Manos de artista Capítulo 28 Esperar
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Capítulo 28 Esperar

Países Bajos. Primavera de 1945.

Marzo llegó sin primavera. Frío. Hambre. Rumores. La guerra parecía estar terminando en todas partes excepto allí. Cada semana los mapas cambiaban. Los aliados avanzaban. El Reich se encogía. Pero Ámsterdam seguía ocupada.

Daan dejó de preguntar cuándo acabaría. Después de tantos meses había entendido que el final de una guerra no era una puerta.

Era un edificio derrumbándose poco a poco.

Una ciudad hoy. Un puente mañana. Una carretera.

Un ejército. Hasta que un día alguien descubría que ya no quedaba nada que pudiera llamarse victoria.

En Zwolle, ayudaban a mover comida hacia el oeste. Poco. Nunca suficiente. Patatas. Harina. A veces leche en polvo. Daan organizaba rutas que evitaban puestos de control. Bram las recorría. Henk discutía con todo el mundo.

Pieter intentaba impedir que todos murieran. No hubo grandes sabotajes. No hacían falta. A aquellas alturas, mantener viva a la gente parecía una forma de resistencia mucho más urgente que volar un tren.

Daan pensaba en Elise. Pero ya no cada minuto.

Eso también era sobrevivir. Había días enteros en los que trabajaba, comía y dormía sin imaginarla frente al piano.

Después algo lo devolvía a ella. Una tinta.

Un puente. Chopin en una radio lejana. Una mujer con el cabello recogido.

Entonces aparecía de nuevo. No como una obsesión. Como una dirección. Brouwersgracht 47.

En Ámsterdam, Brandt empezó a destruir papeles. Elise lo descubrió una tarde de abril. Entró en su despacho con tres informes. Había una pequeña estufa encendida. Demasiado caliente para la época.

Brandt arrojó una carpeta. Elise reconoció el color. Personal.

—¿Qué hace?

Brandt no levantó la vista.

—Orden.

—Parece fuego.

—A veces son la misma cosa.

Otra carpeta. Las llamas crecieron. Elise comprendió.

Expedientes. Órdenes. Firmas. Pruebas. La guerra todavía no había terminado, pero Brandt ya estaba pensando en lo que vendría después.

Aquello le produjo un miedo distinto. No al SD.

Al futuro. Porque la derrota alemana no borraría lo ocurrido. Ni para Brandt. Ni para ella.

Elise miró sus propias manos. Había firmado informes.

Había trabajado allí. Había vestido su uniforme.

Había contribuido. También había mentido.

Retrasado detenciones. Salvado documentos.

Ayudado a Daan. Nada de aquello borraba lo anterior.

Alguien tendría que decidir qué significaba todo junto.

Por primera vez Elise pensó seriamente en el día después.

No en Daan. En sí misma. ¿Qué ocurriría cuando los holandeses entraran en aquel edificio?

¿La verían como colaboradora? Probablemente. ¿Tendrían razón? En parte. La respuesta la asustó más que cualquier mentira. Brandt introdujo otra carpeta en el fuego.

—Müller.

Elise levantó los ojos.

—¿Sí?

—Cuando esto termine…

—¿Qué hará?

Elise lo miró. Era la primera vez que él admitía abiertamente la posibilidad.

—No lo sé.

Brandt sonrió.

—Respuesta poco habitual en usted.

—Últimamente tengo muchas.

Él observó las llamas.

—Alemania no perderá.

Elise no contestó. Brandt siguió mirando el fuego.

—Pero si ocurriera…

La frase quedó incompleta. Elise entendió. Tenía miedo. Brandt. El hombre del sótano. El hombre que había ordenado romper manos y destruir vidas. Tenía miedo. No sintió satisfacción. Solo cansancio.

—¿Qué hará usted? —preguntó.

Brandt levantó la mirada.

—Sobrevivir.

Elise pensó en Daan. La misma palabra. Dicha por dos hombres completamente distintos. Comprendió entonces que sobrevivir no era una virtud. Dependía de lo que estuvieras dispuesto a hacer para conseguirlo.

—Yo también —dijo.

Brandt sonrió. No podía saber que significaban cosas diferentes.

A finales de abril, llegaron rumores de que Hitler había muerto.

Nadie creyó la primera versión. Después la segunda.

La tercera. La noticia se volvió demasiado grande para ocultarla.

En las calles de Ámsterdam la gente empezó a mirar a los soldados alemanes de otra manera.

Todavía llevaban armas. Todavía podían matar.

Pero por primera vez parecían hombres de un ejército que sabía que había perdido.

Elise caminó hacia casa. Pasó por el puente donde había detenido a Daan en noviembre de 1943.

Se detuvo. La niebla no estaba. El agua reflejaba un cielo gris.

Apoyó ambas manos en la barandilla. Diecisiete meses.

Parecía otra vida. Recordó la bicicleta.

Su documento. Las manchas de tinta. La mano izquierda extendida bajo la linterna.

Manos de artista. No de impresor.

Elise sonrió.

—Idiota.

No sabía si hablaba de él. O de ella. Probablemente de ambos.

Continuó caminando. En algún lugar, Daan se acercaba.

Ella todavía no lo sabía. Pero por primera vez podía sentir el final.

No como esperanza. Como una presencia. Algo enorme aproximándose lentamente a la ciudad.

Y esta vez no había documento capaz de detenerlo.