. Tampoco inocente de todo.

La investigación había considerado acreditada su colaboración con el aparato del SD y, al mismo tiempo, sus acciones posteriores en favor de personas perseguidas y de la resistencia.

No había pruebas de participación directa en torturas ni ejecuciones.

Sí existían testimonios de que había provocado detenciones mediante sus análisis iniciales.

También de que, desde finales de 1943, había saboteado investigaciones y protegido personas.

El resultado no le parecía limpio. Eso le pareció correcto. La vida tampoco lo era. Daan esperaba fuera. Sin flores. Elise lo miró.

—¿Nada?

Él abrió los brazos.

—Yo.

—Esperaba algo mejor.

—Bram dijo que comprara flores.

—¿Y?

—Están carísimas.

Elise rio. Después lo abrazó. Mucho tiempo. Cuando se separaron, Daan señaló una bicicleta.

—Tenemos que ir a un sitio.

—¿Adónde?

—Brouwersgracht.

La sonrisa desapareció.

—No.

Daan entendió.

—No vamos a quedarnos.

El número 47 tenía otra cerradura. Elise se detuvo frente a la puerta. Una mujer abrió. Cincuenta años quizá. Muy delgada. Cabello casi blanco. Detrás de ella, un muchacho de unos quince años.

Elise supo quiénes eran antes de que dijeran el apellido.

—Señora De Wit.

La mujer la miró. No con odio. Elise habría preferido odio. Era más fácil.

—Müller.

Conocía su nombre. Elise sintió vergüenza.

—He venido a devolver algo.

Sacó un pequeño manojo de llaves. La mujer miró su mano. No las cogió inmediatamente.

—La casa ya nos ha sido devuelta.

—Lo sé.

—Entonces las llaves no sirven.

—No.

Elise tragó saliva.

—Pero son suyas.

La mujer finalmente extendió la mano. Tomó las llaves. Elise miró al muchacho. No era el niño pequeño de la fotografía. El mayor. Habían pasado casi dos años.

—Tenía una fotografía —dijo Elise.

La señora De Wit no reaccionó. Daan permaneció detrás. Elise sacó el retrato. Lo había llevado durante toda la investigación. Padre. Madre. Dos hijos. Caballo de madera. La mujer lo vio. Entonces sí cambió.

Elise se lo entregó. La señora De Wit lo sostuvo. Su pulgar rozó el rostro del marido.

—¿Dónde la encontró?

—En un cajón.

—¿La guardó?

—Sí.

La mujer miró a Elise.

—¿Por qué?

Elise no tenía una buena respuesta.

—Porque al principio me molestaba verla.

—Después necesitaba verla.

La señora De Wit bajó la fotografía.

—Mi marido murió.

Elise cerró los ojos.

—Lo siento.

—Mi hijo pequeño también.

La frase fue peor. El muchacho que estaba detrás de ella miró al suelo. Elise quiso decir algo. No encontró nada que no sonara insultantemente pequeño.

—Lo siento —repitió.

La señora De Wit sostuvo su mirada.

—Nos dijeron que usted ayudó a algunas personas.

Elise asintió.

—Sí.

—¿A nosotros?

Elise no pudo mentir.

—No.

—No sabía dónde estaban.

La mujer miró la fotografía.

—Pero vivía aquí.

—Sí.

—Con nuestro piano.

Elise sintió el golpe.

—Sí.

—Nuestras camas.

—Sí.

—Nuestras cosas.

—Sí.

Daan dio un paso. Elise levantó ligeramente la mano. No. Aquello era suyo. La señora De Wit respiró.

—No sé qué quiere que haga con usted.

Elise sintió los ojos llenarse.

—Nada.

La mujer levantó la vista.

—No he venido a pedirle nada.

Aquello pareció sorprenderla. Elise señaló las llaves.

—Solo quería devolverlas yo.

La señora De Wit las cerró en su mano.

—Bien.

No hubo perdón. No debía haberlo. Elise asintió. Se giró. Daan la siguió. Habían avanzado diez metros cuando la señora De Wit llamó:

—Señorita Müller.

Elise se volvió. La mujer estaba todavía en la puerta.

—El piano está desafinado.

Elise no entendió.

—¿Qué?

—Mucho.

—Mi marido era quien sabía afinarlo.

Elise miró hacia dentro. Después a la mujer.

—Yo puedo hacerlo.

La señora De Wit asintió.

—Otro día.

Elise no respondió. Solo asintió. Continuaron caminando. Al llegar al puente, empezó a llorar. Daan no dijo que todo había salido bien. No había salido bien. No dijo que la señora De Wit la había perdonado. No lo había hecho. Simplemente caminó a su lado.

Elise le tomó la mano. La derecha. Y siguieron.

EPÍLOGO

Manos de artista

Ámsterdam. Primavera de 1946.

La imprenta tenía un escaparate demasiado pequeño. Daan lo adoraba. Sobre el cristal habían pintado:

VISSER la que obedecía y la que ya no respondía como antes.

—Porque puedo.

Daan sonrió. El canal brillaba bajo la ventana. No eran los mismos que se habían encontrado en el puente. Tampoco estaban enteros porque nada se hubiera roto. Estaban enteros porque habían dejado de esconder las partes rotas.

Elise apoyó la cabeza sobre su hombro. Daan besó su cabello. Y durante un rato ninguno habló. No hacía falta. Por primera vez, el silencio no escondía nada.

FIN