Capítulo 30 Siete de mayo
Carretera hacia Ámsterdam. Lunes, 7 de mayo de 1945. Mañana.
Daan llevaba dos días viajando. No caminando.
Aquello habría sido absurdo. Desde Zwolle había conseguido primero sitio en un camión que llevaba suministros hacia el oeste.
Después una bicicleta. Después otro vehículo.
Los caminos estaban llenos. Soldados. Civiles.
Miembros de la resistencia. Personas que regresaban a casas que quizá ya no existían.
Cada localidad parecía celebrar la libertad a una hora diferente. En algunas había banderas.
En otras, alemanes todavía armados. En otras ambas cosas a la vez. Bram viajaba con él. Henk se había quedado atrás.
—No necesito acompañante —había dicho Daan.
Bram se había subido al camión.
—No voy por ti.
—¿Entonces?
—Quiero ver Ámsterdam.
—Mentiroso.
—Muchísimo.
Daan no discutió. A media mañana llegaron a las afueras.
La ciudad. Después de casi año y medio. Daan se quedó mirándola desde la caja del vehículo.
No parecía distinta. Eso lo conmovió de una forma absurda.
Los canales seguían allí. Los tejados. Los árboles.
Las bicicletas. Había esperado que una ciudad ocupada durante cinco años tuviera que parecer físicamente herida.
Pero las ciudades, como las personas, podían esconder las cicatrices.
—¿Adónde primero? —preguntó Bram.
Daan no dudó.
—Brouwersgracht.
Bram sonrió.
—Naturalmente.
No llegaron. A medida que se acercaban al centro, encontraron una multitud. Gente avanzando hacia Dam. Habían oído que llegarían los aliados. Canadienses. Libertadores. Todo el mundo quería verlos.
Daan bajó de la bicicleta.
—Rodeamos.
Bram miró la plaza.
—Podríamos esperar.
—No.
—Llevas año y medio esperando.
—Precisamente.
Entonces sonaron los disparos. Al principio nadie entendió. Un ruido seco. Después otro. Luego una ráfaga. La multitud cambió. En un segundo. Celebración. Pánico. Personas corriendo. Gritos.
Daan agarró a Bram.
—¡Abajo!
Otra ráfaga. La gente se lanzó contra paredes, portales, calles laterales. Una mujer cayó. Un hombre intentó levantarla. Otro disparo. Daan sintió que algo antiguo despertaba dentro de él. Euterpestraat. Leiden. Correr hacia el peligro.
Bram lo agarró esta vez.
—No.
Daan lo miró.
—Hay gente…
—Hay ametralladoras.
—Bram.
—No tienes una mano para esto.
La frase lo detuvo. No por crueldad. Por verdad. Daan miró la plaza. Personas ayudaban a los heridos. Miembros de las fuerzas interiores respondían al fuego. No podía cambiar aquello lanzándose en medio. Apretó los dientes. Retrocedieron.
Durante horas, el centro dejó de parecer una ciudad liberada. Daan entendió entonces que una guerra podía terminar oficialmente y seguir matando.
Aquella noche no fue al Brouwersgracht. No quería atravesar el centro. No sabía qué calles estaban seguras. Y, por primera vez desde que había comenzado el viaje, tuvo miedo de morir a unos pocos kilómetros de Elise después de sobrevivir a todo lo demás.
Bram encontró un lugar donde pasar la noche. Daan no durmió.
—Mañana —dijo Bram.
Daan miró hacia la oscuridad.
—Mañana.
Nunca una palabra había pesado tanto. Elise oyó los disparos desde el Brouwersgracht.
Lejanos. Después los rumores. Dam. Muertos.
Heridos. Alemanes disparando contra una multitud que celebraba.
Fue hasta la ventana. Daan. La idea apareció inmediatamente.
Podía haber llegado. Podía haber ido hacia Dam. Todo el mundo iba hacia Dam.
Elise salió de casa. Llegó hasta el final de la calle. Se detuvo. ¿Adónde iba? No tenía dirección. No sabía dónde buscar. Ámsterdam era una ciudad de cientos de miles de personas. Daan podía estar en cualquier lugar. O todavía fuera. O herido. O muerto.
—No.
La palabra salió sola. Regresó. Margot apareció una hora después.
—No está en las listas que conozco.
Elise la miró.
—¿Qué listas?
—Heridos. Detenidos. Muertos que han podido identificar.
—Eso no significa…
—No.
Margot le agarró ambas manos.
—Significa solo lo que significa.
Elise respiró.
—Mañana entran los canadienses.
—Eso dicen.
—¿De verdad?
Margot sonrió con cansancio.
—Querida, después de estos cinco años no pienso prometerte nada hasta que vea el primer tanque.
Elise casi rio.
—Qué optimista.
—Soy francesa.
—Eso no explica nada.
—Explica casi todo.
Pasaron la noche juntas. No durmieron.