Manos de artista Capítulo 26 El invierno del hambre
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Capítulo 26 El invierno del hambre

Ámsterdam. Enero de 1945.

El hambre cambió la ciudad. No de golpe.

Primero desaparecieron algunas cosas. Carne.

Mantequilla. Carbón. Después el pan empezó a parecer más pequeño.

Las colas, más largas. Las bicicletas perdieron sus neumáticos.

Las casas quemaron muebles. Puertas. Marcos.

Cualquier madera que produjera calor. Los canales se helaron.

Personas salían de la ciudad para buscar comida en el campo y regresaban empujando carros o trineos. Cuando regresaban.

Elise había visto hambre antes. Aquello era distinto. Aquello estaba en todas partes. Rostros hundidos. Niños demasiado silenciosos. Ancianos que caminaban como si cada paso necesitara una negociación. La ciudad no moría de manera dramática. Se apagaba. Despacio.

Elise seguía trabajando. El SD también tenía menos calefacción.

Menos gasolina. Menos certezas. Brandt había cambiado después del bombardeo.

No mucho. Pero lo suficiente. Había perdido archivos.

Personal. Control. Y Brandt era un hombre que podía soportar casi cualquier cosa salvo perder control.

Seguía sospechando de Elise. Pero la necesitaba.

Más que antes. Ella utilizaba eso. No heroicamente.

Con cuidado. Un documento podía quedar sin revisar dos días.

Una fotografía podía extraviarse. Una dirección podía copiarse mal. Un expediente podía acabar debajo de otro hasta que fuera demasiado tarde. Pequeñas cosas. Nunca demasiadas. Una mañana Brandt dejó tres documentos delante de ella.

—Revise.

Elise abrió el primero. Falso. Excelente. No de Daan. Otro falsificador. Una familia. Padre. Madre. Niña. Miró la fotografía. La niña tendría ocho años. Pensó en la familia De Wit. En el caballo de madera de la fotografía.

Brandt esperaba.

—¿Y?

Elise acercó la lupa. Había un error. Muy pequeño. Suficiente. Antes lo habría señalado.

—Auténtico.

Brandt no reaccionó.

—¿Segura?

Elise mantuvo la mirada en el papel.

—Sí.

Brandt recogió el documento. Elise supo que acababa de jugar demasiado. Él lo miró otra vez.

—Curioso.

—¿Qué?

—Hace un año habría encontrado tres defectos.

Elise sintió frío.

—Hace un año teníamos mejores lámparas.

Brandt la observó. Después miró la bombilla débil sobre el escritorio. Sonrió.

—Puede.

Guardó los documentos. Se marchó. Elise respiró. No sabía qué ocurriría con aquella familia. Quizá el documento pasaría otro control. Quizá no. Pero durante unos minutos había conseguido no ser la persona que cerraba la puerta. Eso tendría que bastar. Zwolle. Enero de 1945.

Daan ya no llevaba férulas. La mano izquierda parecía casi normal cuando estaba cerrada.

Al abrirla, no. El anular y el meñique quedaban rígidos.

El dedo medio no extendía completamente.

El índice y el pulgar funcionaban. Podía sujetar una taza.

Un mapa. Incluso una pluma durante unos minutos.

No podía grabar. Había dejado de intentarlo.

Aquello, curiosamente, había sido una liberación.

No necesitaba demostrar cada mañana que seguía siendo el hombre anterior a la Euterpestraat.

Ese hombre ya no existía. El nuevo podía hacer otras cosas. Sobre la mesa había tres mapas. No planes para volar puentes. Rutas de alimento. Casas seguras. Puntos donde repartir cartillas y documentos. El invierno había cambiado también las prioridades de la resistencia.

—Necesitan comida en Ámsterdam —dijo Bram.

—Todo el mundo necesita comida —respondió Henk.

Daan señaló una ruta.

—Aquí.

—¿Qué?

—Podemos mover pequeños cargamentos.

—¿En plena carretera?

—No.

Daan señaló canales y caminos secundarios.

—Poco. Repartido. Nada grande.

Bram sonrió.

—El estratega.

Daan lo miró.

—No vuelvas a llamarme así.

—¿Por qué?

—Suena a hombre con bigote señalando un mapa mientras otros mueren.

Henk levantó la pipa.

—Descripción sorprendentemente precisa de la profesión.

Daan sonrió. Continuó trabajando. No dirigía grandes sabotajes.

No necesitaba hacerlo. Ayudaba a decidir qué era posible.

Qué era necesario. Qué riesgo valía una vida.

Había aprendido que la resistencia no consistía siempre en destruir algo alemán.

A veces consistía simplemente en conseguir que una bolsa de patatas llegara a Ámsterdam.

Aquella noche se quedó solo junto al fuego. Sacó papel. La mano derecha sostuvo la pluma. Había esperado más de un año. Demasiado. Empezó.

Elise:

Se detuvo.

No. Otra hoja.

Elise:

Esta vez continuó.

No sabía si la carta llegaría. No sabía si debía enviarla.

Escribió despacio. No sobre operaciones.

No sobre lugares. No sobre nombres. Solo sobre cosas que un enemigo no pudiera utilizar.

Que estaba vivo. Que Bram seguía insultándolo.

Que Henk seguía fumando la misma pipa. Que había aprendido a escribir con la derecha.

Que conservaba un pequeño pedazo de tecla de piano. Llegó al final. Quiso escribir:

Te quiero.

La pluma quedó quieta. No. Había prometido decírselo cuando terminara la guerra. Y quería hacerlo mirándola. No mediante tinta. Escribió otra cosa. Cuando esto termine, iré a buscarte. Daan leyó la frase. Por primera vez en meses supo que aquella carta sí serviría. Continuó escribiendo.