Manos de artista Capítulo 25 Euterpestraat
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Capítulo 25 Euterpestraat

Ámsterdam. Domingo, 26 de noviembre de 1944.

Elise oyó primero las sirenas. Después los motores. Levantó la cabeza del documento. Todo el edificio pareció detenerse. Un hombre salió al pasillo.

—¿Qué ocurre?

Nadie respondió. Elise caminó hasta la ventana. Vio personas mirando al cielo. Después alguien gritó:

—¡Aviones!

Brandt salió de su despacho.

—Abajo.

Elise se volvió.

—¿Qué?

—¡Al refugio!

La primera explosión llegó antes de que terminara la frase. El suelo se movió. No como durante un golpe. Como si el edificio entero hubiera intentado saltar. Cristales. Polvo. Un ruido enorme.

Elise cayó contra el escritorio. La lámpara se estrelló.

Alguien gritó en el pasillo. Otra explosión.

Más cerca. La ventana desapareció. El aire llenó la habitación de fragmentos.

Elise se protegió la cabeza. Papel. Miles de hojas volaron por el despacho.

Expedientes. Fotografías. Nombres. Una lluvia blanca.

Brandt apareció entre el polvo. Tenía sangre en la frente.

—¡Müller!

Elise intentó levantarse. El suelo estaba cubierto de cristales.

—¡Abajo!

Una tercera explosión. La luz se apagó. Durante unos segundos no hubo nada. Después sonidos. Tos. Fuego. Personas pidiendo ayuda. Elise consiguió ponerse de pie. Brandt la agarró del brazo.

—Por aquí.

Corrieron hacia la escalera. Parte del techo había caído. Un funcionario estaba tumbado junto a la pared. Elise se detuvo.

—Está vivo.

Brandt tiró de ella.

—Déjelo.

El hombre movió una mano.

—Por favor.

Elise miró a Brandt. Después al funcionario. Se soltó.

—Müller.

No respondió. Se agachó. El hombre tenía una pierna atrapada bajo una viga pequeña. Elise intentó levantarla. No pudo. Brandt la miró.

—No tenemos tiempo.

Otra vibración recorrió el edificio. Elise volvió a tirar.

—Ayúdeme.

Brandt se quedó inmóvil.

—Brandt.

Era la primera vez que utilizaba su apellido sin rango. Él la miró. Después maldijo. Se agachó. Entre los dos levantaron la madera. El funcionario liberó la pierna. Brandt lo agarró.

—Ahora.

Bajaron. La calle era caos. Humo. Escombros. Gente corriendo. El edificio situado enfrente también había sido alcanzado. Elise miró hacia arriba.

Durante años aquel lugar le había parecido indestructible. Una máquina. Muros. Archivos. Hombres. Poder. Ahora ardía. Papel quemado descendía sobre la calle. Elise vio una hoja caer cerca. La recogió por reflejo. Un expediente. Una fotografía. Una mujer. Nombre. Fecha. Un sello rojo. El borde ardía.

Elise lo sostuvo un instante. Después lo dejó caer.

El fuego consumió el nombre. Sintió algo que no debía sentir.

Alivio. No por las personas heridas. No por quienes podían estar muertos dentro.

Por los archivos. Cientos. Miles. Documentos utilizados para encontrar personas.

Perseguirlas. Clasificarlas. El fuego no distinguía entre un expediente verdadero y uno falso.

Los convertía a todos en lo mismo. Ceniza.

Brandt apareció a su lado.

—¿Está herida?

Elise se miró. Sangre en una mano. Un corte. Nada grave.

—No.

Brandt miró el edificio. Su rostro era distinto. No asustado. Vacío.

—Mis archivos.

Elise lo observó. Aquello era lo primero que había pensado. No los hombres. Los archivos.

—Parte estará intacta.

Brandt la miró.

—¿Cree?

Elise pensó en la hoja ardiendo.

—No.

Por primera vez no intentó tranquilizarlo.

Aquella noche regresó al Brouwersgracht caminando.

La ciudad estaba alterada. Rumores. Bomberos.

Heridos. Elise llegó a casa. Entró. Cerró.

Se sentó frente al piano. Tenía las manos sucias.

Una pequeña venda en la derecha. No tocó.

Miró el instrumento. Después sacó la libreta.

Manos de artista. No de impresor.

La primera frase. Todo había empezado allí.

Pasó páginas. Nombres. Reflexiones. Errores.

Demasiado. Si Brandt encontraba aquello, no necesitaría investigar nada.

Elise estuvo a punto de quemarla. Fue hasta la estufa.

Abrió. Acercó la libreta. Se detuvo. No.

Quitó varias páginas. Las que contenían datos peligrosos.

Las quemó. Conservó el principio. No sabía por qué.

Quizá porque necesitaba una prueba de que alguna vez había sido aquella otra mujer.

La que vio unas manos en un puente y no comprendió todavía lo que acababan de hacerle. Cerró la libreta. La escondió. Después se sentó al piano. Empezó Chopin. Se equivocó en la tercera frase. Sonrió.

—Dos errores —murmuró.

Y continuó. En Frisia, Daan supo del bombardeo dos días después. Una noticia breve. La sede de la Euterpestraat había sido alcanzada. Daan dejó la taza.

—¿Víctimas?

Henk negó con la cabeza.

—No sé.

—¿Elise?

—No sé.

Daan se levantó.

—Tenemos que averiguarlo.

—No.

—Henk.

—No podemos mandar a nadie a Ámsterdam por una pregunta.

Daan apretó los dientes.

—No es una pregunta.

—Sí.

—Es Elise.

Henk sostuvo su mirada.

—Precisamente.

Daan caminó hacia la ventana. Nieve. Campo. Nada. Durante casi un año había aceptado no verla porque aquello la mantenía viva. Ahora no sabía si seguía estándolo. Bram apareció detrás.

—Margot acabará sabiendo algo.

Daan no respondió.

—Daan.

—¿Qué?

—Espera.

La palabra que más odiaba. Esperar. Aquella noche no durmió. Al día siguiente tampoco llegó información. Ni al otro. El cuarto día apareció un mensajero. Un muchacho en bicicleta. Traía una caja pequeña. Dentro había dos cosas. Un trozo de papel. Y una tecla de piano de madera, rota.

Daan leyó.

Dos errores.

Nada más. Sonrió. Bram lo miró.

—¿Qué significa?

Daan cerró el papel.

—Está viva —dijo Daan. Quemó el papel y guardó la tecla.