Manos de artista Capítulo 24 El año largo
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Capítulo 24 El año largo

Países Bajos. 1944.

La guerra no terminó en primavera. Tampoco en verano. Daan había descubierto que una de las crueldades de la esperanza era su capacidad para equivocarse una y otra vez sin desaparecer. Cada rumor decía lo mismo. Los aliados avanzaban. Los alemanes retrocedían. La guerra se acabaría pronto. Pronto.

Aquella palabra podía significar una semana.

O un año. En la granja de Frisia, Daan dejó de preguntar fechas.

Aprendió a trabajar de otra manera. La mano izquierda mejoró.

No mucho. El índice y el pulgar recuperaron fuerza.

El dedo medio podía flexionarse parcialmente.

El anular y el meñique quedaron rígidos y dolorosos, especialmente cuando cambiaba el tiempo.

Pieter había sido claro.

—No vas a volver a tener la misma precisión.

Daan había mirado la mano.

—¿Nunca?

—No lo sé.

—Eso es un sí elegante.

—Es un «no lo sé».

Durante semanas Daan intentó demostrar que se equivocaba. Sostuvo buriles. Cuchillas. Plumas. Fracasó. El primer sello que intentó grabar quedó demasiado profundo en un extremo y apenas marcado en el otro. Lo miró durante mucho tiempo. Después lo partió.

Bram recogió los pedazos.

—Podría utilizarse.

—No.

—Daan.

—He dicho que no.

Bram dejó las piezas sobre la mesa.

—Entonces haz otra cosa.

Aquella frase lo enfureció. Durante varios días. Después empezó a hacerlo. Si ya no podía fabricar personalmente cada documento, podía enseñar a otros. Si no podía grabar, podía observar. Corregir. Diseñar. Si su mano había dejado de obedecer, su cabeza seguía haciéndolo.

Bram aprendió a reproducir sellos. No tan bien como Daan. Lo bastante. Una muchacha llamada Anneke aprendió fotografía. Pieter conseguía datos de personas que necesitaban desaparecer. Henk decidía qué podía hacerse y qué era demasiado peligroso.

Daan coordinaba. Nada heroico. Nada espectacular.

Un documento. Una bicicleta. Una casa segura.

Una familia trasladada durante la noche.

Después otra. Y otra. La resistencia, descubrió, se parecía menos a una batalla de lo que había imaginado.

Se parecía a mantener pequeñas puertas abiertas mientras alguien intentaba cerrarlas todas.

Ámsterdam continuaba al otro lado del país.

Y dentro de Ámsterdam estaba Elise. No se vieron. Era demasiado peligroso.

Al principio Margot llevó mensajes. Después dejó de hacerlo con frecuencia.

Brandt seguía vigilando. No siempre mediante hombres en las esquinas.

Eso habría sido más sencillo. A veces hacía preguntas.

Otras veces dejaba documentos especialmente delicados sobre el escritorio de Elise y esperaba.

La examinaba como ella examinaba un persoonsbewijs. Buscando el error.

Elise lo sabía. Por eso aprendió otra forma de resistencia. No salvar a todo el mundo. Eso habría sido imposible. Y demasiado evidente. Aprendió a dudar. Un documento llegaba a su mesa. Falso. Ella lo sabía. Antes habría escrito:

FALSIFICACIÓN CONFIRMADA.

Ahora podía escribir:

RESULTADO NO CONCLUYENTE.

O pedir una segunda comprobación. O afirmar que la tinta estaba demasiado deteriorada.

O enviar el documento a un departamento que tardaría semanas en responder.

A veces aquello daba tiempo suficiente. Otras veces no.

También tuvo que continuar identificando falsificaciones.

No hacerlo habría significado su final. Y, con él, el final de cualquier ayuda que pudiera prestar desde dentro.

Cada uno de aquellos informes le costaba más que el anterior.

Había dejado de contar documentos. Empezó a recordar nombres. Levi. Meijer. Van Praag. Cohen. Personas. No papel. Algunas consiguió retrasarlas. Otras desaparecieron. No sabía qué había sido de ellas.

Aquella era su condena. No poder decirse nunca que se había convertido de pronto en una mujer buena.

Solo en una mujer que, demasiado tarde, había empezado a elegir de otra manera.

Margot siguió apareciendo en su casa. A veces con comida.

Otras con tabaco. Casi siempre sin explicaciones.

La deuda con el oficial del Abwehr continuaba existiendo.

Elise preguntó una vez.

—¿Te ha pedido algo?

Margot respondió:

—No.

—¿Eso es bueno?

Margot miró por la ventana.

—No.

Nunca volvieron a hablar de ello. No porque hubiera dejado de importar. Porque la guerra estaba llena de cosas que uno solo podía soportar de una en una.

El seis de junio llegaron noticias de Francia. El desembarco aliado. La palabra corrió por Ámsterdam antes incluso de que los alemanes consiguieran controlar los rumores. Normandía. Los aliados habían regresado al continente.

Aquella noche Elise cerró la puerta de casa. Encendió una vela. Sacó la libreta. No escribió el nombre de Daan. Escribió:

Quizá.

Nada más. En Frisia, Henk consiguió una radio. Escucharon las noticias alrededor de una mesa. Bram golpeó el hombro de Daan.

—Ya está.

Daan negó con la cabeza.

—Todavía no.

—Pero empieza.

—Sí.

Esta vez sí sonrió.

—Empieza.

Pasó el verano. Después septiembre. La esperanza volvió a crecer.

Demasiado deprisa. Cuando comenzó la gran huelga ferroviaria, el país se detuvo.

Daan sabía lo que aquello significaba. Menos trenes alemanes.

Más dificultades para el ocupante. También sabía lo que podía significar para la población.

Todo tenía un precio. Siempre. Llegaron noticias de combates en el sur.

Ciudades liberadas. Otras no. El frente parecía acercarse.

Y después se quedó allí. El otoño empezó. Ámsterdam continuó ocupada. Frisia continuó ocupada. La guerra continuó. Una noche de octubre Bram encontró a Daan escribiendo. Con la derecha. La letra había mejorado. Ya no parecía la de un niño. Solo la de un hombre que había aprendido dos veces.

—¿Carta? —preguntó.

Daan cubrió el papel.

—No.

—Entonces es una carta.

—No puedo enviarla.

—¿Elise?

Daan lo miró. Bram sonrió.

—Cada vez mientes peor.

Daan volvió al papel. Había escrito cuatro líneas. Ninguna servía. La rompió.

—No sé qué decirle.

Bram se sentó.

—Que estás vivo.

—Ya lo sabe.

—Que la quieres.

Daan negó con la cabeza.

—Eso no lo escribo.

—¿Por qué?

Daan miró hacia la ventana.

—Porque un papel puede caer en otras manos.

Bram entendió. Daan apoyó la derecha sobre la mesa.

—Cuando termine.

—¿Qué?

—Cuando termine la guerra se lo diré.

—Si termina.

Daan lo miró. Bram se encogió de hombros.

—Alguien tiene que ser pesimista.

—Pensaba que era Henk.

—Henk es holandés. Parece pesimista aunque esté contento.

Desde la otra habitación llegó la voz de Henk:

—Os estoy oyendo.

Bram sonrió. Daan también. Guardó una hoja en blanco. Algún día escribiría la carta. Todavía no.