Manos de artista Capítulo 27 La carta
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Capítulo 27 La carta

Ámsterdam. Brouwersgracht. Febrero de 1945.

El sobre apareció debajo de la puerta poco antes del amanecer.

Elise estuvo a punto de pisarlo. Regresaba de una noche interminable en la Euterpestraat, con los pies entumecidos y el estómago vacío.

El carbón escaseaba tanto que incluso dentro de las oficinas trabajaban con los abrigos puestos.

Cerró la puerta. Se quitó los guantes. Entonces vio el sobre.

No tenía sello. Ni remitente. Solo una palabra. Elise. La letra era irregular.

Más inclinada de lo que recordaba. Algunas letras parecían escritas por alguien que todavía tenía que pensar antes de mover la mano.

Elise dejó de respirar. Daan. Comprobó la ventana.

Cortinas. Calle. Nada. Cogió el sobre. No lo abrió inmediatamente.

Lo sostuvo entre ambas manos. Había esperado meses alguna señal que no cupiera en dos palabras o en un mensaje transmitido por Margot.

Ahora la tenía. Y tuvo miedo de leerla. Porque una carta podía traer cualquier cosa.

Una despedida. Una noticia. Una promesa que llegaba demasiado tarde. Finalmente abrió. Una sola hoja. La letra de Daan. No la de antes. La nueva. La derecha. Elise se sentó junto al piano. Empezó a leer.

Elise:

Estoy vivo.

Pensé que debía empezar por ahí. Después de todo este tiempo, probablemente sea la única frase que importa de verdad.

Bram también está vivo. Sigue insultándome, así que supongo que se encuentra razonablemente bien.

Henk continúa fumando aquella pipa horrible y asegura que eso demuestra que los alemanes todavía no han conseguido acabar con la civilización.

Pieter diría que lo que demuestra es que Henk morirá de los pulmones antes de que termine la guerra.

Elise sonrió. Muy poco. Continuó.

Mi mano ha mejorado. No como yo quería, pero sí lo suficiente para que Pieter pueda decir «te lo dije» cada vez que intento hacer algo que no debo.

No volveré a grabar como antes.

Elise se detuvo. La frase estaba sola. Sin explicación. Sin autocompasión. Eso la hizo mucho más dolorosa. Pasó el pulgar por el papel. Siguió.

Durante un tiempo pensé que aquello significaba que los hombres de Brandt habían conseguido quitarme lo que era.

Me equivoqué.

Ahora escribo con la derecha. Despacio. Bastante mal, aunque Bram dice que al menos ya no parece la letra de un niño enfermo.

También hago otras cosas. Organizamos rutas. Movemos comida cuando podemos. Documentos cuando hacen falta. Personas cuando no queda otra opción.

No es el trabajo que imaginaba.

Quizá por eso sea el que importa.

Elise apoyó la carta sobre las rodillas.

Había cambiado. Lo sabía desde antes de leer aquellas líneas.

Pero ahora podía verlo. El hombre que había conocido sobre una bicicleta, orgulloso de sus manos, había sobrevivido a perder parte de ellas.

No había vuelto a ser el mismo. Había decidido convertirse en otro. Volvió a leer.

Hace unos meses dije que cuando terminara la guerra iría a buscarte.

No he cambiado de opinión.

Elise sintió un golpe en el pecho.

Cuando Ámsterdam sea libre, iré al Brouwersgracht.

No sé cuánto tardaré en llegar. Tampoco sé qué quedará de nosotros para entonces.

De ti.

De mí.

De la ciudad.

Pero iré.

Y si sigues viviendo en el número 47, llamaré.

Si no estás, esperaré un rato.

No un año, porque Henk dice que eso sería muy melodramático y estoy empezando a sospechar que tiene razón en demasiadas cosas.

Elise rio. Un sonido breve. Extraño dentro de aquella casa helada. Continuó.

Hay algo que quiero decirte.

Podría escribirlo aquí.

No lo haré.

No porque puedan usarlo contra ti. Creo que a estas alturas ambos hemos hecho suficientes cosas peligrosas como para que una frase no cambie demasiado.

No lo escribo porque quiero decírtelo mirándote.

Elise dejó de sonreír. Leyó aquella línea otra vez. Después otra.

Así que tendrás que sobrevivir.

Me parece una orden razonable.

Yo intentaré hacer lo mismo.

Guardo la pieza de piano.

Todavía no sé si era realmente de tu piano o si Margot arrancó la primera tecla que encontró para divertirse a nuestra costa. Con ella nunca se sabe.

Elise se tapó la boca. Margot. Por supuesto. Continuó.

Cuando esto termine, me debes Chopin.

Sin errores.

Dani.

Nada más. Elise llegó al final. Se quedó mirando la firma.

Dani.

No Daan.

Dani.

Un nombre que pertenecía a una casa anterior a la guerra.

A una madre. A un niño que todavía no sabía fabricar identidades falsas.

Él se lo había dado a ella. Elise volvió al principio.

Leyó otra vez. Más despacio. Después una tercera.

No lloró inmediatamente. Eso llegó cuando dobló el papel.

La primera lágrima le llegó al doblar el papel.

Elise sonrió al darse cuenta.

—Qué previsible.

Se secó. Después llegó otra. Y entonces dejó de contar.

No hubo grandes sollozos. Ni su nombre repetido como una oración.

Solo una mujer sentada junto a un piano, en una casa que pertenecía a otros, con una carta entre las manos y la certeza insoportable de que alguien seguía esperándola en un mundo donde tantas personas habían dejado de esperar nada.

Elise acercó la carta a la estufa. Tenía que quemarla. Lo sabía. Brandt podía registrar la casa. El papel podía condenarla. Ya había aprendido aquella lección demasiadas veces. La sostuvo junto a la llama. No pudo.

—Cobarde —murmuró.

Doblando la hoja varias veces, la introdujo dentro de la parte inferior del piano, bajo una pieza de madera que podía retirarse.

Oculta. No segura. Nada era seguro. Pero allí quedaría.

Elise cerró la tapa. Se levantó. Fue hasta el cajón donde conservaba la fotografía de los De Wit.

La sacó. La familia. Padre. Madre. Dos niños.

El caballo de madera. Había pasado más de un año desde la primera vez que se preguntó dónde estaban. Todavía no lo sabía.

La diferencia era que ahora ya no podía fingir que no importaba. Dejó la fotografía sobre el piano. Por primera vez, boca arriba. Después colocó las manos sobre las teclas. Chopin. Nocturno en mi bemol mayor. Empezó. Primera frase. Segunda. Tercera. Perfecta.

Elise se detuvo. Pensó en Daan. Sonrió. Y cometió deliberadamente un error. Después otro.

—Dos —dijo.

Y continuó tocando.