Capítulo 31 Ocho de mayo
Ámsterdam. Martes, 8 de mayo de 1945.
Esta vez sí llegaron. Los primeros vehículos aliados entraron en la ciudad entre una multitud que parecía no caber en las calles.
Canadienses. Banderas. Flores. Gente subida a ventanas.
Niños corriendo junto a los vehículos. Mujeres llorando.
Hombres que llevaban cinco años evitando cantar canciones prohibidas y ahora las gritaban hasta quedarse sin voz.
Daan y Bram vieron pasar la columna cerca del centro. Bram lloraba. Daan fingió no verlo.
—Como digas algo —dijo Bram.
—No he visto nada.
—Bien.
Daan tampoco estaba mejor. No lloraba por los soldados. Ni por las banderas. Lloraba porque la ciudad sonaba. Después de años de hablar bajo. De cerrar cortinas. De esconder radios. Ámsterdam volvía a hacer ruido.
Bram lo golpeó en el hombro.
—Vete.
Daan lo miró.
—¿Qué?
—Ya has visto a los canadienses.
Señaló hacia el Jordaan.
—Ahora vete.
Daan no necesitó preguntar adónde. Abrazó a Bram. Esta vez fuerte. Los dos protestaron por sus respectivas lesiones.
—Nos vemos luego —dijo Daan.
—Espero que no.
—Qué amable.
—Llevas un año hablando de esa mujer. Si vuelves en diez minutos, te disparo yo.
Daan sonrió. Cogió la bicicleta. Pedaleó. El Brouwersgracht estaba lleno de gente. No como Dam. Familias. Vecinos. Banderas colgadas de las ventanas. Alguien había sacado una mesa a la calle con una botella de ginebra que pasaba de mano en mano.
Daan bajó de la bicicleta. Miró los números. Cuarenta y tres. Cuarenta y cinco. Cuarenta y siete. Se detuvo. La casa. Durante diecisiete meses había imaginado aquel lugar. En invierno. En verano. Vacío. Destruido. Con Elise. Sin ella. Ahora estaba delante.
Daan apoyó la bicicleta contra la barandilla.
Miró la puerta. La mano derecha temblaba.
La izquierda no podía hacerlo de la misma manera.
Pensó que aquello tenía cierta gracia. Había entrado en la sede del SD.
Había sobrevivido a Brandt. A torturas. A disparos.
A la guerra. Y tenía miedo de llamar a una puerta.
Levantó la mano. No llegó a tocar. La puerta se abrió.
Elise estaba allí. Ninguno dijo nada. Daan había imaginado aquel instante tantas veces que la realidad le pareció extrañamente sencilla.
Elise llevaba un vestido azul oscuro. Sin uniforme.
El cabello recogido de una manera menos precisa de lo habitual.
Estaba más delgada. Él también. Se miraron.
No había un metro exacto. Ni tres segundos.
Ni niebla. No hacía falta repetir el puente. Aquello era otra cosa.
Elise bajó la mirada hacia su mano izquierda. Sin vendas. Las cicatrices. Los dedos que ya no cerraban del todo. Después miró la derecha. Daan levantó esa mano. Tocó su mejilla.
—Hola.
Elise cerró los ojos un instante. Apoyó el rostro contra la palma. Igual que aquella noche en la encuadernación.
—Hola.
Daan sonrió.
—He tardado.
—Un poco.
—Había tráfico.
Elise rio. Y entonces sí lloró. No de forma hermosa. No una lágrima perfecta. Varias. Rápidas. Daan se las secó con el pulgar.
—Te debía algo.
Elise lo miró.
—¿Qué?
—La frase.
Ella entendió inmediatamente. La carta.
Hay algo que quiero decirte.
Daan respiró. Había esperado una guerra entera. Ahora las palabras parecían pequeñas. Mejor.
—Te quiero.
Nada más. Elise cerró los ojos. Daan continuó:
—No porque me salvaras.
Ella volvió a mirarlo.
—No porque ahora seas otra persona. Ni porque pueda olvidar lo que hiciste antes de conocerme.
Elise sintió el golpe. Pero no retrocedió.
—Te quiero sabiendo todo eso.
Daan tragó saliva.
—Y no sé si es suficiente.
Elise lo observó durante unos segundos. Después negó con la cabeza.
—No.
Daan sintió que algo caía dentro de él. Ella continuó:
—No es suficiente para borrar nada.
Daan entendió.
—Lo sé.
—Pero es suficiente para empezar desde aquí.
Daan sonrió.
—Eso me sirve.
—Bien.
Elise levantó la mano. Tocó la cicatriz junto a su ceja. Después bajó hasta la izquierda. No besó cada dedo. No había sangre vieja. No había vendas.
Aquella mano ya no era una herida reciente. Era una parte de él. Tomó los dedos entre los suyos. Los examinó. Como en el puente. Daan sonrió.
—Otra vez no.
Elise levantó los ojos.
—¿Qué?
—Vas a decir que no corresponden con mi profesión.
Ella sonrió.
—Ya no sé cuál es tu profesión.
Daan pensó.
—Yo tampoco.
Elise pasó el pulgar sobre una de las cicatrices.
—Manos de artista.
Daan la miró.
—No de impresor.
Elise rio. Esta vez la frase no era una advertencia.
Ni un informe. Era suya. De ambos. Daan la besó.
Sin prisas. No como en diciembre, cuando tenían que separarse.
No como una despedida. Detrás de ellos alguien gritó al ver pasar otro vehículo canadiense.
Sonaron campanas. Una mujer cantaba. Un niño corría con una bandera demasiado grande. Ámsterdam celebraba.
Daan se separó apenas.
—Chopin.
Elise parpadeó.
—¿Qué?
—Me debes Chopin.
—Ahora.
—Llevo esperando año y medio.
—Eres insoportable.
—Eso dicen.
Elise abrió más la puerta. Daan entró. Se detuvo al ver la fotografía sobre el piano. La familia De Wit.
—¿Ellos?
Elise asintió. No dijo que habían sobrevivido. No lo sabía. No inventó un final feliz para ellos porque necesitara uno para sí misma. Daan se acercó. Miró la fotografía. Después a Elise.
—Tendremos que averiguarlo.
Ella lo miró. Tendremos. La palabra era nueva. Elise asintió.
—Sí.
Se sentó frente al piano. Daan permaneció detrás. Elise colocó las manos sobre las teclas.
—Dos errores —dijo él.
—Ni uno.
—Dos.
—He practicado.
—Entonces uno.
Elise sonrió. Empezó Chopin. La primera frase fue perfecta. La segunda también. En la tercera, Elise tocó deliberadamente una nota equivocada. Daan rio.
—Uno.
Siguió tocando. Unos compases después cometió otro.
—Dos.
Elise no se detuvo. Daan apoyó la mano derecha sobre su hombro.
La izquierda quedó junto a su cuerpo. No necesitaba ocultarla.
Fuera, las campanas seguían sonando. La guerra había terminado.
Lo que venía después sería más difícil de lo que ambos querían imaginar.
Pero por primera vez podían enfrentarlo sin esconderse el uno del otro.
Elise siguió tocando. Y Daan se quedó.