Manos de artista Capítulo 23 Navidad
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Capítulo 23 Navidad

Frisia. Viernes, 24 de diciembre de 1943. Siete de la tarde.

La Navidad llegó con nieve. No mucha. Lo suficiente para cubrir los tejados y borrar los caminos entre los campos. La casa era pequeña. Una granja situada lejos de la carretera, prestada por una viuda que nunca preguntaba nombres.

Daan estaba intentando cortar una patata con la derecha cuando oyó el vehículo. Se quedó inmóvil. Henk debía regresar al día siguiente. Pieter estaba en Ámsterdam. Nadie debía conocer el lugar. Cogió la pistola. La mano derecha. Se acercó a la ventana. Dos figuras. Henk. Y otra.

Daan abrió la puerta antes de que llamaran. Bram bajó del carro. Estaba más delgado. Un ojo seguía amoratado. Caminaba mal. Pero sonreía.

—Vaya sitio horrible.

Daan dejó la pistola.

—Pensaba que estabas muerto.

—Yo también.

Se miraron. No hizo falta nada más. Daan bajó los dos escalones. Bram abrió los brazos. Se abrazaron. Con cuidado. Dos hombres intentando no tocar exactamente los lugares donde el otro estaba roto.

—Tu mano —dijo Bram.

—Tu cara.

—Siempre fui guapo.

—Eso explica que te pegaran.

Bram rio. Daan también. Henk pasó junto a ellos.

—Entrad antes de que muramos todos de frío.

Dentro había una estufa. Pan. Cuatro patatas. Un poco de queso que la viuda había dejado aquella mañana. Banquete. Bram se sentó. Miró alrededor.

—¿Esto es la resistencia del norte?

—Esta noche somos tres hombres con hambre —dijo Henk.

Daan puso una olla sobre la estufa.

—Mañana podemos volver a salvar Europa.

Bram lo observó. Había algo diferente en él. No solo la mano. Menos movimiento. Menos necesidad de llenar los silencios.

—¿Elise? —preguntó.

Henk levantó la vista. Daan tardó.

—Ámsterdam.

—¿SD?

—Sí.

Bram apoyó los brazos sobre la mesa.

—Me interrogó.

Daan se giró.

—Lo sé.

—No me vendió.

—Lo sé.

—Brandt la está mirando.

—También.

Bram estudió su rostro.

—Sigues queriéndola.

Daan suspiró.

—Acabas de escapar y ya estás molestando.

—Eso significa que sí.

Daan cortó otra patata. Mal. Bram lo vio luchar con el cuchillo.

—Dámela.

—Puedo hacerlo.

—No he dicho que no puedas.

Bram tomó la patata. La cortó. Daan no protestó. Eso confirmó todavía más que había cambiado.

—Sí —dijo finalmente.

Bram levantó la vista.

—¿Sí qué?

—La quiero.

Primera vez. Las palabras salieron sin dramatismo. Sin música. Sin puente. Sin beso. Simplemente verdad. Bram siguió cortando.

—Mala idea.

—Muchísimo.

—Alemana.

—Sí.

—SD.

—Sí.

—Brandt probablemente la vigila hasta cuando va a comprar pan.

—Sí.

Bram echó las patatas a la olla.

—Bien.

Daan frunció el ceño.

—¿Bien?

—¿Quieres que te pegue?

—Preferiría que no.

—Entonces bien.

Henk encendió la pipa.

—Qué conversación tan conmovedora.

Daan le lanzó un trapo. Henk lo esquivó. Bram sonrió. Por un momento fueron simplemente ellos. No resistentes. No fugitivos. No hombres buscados. Tres personas preparando una cena pobre en una casa que no era suya. Después Bram se puso serio.

—Joop.

Daan dejó de moverse.

—Era él.

—Sí.

—Brandt me lo dijo.

Henk lo miró.

—¿Directamente?

—Quería que supiera que uno de los nuestros trabajaba para ellos.

Bram observó el fuego.

—Ya no necesitamos buscar pruebas.

Daan asintió.

—No.

—¿Qué hacemos?

Henk respondió:

—Nada.

Bram levantó la cabeza.

—¿Nada?

—No sabemos dónde está.

—Lo buscamos.

—No.

—Nos vendió.

—Y ahora Brandt sabe que sabemos.

Henk dejó la pipa.

—No convertiremos la guerra en una cacería personal.

Bram apretó la mandíbula. Daan pensó que discutiría. No lo hizo.

—Si aparece —dijo Bram.

—Si aparece y representa una amenaza, actuamos —respondió Henk—. Hasta entonces sobrevivimos.

Simple. Daan agradeció aquella palabra. No necesitaban otra misión. No necesitaban vengarse aquella noche. Solo sobrevivir. Llamaron a la puerta. Una vez. Los tres se tensaron. Henk sacó la pistola.

—Tranquilos —dijo una voz desde fuera.

La viuda. Henk abrió. La mujer dejó una pequeña cesta.

—Para mañana.

Huevos. Dos. Un lujo. También un sobre.

—Esto lo ha traído un muchacho.

Henk lo tomó.

—¿Para quién?

—Daniël.

Daan se quedó inmóvil. Muy poca gente utilizaba ese nombre. La mujer se marchó. Henk miró el sobre. Después a Daan.

—¿Esperabas algo?

—No.

Abrió. Dentro había una tarjeta navideña antigua. Una iglesia nevada. Nada más. Daan la giró. Una frase.

Sigo aquí.

Sin firma. No hacía falta. Elise. Bram miró a Daan.

—¿Ella?

Daan asintió. Henk extendió la mano.

—Quémala.

Daan volvió a leer.

Sigo aquí.

Dos palabras. No te quiero. No te echo de menos. No espérame. Nada peligroso. Nada que prometiera un futuro que quizá no existía. Solo aquello.

Sigo aquí.

Daan acercó la tarjeta al fuego. La esquina empezó a arder. Esperó hasta que la frase desapareció. Bram lo observaba.

—¿Te ha dolido?

Daan miró las cenizas.

—Sí.

—Bien.

Daan levantó una ceja.

—¿Bien?

Bram tomó una patata.

—Significa que todavía funcionas.

Daan miró la mano izquierda. Tres dedos rígidos. Después la derecha. Luego el fuego.

—Algunas partes.

Henk puso tres platos sobre la mesa.

—Es Nochebuena.

Bram miró la comida.

—No parece.

—Entonces imagina mejor.

Se sentaron. Comieron. Afuera seguía nevando, cubriendo poco a poco las huellas alrededor de la casa.