Capítulo 29 Cinco de mayo
Ámsterdam. Sábado, 5 de mayo de 1945.
La guerra terminó a las ocho de la mañana.
Eso dijeron. Elise estaba en la Euterpestraat cuando empezó a correr la noticia.
Rendición. Los alemanes habían aceptado las condiciones.
En Wageningen se negociaba la aplicación de la capitulación.
La ocupación terminaba. Holanda era libre.
Las palabras viajaban de despacho en despacho con una velocidad que ningún comunicado oficial podía controlar.
Alguien rio. Otro hombre insultó. Una secretaria empezó a llorar.
Dos funcionarios abandonaron el edificio sin pedir permiso. Elise permaneció sentada. No sabía qué debía sentir. Había imaginado aquel momento centenares de veces. Campanas. Gente abrazándose. Banderas.
Daan caminando hacia ella. No había imaginado un escritorio cubierto de expedientes, una bombilla amarillenta y Brandt quemando papeles en la habitación contigua. Se levantó. Fue hasta su despacho. La puerta estaba abierta.
Brandt alimentaba la estufa. Carpeta. Fuego. Otra. Fuego. El uniforme seguía impecable. Solo sus manos lo traicionaban. Iba demasiado deprisa.
—Se acabó —dijo Elise.
Brandt no levantó la cabeza.
—No.
Arrojó otra carpeta.
—Sí.
—Alemania ha capitulado militarmente. No significa que…
Se detuvo. Ni él creyó aquella frase. Elise entró.
—Se acabó.
Brandt levantó la mirada. Durante casi dos años había sido el hombre que controlaba cada habitación en la que entraba. Aquella mañana parecía más pequeño. No débil. Simplemente humano. Elise no sabía si aquello lo hacía mejor o peor.
—¿Qué piensa hacer? —preguntó.
—Lo que haga falta.
—¿Para escapar?
Brandt sonrió.
—¿Escapar de quién?
Elise miró los documentos ardiendo.
—Usted sabrá.
Brandt cerró la estufa.
—Tenga cuidado, Müller.
Aquella amenaza ya no tenía la misma fuerza. Ambos lo sabían.
—¿Todavía puede detenerme?
Él la miró.
—Podría dispararle.
Elise sintió miedo. Real. Pero no se movió.
—Sí.
Brandt bajó la vista hacia su escritorio. No tocó la pistola.
—Lo curioso —dijo— es que nunca conseguí demostrarlo.
Elise entendió.
—¿Qué?
—Visser.
Brandt sonrió con cansancio.
—Siempre supe que había algo.
—Sospechó.
—Lo suficiente.
—No es lo mismo.
Brandt la miró.
—Para usted, quizá.
—Para un hombre que ha construido su vida con expedientes, debería serlo.
Aquello le dolió. Se notó. Brandt apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—¿Lo ayudó?
Elise podría haber seguido mintiendo. Ya no necesitaba hacerlo. Pero tampoco iba a regalarle una confesión que pudiera utilizar contra ella durante las últimas horas de aquel régimen.
—La guerra ha terminado.
—No es una respuesta.
—Es la única que va a tener.
Brandt soltó una pequeña risa.
—Ha aprendido.
—Sí.
—De él.
Elise pensó en Daan. Su mano. La letra nueva. La carta bajo el piano.
—De mucha gente.
Brandt miró hacia la ventana rota y reparada después del bombardeo.
—Cuando lleguen los holandeses, no crea que van a distinguirla de nosotros.
Elise guardó silencio. Aquella frase sí le hizo daño. Porque podía ser cierta.
—Lo sé.
Brandt pareció sorprendido.
—¿Lo sabe?
—Sí.
—Entonces ¿por qué no huye?
Elise pensó en la fotografía de los De Wit. En trescientos cuarenta y siete documentos. En los nombres que recordaba. En aquellos a quienes había ayudado demasiado tarde.
—Porque no quiero pasar el resto de mi vida huyendo de lo que hice aquí.
Brandt la observó.
—Qué noble.
—No.
Elise negó con la cabeza.
—Es precisamente lo contrario.
Salió. No volvió a su escritorio. Se quitó la insignia del SD.
La sostuvo en la palma. Pequeña. Metal. Durante años había bastado aquel símbolo para abrir puertas y hacer que otras personas bajaran la mirada.
Lo dejó encima de la mesa. Cogió el abrigo.
Abandonó la Euterpestraat. Nadie la detuvo.
Ámsterdam estaba celebrando. Y todavía no.
Eso era lo extraño. Había banderas que aparecían después de cinco años escondidas. Gente en las ventanas.
Bicicletas. Rumores. Personas abrazándose. Pero también había soldados alemanes armados. Patrullas. Camiones. Órdenes contradictorias. El enemigo se había rendido y seguía en las calles. La libertad existía sobre el papel antes de existir completamente en la ciudad.
Elise entendió la ironía. Hasta el final, todo dependía de un documento. Caminó hasta el Brouwersgracht. Número 47. Entró. Cerró la puerta. Fue directamente al piano. Levantó una pieza de madera. La carta seguía allí. La sacó.
Cuando Ámsterdam sea libre, iré al Brouwersgracht.
Elise miró hacia la ventana. Ámsterdam era libre. Eso decían.
—Entonces ven —susurró.
Esperó.