Manos de artista Capítulo 20 La traición
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Capítulo 20 La traición

Ámsterdam. Viernes, 17 de diciembre de 1943. Cinco de la tarde.

Joop llevaba dos días sin aparecer. Nadie comentó nada el primero. Era Joop. Desaparecía. Volvía. Traía tabaco, gasolina, información o una llave cuya procedencia nadie debía preguntar. El segundo día, Henk dejó de fingir que no le preocupaba.

—No sabe dónde estamos —dijo Bram.

Daan levantó la vista.

—Sabe la zona.

—No la casa.

—Eso esperamos.

Después de abandonar la imprenta habían cambiado dos veces de refugio. Ahora utilizaban la planta superior de un almacén cerca del Jordaan. Nada permanente. Nada cómodo. Solo mesas, documentos y dos colchones.

Henk había cumplido su decisión. Desde Leiden, Joop ya no conocía rutas completas ni lugares de entrega. Pero había estado allí una vez. Solo una. Demasiado. Pieter cerró una caja.

—Nos movemos.

Bram lo miró.

—¿Por Joop?

—Por precaución —dijo Henk.

Daan asintió. No necesitaban decidir todavía si era traidor. Solo dejar de ofrecerle oportunidades.

—Esta noche —dijo Henk—. Quemamos lo que no podamos llevar.

Bram empezó a recoger documentos. Daan hizo lo mismo con la derecha. La mano izquierda apenas ayudaba. Nadie volvió a mencionarlo. Entonces llamaron a la puerta. Todos se quedaron inmóviles. No era la contraseña. Dos golpes. Tres.

Henk tomó la pistola. Bram hizo lo mismo.

—¿Quién? —preguntó.

Una voz.

—Margot.

Daan sintió que algo iba mal antes incluso de abrir. Margot nunca utilizaba la puerta principal. Bram entreabrió. Margot entró. Elise detrás. Daan se quedó inmóvil. No por verla. Por su rostro.

—Tenéis que salir —dijo Elise.

Henk bajó ligeramente la pistola.

—¿Qué ocurre?

—Brandt tiene esta dirección.

Bram miró a Daan. Después a Henk.

—¿Cómo?

Elise negó con la cabeza.

—No lo sé.

—¿Cuándo?

—La orden de registro salió hace veinte minutos.

Daan sintió frío.

—¿Cuánto tenemos?

—Poco.

Henk empezó a dar órdenes.

—Pieter, documentos. Bram, escalera trasera. Daan…

Un motor sonó en la calle. Todos callaron. Después otro. Margot se acercó a la ventana sin tocar la cortina.

—Demasiado tarde.

Bram miró hacia la escalera.

—Atrás.

Henk cogió una bolsa.

—Nos dividimos.

Daan se acercó a Elise.

—No puedes estar aquí.

—Ahora no.

—Brandt sabe que…

—Daan.

—Si te encuentra…

Elise lo agarró por la chaqueta.

—Luego.

Una puerta golpeó abajo. Voces. Alemán. Henk señaló la parte posterior.

—¡Fuera!

Pieter salió primero. Margot detrás. Daan intentó seguir. Miró a Bram. Seguía junto a la mesa.

—¿Qué haces?

—Quedan documentos.

—Déjalos.

Bram arrojó varios a la estufa.

—Nombres.

—¡Bram!

Abajo se oyó otro golpe. La puerta cedió. Bram echó una carpeta al fuego.

—Vete.

Daan regresó hacia él. Henk lo agarró.

—No.

—¡Bram!

—Cinco segundos —dijo Bram—. Solo necesito cinco.

Daan forcejeó. Henk lo arrastró hacia la escalera trasera.

—¡No voy a dejarlo!

Bram levantó la mirada.

—No seas idiota dos veces en la misma semana.

Y sonrió. Daan no recordaba la última vez que lo había visto sonreír. Henk lo empujó.

—¡Ahora!

Bajaron por detrás. Pieter ya estaba en el callejón. Margot también. Elise apareció detrás de Daan.

—¿Bram?

Daan no respondió. Arriba se oyó un disparo. Después un golpe. Después nada. Daan se detuvo. Henk lo agarró por el rostro.

—Mírame.

Daan lo hizo.

—No puedes ayudarlo.

—Está ahí.

—Lo sé.

—Henk…

—Si vuelves, lo único que consigues es sentarte a su lado.

Daan apretó la mandíbula. Otro motor apareció al final de la calle. Margot señaló.

—Nos vamos.

Corrieron. Daan no miró atrás. Eso fue lo más difícil. Se separaron tres calles después. Pieter y Henk tomaron una dirección. Margot, otra. Daan iba a seguirla cuando Elise lo detuvo.

—Tú no.

—¿Qué?

—Tienes que salir de Ámsterdam.

Daan la miró.

—No.

—Brandt te está buscando.

—También a Bram.

—Precisamente.

—No voy a irme mientras él…

Elise se acercó.

—Si Bram habla, aunque sea una sola palabra, tú eres el primer nombre que Brandt buscará.

Daan sintió rabia.

—Bram no va a hablar.

Elise cerró los ojos un instante.

—Tú tampoco ibas a hablar.

Daan miró su mano. Entendió. No era una acusación contra Bram. Era conocimiento.

—¿Adónde?

Henk respondió desde unos metros más allá.

—Friesland.

Daan se giró.

—¿Desde cuándo?

—Desde ahora.

—No.

—Tenemos contacto allí.

—No voy.

Henk se acercó.

—La célula de Ámsterdam está quemada.

La frase dolió. Daan miró a Henk.

—Ha sido Joop.

Henk no respondió. No hacía falta. Joop desaparecido. Dirección entregada. Brandt apareciendo dos días después. Ya no había tres explicaciones. Había una.

—Hijo de puta —murmuró Daan.

Elise lo miró.

—¿Quién?

—Uno de los nuestros.

No dijo el nombre. Todavía conservaba la costumbre. Henk señaló la calle.

—Tenemos que movernos.

Daan miró a Elise.

—Ven conmigo.

Ella no respondió.

—Elise.

Negó con la cabeza.

—No puedo.

—Brandt sabe que has venido.

—No sabe que he venido.

—Puede descubrirlo.

—Y si desaparezco esta noche, sabrá exactamente por qué.

Daan entendió. Era la misma lógica de siempre. Elise necesitaba regresar. Volver al SD. Sentarse frente a Brandt. Fingir.

—No.

Esta vez la palabra fue suya.

—No vuelvas.

Elise sonrió con tristeza.

—Eso me dijiste la primera vez.

—Ahora lo digo en serio.

—Yo también.

Henk los observaba. No dijo nada. Margot tampoco. Daan sabía que el tiempo se acababa. Se acercó a Elise. Esta vez no dudó. La besó. No fue un beso largo, perfecto ni tranquilo. Fue el beso de dos personas que no sabían cuándo volverían a verse.

Elise tardó un instante en responder. Después le agarró la chaqueta con ambas manos. Daan sintió sus dedos. Pensó absurdamente en los suyos. Cuando se separaron, ninguno habló. Daan apoyó la frente contra la de ella.

—Ahora sí tengo una pregunta difícil.

Elise cerró los ojos.

—¿Cuál?

—¿Qué somos?

Ella respiró.

—Personas con muy mala suerte.

Daan rio. Una sola vez.

—Eso no responde.

—Es lo único que puedo responder hoy.

Daan asintió.

—Bien.

Elise abrió los ojos.

—Sobrevive.

—Tú también.

Henk llamó:

—Daan.

Se separaron. Daan caminó hacia él. Cinco pasos. Se volvió. Elise seguía allí. Abrigo oscuro. Cabello movido por el viento. Margot a su lado. Daan quiso memorizarla. No como falsificador. Como hombre. Después se marchó.

Elise regresó a la Euterpestraat a las seis y cuarto. Brandt estaba esperándola. No en el despacho. En el pasillo.

—Müller.

Elise se detuvo.

—Señor.

—¿Dónde estaba?

La pregunta llegó sin saludo. Elise sostuvo su mirada.

—En casa.

Brandt sonrió.

—¿Toda la tarde?

—No.

—¿Dónde?

Elise había preparado la respuesta durante el camino.

—Con Margot.

Verdad.

—¿Dónde?

—Leidseplein.

Mentira. Brandt la observó.

—Hemos detenido a un hombre.

Elise sintió el golpe. No preguntó. Brandt continuó:

—Bram Smit.

El nombre. Daan lo había mencionado alguna vez. Muy poco. Lo suficiente.

—No lo conozco.

Brandt sonrió.

—Eso espero.

Se acercó.

—Mañana lo interrogaré.

Elise mantuvo la expresión neutra.

—¿Quiere que revise su documentación?

—No.

—Quiero algo más interesante.

Elise esperó.

—Quiero que usted lo interrogue.

Brandt sonrió.

—Después de todo, Müller…

Se acercó un poco más.

—Parece tener bastante talento con los hombres de la resistencia.

Pasó junto a ella. Elise quedó sola en el pasillo. Bram estaba vivo. Daan iba hacia el norte. Joop los había vendido. Y al día siguiente tendría que sentarse frente a uno de los mejores amigos de Daan mientras Brandt observaba cada palabra.

Elise cerró los ojos un instante. Al fondo del pasillo, la puerta del despacho de Brandt se cerró con un golpe seco.