Capítulo 22 La salida de Bram
Ámsterdam. Domingo, 19 de diciembre de 1943. Siete de la tarde.
El plan cabía en una frase. Eso le gustaba a Margot.
—Lo llevan al hospital. Pieter lo saca.
Elise la miró.
—¿Ya está?
—Ya está.
—¿Y los guardias?
—Pieter se encargará.
—¿Cómo?
Margot levantó una mano.
—No.
—¿No qué?
—No vamos a convertir esto en una de tus carpetas.
Elise cerró la boca. Margot tenía razón. No necesitaba conocer cada paso. Eso era precisamente lo que habían aprendido demasiado tarde.
—Brandt ha firmado el traslado médico —dijo Elise.
—¿Él?
—De verdad.
Margot sonrió.
—Milagros de Navidad.
—Quiere mantener vivo a Bram.
—Qué hombre tan considerado.
Elise no respondió. Margot se puso los guantes.
—El traslado es a las nueve.
—¿Pieter lo sabe?
—Sí.
—¿Y si algo falla?
Margot la miró.
—Entonces falla.
Elise odiaba aquella respuesta. Precisamente porque era la única honesta.
A las nueve menos cuarto, Bram salió de la Euterpestraat.
Dos guardias. Un vehículo. Documento auténtico.
Orden auténtica. Nada falsificado. Eso también le gustaba a Elise.
Por una vez, el papel decía la verdad. Evaluación hospitalaria.
Bram necesitaba una. Lo que el papel no decía era lo que ocurriría después. Elise observó desde una ventana del segundo piso. El vehículo desapareció. No hizo nada más. No podía. Volvió al escritorio. Trabajó. Nueve y cuarto. Nueve y media. Diez. Ningún teléfono. Ninguna alarma.
A las diez y veinte Brandt salió de su despacho. Elise levantó la cabeza.
—Müller.
—¿Sí?
—Smit ha desaparecido.
Elise dejó la pluma.
—¿Del hospital?
—Sí.
—¿Cómo?
Brandt la miró.
—Eso me gustaría saber.
Elise sostuvo su mirada.
—¿Los guardias?
—Uno encontró una puerta cerrada. El otro juró que un médico había ordenado trasladar al prisionero a radiología.
Margot había tenido razón. No necesitaba saber más.
—¿Y el médico?
—No existe.
Elise pensó en Pieter. Estudiante de Medicina. Casi sonrió. No lo hizo. Brandt continuó:
—Smit salió por una puerta de servicio con ropa de paciente y un abrigo demasiado grande.
—Entonces alguien conocía el hospital.
—Sí.
—Busque entre el personal.
—Ya lo hacemos.
Brandt se acercó.
—La pregunta es cómo supieron que estaría allí.
Elise no apartó la mirada.
—La resistencia tiene contactos.
—En todas partes, según parece.
—Eso complica nuestro trabajo.
Brandt la estudió. Elise sabía qué estaba pensando. Daan. Bram. Dos prisioneros. Dos fugas. Y ella cerca de ambas. Esta vez, sin embargo, no había falsificado nada. No había firmado nada. No había salido del edificio.
—¿Dónde estuvo usted desde las siete? —preguntó.
—Aquí.
Brandt sabía que era verdad. Aquello importaba.
—Sí —dijo finalmente—. Aquí.
Se marchó. Elise esperó a que desapareciera. Después volvió al documento que estaba analizando. La línea le tembló delante de los ojos. Bram estaba fuera. Eso esperaba. No sabía dónde. No quería saberlo.
Pieter no habló durante casi una hora. Conducía la bicicleta. Bram iba sentado en un pequeño carro cubierto detrás. Cada adoquín era una tortura.
—Podrías haber elegido una carretera peor —murmuró.
Pieter no se giró.
—Puedo volver.
—Continúa.
Había cambiado la bata de hospital por un abrigo oscuro. Bram llevaba pantalones demasiado grandes y una gorra que le tapaba parte del rostro.
—¿Dónde vamos?
—A dormir.
—Eso no es un lugar.
—Hoy sí.
Bram cerró los ojos. Pasaron por dos calles. Luego un canal. Después otra bicicleta se unió a ellos. Henk. Bram abrió los ojos.
—Profesor.
Henk pedaleó a su lado.
—Llegas tarde.
Bram empezó a reír. Le dolió tanto que tuvo que parar.
—Eres un cabrón.
—Me alegro de verte también.
—¿Daan?
Henk no respondió inmediatamente. Bram lo entendió.
—¿Está vivo?
—Sí.
—¿Dónde?
Henk lo miró.
—Lejos.
Bram sonrió.
—Bien.
—Mañana te llevamos con él.
Bram cerró los ojos otra vez. Por primera vez desde el almacén dejó de pensar en cómo escapar. No necesitaba hacerlo. Ya lo había hecho.